A la vista de la Ciudad de los Reyes
JOSÉ LUIS REGUEIRA, Lima
Los expedicionarios de Ruta Quetzal-BBVA llegaron a las proximidades
de
Lima, la antigua Ciudad de Los Reyes fundada por Francisco Pizarro
en la
Epifanía de 1535, después de sortear en los últimos
días alturas de 4.800
metros y refugiarse durante las noches a temperaturas inferiores
a los dos grados bajo cero.
Los jóvenes visitaron, antes de cruzar la cordillera
de Huancavelica y
llegarse a los parajes más templados de la capital peruana,
las excavaciones
mineras de Castrovirreyna donde aún se llevan a cabo
extracciones de mineral
de plata, oro, zinc y cuarzo a 4.800 metros de altitud. La mina
está
operativa ininterrumpidamente desde 1540 cuando el virrey Hurtado
de Mendoza emparentó por padrinazgo con el cacique de
la zona que ofreció al
representante del rey de España en el Perú las
excavaciones para su uso.
Mendoza tuvo a bien dar el nombre del apellido de su esposa,
Castro, a las
nuevas minas que llegó a confiar que fueran más
ricas que las de Potosí.
Hoy, unos 500 hombres, la gran mayoría indios quechuas
de Huancavelica
trabajan en las mina El Mañoso, la única abierta
y para todos ellos
resultó una fiesta la llega de la Ruta y la pacífica
invasión de los 300
expedicionarios que pudieron aproximarse a la comprensión
del trabajo minero
y la raudas condiciones que lo rodean, si bien, alguien con
buen criterio
hizo que no pernoctaran allí mismo -en la noche la temperatura
llegó a los
15 grados bajo cero- sino en la misma ciudad de Castrovirreyna
a menor
altura. De día, en cambio, el ambiente es casi bochornos
en las minas, pero
conviene tomárselo con calma y caminar de tal modo que
el paso a cámara
lenta se antoje un récord de velocidad, pues de lo contrario
llega
inevitablemente el sofoco, la falta de aire en los pulmones
y el soroche golpea en la cabeza y el ánimo.
Después de cruzar lás últimas montañas
y las pampas repletas de ganados
trashumantes de llamas y alpacas, la Ruta alcanzó el
Pacífico, al sur de
Lima, para acampar junto a las ruinas del templo y oráculo
más importante
del Incario, Pachacámac.
En esos parajes de miles de kilómetros cuadrados, donde
no hay un árbol, se
protege el cuidado de las vicuñas que simbolizan el nuevo
tesoro del Perú y
que resulta ser el objetivo deseado por los cazadores furtivos
dispuestos a
ganar más de 1.500 dólares por un animal vivo,
aunque asuman el riesgo de ir
a prisión por un tiempo no inferior a los 10 años.
Cuentan los cronistas de Indias que fue el propio inca Atahualpa,
preso por
los hombres de Pizarro en la ciudad de Cajamarca, el que indicó
a modo de
reconciliación el sitio de Pachacámac como un
templo lleno de riquezas que
ofrecía de buen grado a sus conquistadores. Efectivamente,
Hernando Pizarro,
hermano del conquistador, y su partida acarrearon una gran cantidad
de oro
tras el saqueo, pero se cumplió con ello la venganza
secreta del Inca para
que el templo fuera arrasado como él mismo deseaba desde
que su oráculo
fracasó sobre el destino de Huayna Capac, su padre, al
que se predijo
grandes éxitos, pero que murió al poco tiempo
del vaticinio. La historia
cuenta que Atahualpa no era partidario de medias tintas y tenía
la violencia
como el arma efectiva de poder.
A partir de ahora, los jóvenes tendrán acitividades
académicas al pie del
antiguo oráculo y visitas a la Ciudad de los Reyes antes
de emprender el camino hacia España, la segunda etapa
de la expedición, momento que se acerca porque los primeros
expedicionarios en mebarcarse hacia el otro lado del Atlántico
lo harán el próximo viernes 8.
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