“La poesía no es exactamente literatura de ficción, sino que es una emanación de la naturaleza existencial y expresa el sufrimiento y el gozo”. Con esta definición, Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) desvela algunos de sus sentimientos más íntimos que ha plasmado a lo largo de su obra lírica.
Asturiano de nacimiento, apenas conoció a su padre, un poeta modernista que murió en 1932. Con tres años se trasladó a León, ciudad de la que ya nunca se movería. Su casa, cercana a la catedral, es una vivienda en la que la luz es la protagonista: invade todas las estancias, el patio pequeño y el estudio donde trabaja. Esa misma luz ha sido el hilo conductor de toda su obra, casi un fetiche en sus poemas, y quizás por ello, en 2004, reunió su poesía completa en el volumen “Esa luz”.
De formación autodidacta, empezó a trabajar con 14 años como recadero en un banco y en 1960 consiguió publicar sus primeros poemas, escritos muchos años antes. Sufrió en sus propias carnes las garras de la censura, que impidieron que “Blues castellano” viera la luz. En estos años se fue forjando en una resistencia intelectual al franquismo, desde la sublevación silenciosa de su grupo de amigos.
Estos sentimientos se plasmaron en su trayectoria lírica y de este prolífico periodo surgieron sus primeros poemarios como “La tierra y los labios” (1947-1953). Aunque estuvo incluido en la Generación de los 50, se sintió muy alejado de esta línea. Poeta fantasmal y solitario, dos de sus obras más aclamadas han sido “Descripción de la mentira”(1977) y “Edad” (1987), una recopilación de sus poesías presentada por Miguel Casado.
Tras la muerte del dictador se sumió en una profunda depresión y frustración ideológica que supuso un paréntesis en su creación literaria, reanudada con “Arden de las pérdidas” y “Libro del frío” (1992). Este último le consagró como una de las figuras más relevantes de la poesía en lengua castellana. “Vengo del metileno y del amor; tuve frío bajo los tumbos de la muerte./ Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza”, son algunos de los versos que resuenan en esta obra.
En 1988, a los 57 años, empezaron los reconocimientos con el Premio Nacional de Poesía, aunque fue en 2006 cuando llegaron a su punto más álgido con la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y del Premio Cervantes. Este último, es el galardón más importante de la literatura en español se entrega a “un escritor que, en el conjunto de su obra, haya contribuido a enriquecer el legado literario hispánico”.
Está dotado con 90.180 euros y no puede ser dividido, ni declarado desierto, ni concedido a título póstumo. Tras recibir el premio Gamoneda declaró: “Me han despojado de la condición de finalista, que era casi una profesión”. Este galardón ha cambiado la vida del poeta al pasar de ser un personaje desconocido, un fantasma perdido en el frío leonés, a convertirse en una de las figuras más solicitadas por medios, universidades y otros organismos.
Acostumbrado a pasear, ha dejado de ser un rostro anónimo para los ciudadanos leoneses. Las palabras de Gamoneda sobre la poesía cobran un sentido especial en este Día del Libro. “La poesía… es un arte de la memoria. Pero la memoria es siempre consciencia de una pérdida”, sentencia.
La poesía como “sufrimiento plancentero” del asturiano Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) mereció el Premio Cervantes 2006, según el fallo hecho público por la ministra de Cultura, Carmen Calvo. El galardón, el más importante de la literatura en español, se entrega a “un escritor que, con el conjunto de su obra, haya contribuido a enriquecer el legado literario hispánico”. “Me han despojado de la condición de finalista, que era casi una profesión”, dijo el poeta, “abrumado”.
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