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Reconstruimos aquí la vida de los mineros chilenos que permanecieron 69 días atrapados en la mina San José, a 622 metros bajo tierra. Una emocionante operación de rescate, realizada con una cápsula diseñada con la ayuda de la NASA y seguida en directo por 1.000 millones de personas todo el mundo, devolvió a estos 33 hombres a la superficie.

Por Francisco Peregil

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Esta es la segunda vez que esperamos a mi papá fuera de la mina

52 años y dos hijas

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Franklin Lobos

Conductor de camiones y ex futbolista

Franklin Lobos no es el único futbolista chileno que pasó del césped a la mina. Héctor Kunta Cabello, Armando Alarcón, Camilo Pino, Carlos Rojas, El Chifli, Roberto Corró, Gilberto Torres… son gente que gozó de cierta fama en su día y ahora trabajan de mineros. Pero, aunque buena parte de su vida deportiva transcurrió en segunda división, Franklin disputó una Copa de Libertadores, llegó a jugar con su selección durante la etapa clasificatoria de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (1984), aunque no fue convocado para disputarlos, y compartió camiseta junto al ex madridista Iván Zamorano en el club de primera división Cobresal, cuando Zamorano tenía 17 años. Zamorano elogió a aquel centrocampista al que llamaban Mortero Mágico por su efectividad en los tiros de falta: “Lobos era la figura del equipo, yo apenas comenzaba. Me acuerdo muy bien de que tenía una forma única de patear los tiros libres, lo hacía con el tobillo, rarísimo, le daba un efecto muy especial a la pelota, pero era efectivo.

Lobos llevaba cinco años trabajando como conductor de camiones en las minas y sólo cuatro meses en San José. Su hija Carolina, de 25 años, explica que el camino que llevó al padre desde los estadios a los túneles de cobre fue bien corto: “Antes los futbolistas no ganaban tanto como ahora. Y él no ahorró. Se compraba un vehículo cada año. Después, alcanzó a tener un negocio de piezas de recambio de autos. Pero era demasiado amigo de sus amigos. Se retiró en 1996, con 38 años. Y en Chile si te quedas sin trabajo, sólo te queda barrer la calle. Él se separó y vio que tenía que alimentar dos casas y que tenía que pagarnos los estudios en la universidad a mi hermana y a mí. En Chile las empresas mineras tienen equipos de fútbol que juegan en ligas de aficionados y entonces a él lo contrataron. En los días de descanso trabajaba conduciendo un colectivo (automóvil con funciones de bus público) en Copiapó”.

“Yo creo que está cambiando en la mina. Jamás me había dicho que me amaba y ahora, sí. Nos ha escrito: ‘Hijas, nietas y Cori [su esposa]: siempre les he querido, aunque con torpezas, pero las amo a mi manera’. Ahí empezó a expresarse el viejo, ahí sacó lo lindo que tenía adentro. Pero esta es ya la segunda vez que esperamos a mi papá fuera de una mina. Ya no quiero volver a esta situación”.

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