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Paseando, me percaté que había olvidado las llaves de mi casa. Me pareció una señal. Como vivo solo, la única posibilidad para entrar era llamar a una empresa de cerrajería. Seguí caminando. La parafernalia de la ciudad reclamaba mi atención al observar a grupos de gente afines a la sociabilidad del ocio nocturno. Por el contrario, yo era un solitario errante embriagado por la nostalgia de la pérdida. Mi mujer y mis hijos se habían marchado. Continué deambulando. Horas más tarde, me hallé de nuevo frente a mi casa. Observé la oscuridad del salón. De repente, mi mano izquierda palpó, en el bolsillo posterior de mis pantalones, un bulto. Metí la mano y saqué el llavero. Sentí que eran las llaves de mi casa, pero no las de mi hogar. Sin acritud, las arrojé y continué mi camino.

Juan Moreno Aranda

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