Mercados
y piedras sagradas
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Los bomberos de Cuzco dan una ducha a los jóvenes (José Luis de
la Cuesta). |  |
BERNARDO MARÍN, Cuzco Un
consejo muy importante para el viajero que visite Perú que no suele aparecer
en las guías de viaje: lleve usted abundante moneda fraccionaria. Aquí
nadie parece tener cambio: ni en las tiendas, ni en los mercadillos ni en los
bares. El visitante incauto que pretenda pagar los dos soles -medio euro- que
cuesta una carrera urbana de taxi en Cuzco con un billete de diez puede perder
el tiempo que ha ganado por no ir andando buscando a alguien que se lo cambie.
En algunas tiendas resulta más sencillo adquirir algún objeto más
para redondear el precio de la compra que esperar a que el vendedor encuentro
monedas para darle la vuelta.
Los jóvenes de la Ruta Quetzal BBVA
han comprobado ésta circunstancia estos días en las tiendas y mercadillos
que han visitado en los alrededores de la ciudad de Cuzco, el ombligo del mundo
del imperio Inca, su base de operaciones hasta el próximo día 28.
Allí, los expedicionarios han podido medir su habilidad para el regateo
con los vendedores locales. Pulseras de cuero o de hilo, gorritos andinos de lana
de alpaca y colgantes con la cruz del Cuzco parecen ser los objetos preferidos
de los muchachos a la hora de darse un capricho o escoger un regalo para sus familiares
y amigos. Nada que no se pueda aquirir en un puesto ambulante en Madrid, México
o Berlín. Pero la gracia está en comprarlos en su tierra de origen,
la sierra peruana, a más de 3.000 metros.
Los mercadillos locales,
todo hay que decirlo, ha perdido mucho encanto a medida que el turismo ha ido
invadiendo la región. En cualquier tienda de Cuzco pueden encontrarse exactamente
las mismas bufandas, bolsas o muñecas andinas que en el mercado de Chinchero,
uno de los más afamados de la región. Si de verdad los vendedores
son artesanos hay que concluir que no son demasiado originales. Además,
los nativos han comprendido el encantoque tienen para los visitantes, lo que amenaza
precisamente con prostituir su estilo de vida tradicional. Cuando vemos a un individuo
cerca de un lugar de interés turístico ataviado con un poncho con
los colores del tawantisuyu (enseña inca con las tonalidades del arco iris)
y acompañado de una llama podemos estar seguros de que se trata de un actor
que pretende cobrar a los extranjeros por posar para unas fotos.
Así
se ganan un soles extra José (14 años, siete hermanos), Esther (once
años, cinco hermanos) y Verónica (10 años, seis hermanos).
Entre semana van a al colegio pero los fines de semana se pasean con su llama
Inti (sol) y su loro Poli por la fortaleza de Sacsayhuamán, en la parte
alta de Cuzco. Hoy les ha tocado fotografiarse con los jóvenes de la Ruta,
que han visitado la extraordinaria construcción, la cabeza del puma
de la ciudad, construida con piedras de más de 300 toneladas unidas sin
agarmasa y tan bien pulidas que es imposible meter el filo de una navaja por entre
sus junturas. Es esta una de las excursiones previstas para estos días,
en los que los jóvenes también han visitado el complejo arqueológico
de Ollataytambo y las fabulosas ruinas de Pisac, enclavadas en las colinas del
Valle del Urumbamba.
La visita estrella, naturalmente, está siendo
la de Machu Picchu. Para proteger las ruinas, los jóvenes están
subiendo en grupos de cien. Mañana subirán los últimos, entre
los que se encuentran los integrantes del grupo de música que, bajo la
batuta de Javier Lázaro tienen previsto dar un concierto en semejante escenario.
Por cierto, que la visita al santuario ha supuesto ya una aventura para los expedicionarios
que lo visitaron el primer día. Sus responsables confundieron las 16.30
con las 18.30 y perdieron el tren de vuelta. Afortundamente las autoridades de
Aguascalientes se apiadaron de los muchachos y les permitieron pasar la frío
noche cuzqueña (ocho bajo cero según algunas fuentes) bajo cubierto.
Annick, de Urugay, Marina, de Madrid, y Amaia, de Vitoria, que ya son
reincidente en este tipo de desaguisados -su barco naufragó en el Pacaya
- cuentan la historia entre risas y aseguran que por la aventura mereció
la pena perder el tren. Marina sufrió lo indecible para subir los 1.700
escalones del monumento por haber llenado su mochila de cosas innecesarias (las
pinzas de la ropa, el jabón, los regalos para sus padres, el anuario...así
hasta completar 18 kilos). Pero luego se alegró de haber incluido otro
objeto absolutamente absurdo, según se planteaba la excursión, y
que luego resultó vital para combatir la congelación: un saco de
dormir que compartió como buena amiga con sus dos compañeras. |