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El viajero

Viernes, 29 de agosto de 2008

Guía práctica

Luis Pancorbo

Por Luis Pancorbo

 
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La ruta de Stevenson

Los periplos del escritor de viajes por antonomasia como propuesta viajera. De su mágica Escocia, a los mares del sur

Por los Estados Unidos


Ruta Stevenson

(TULLIO PERICOLI)

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En 1879 Stevenson escribió buena parte de The Amateur Emigrant en Monterrey y lo acabó en San Francisco durante uno de sus peores momentos de enfermedad y pobreza Ese libro, un prodigio de ligereza viajera y hondura literaria, fue fruto de un terrible periplo que arrancó en la segunda clase del vapor Devonia.

Antes de zarpar en Glasgow, Stevenson se empapó de las precarias condiciones de los emigrantes de la época. El barco, tras recalar brevemente en Lough Foyle (Irlanda), último punto europeo, iba lleno de escoceses e irlandeses en busca de fortuna en América. Pero otro tanto le pasaba a él mismo. A Stevenson, que se había encandilado en Francia de Fanny Osborne, no le importaba que ella fuese once años mayor. Atravesó el charco decidido a casarse con Fanny. El problema era que ella ya lo estaba con un esposo rico y difícil.

Stevenson, de por sí de frágil salud, casi muere en este viaje. Lo de menos fueron el espanto y turbulencias de la travesía marítima. Tras una breve etapa en Nueva York, se mete dos semanas y 3.000 millas a través del continente en un tren de emigrantes. Por fin llega a su amor residente en San Francisco (California). Pero los problemas del divorcio de Fanny se alargan.

Para no desanimarse, Stevenson escribe otro libro redondo como The Amateur Emigrant. Es una quintaesencia de lo anglosajón y sus variantes. También, un alegato de que el viaje es la mejor medicina hasta para los que están sanos. “El viaje es de dos clases; el mío a través del océano combinó ambas. “Fuera voy de mi país y de mí mismo”, canta el viejo poeta: y yo no sólo estaba viajando fuera de mi país en latitud y longitud, sino fuera de mí mismo en dieta, gente conocida y consideración”.

En Nueva York Stevenson se aloja en Reunion House, en el 10 de West Street, cerca de los muelles. Paga un dólar diario por la pensión completa. No es mucho para otros. Stevenson las pasa moradas en Nueva York, pero no queda marcado por esa inicial penuria: “Por muchos años para mí América fue una especie de tierra prometida”.

En realidad entrevé Nueva York. La lluvia le machaca, empapa su mackintosh, prenda impermeable donde las haya. Visita bancos, editoriales, estaciones de tren... y por doquier encuentra gente “sorprendentemente ruda y sorprendentemente amable”. Un librero de Nueva York se pone a esnobear al extranjero. Pero cuando Stevenson le planta cara, se deshace con él, sale a la calle y se moja bajo la lluvia torrencial para señalarle un buen restaurante. Esos extremos de América inquietan a Stevenson. Nunca dejarían de hacerlo.