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Reconstruimos aquí la vida de los mineros chilenos que permanecieron 69 días atrapados en la mina San José, a 622 metros bajo tierra. Una emocionante operación de rescate, realizada con una cápsula diseñada con la ayuda de la NASA y seguida en directo por 1.000 millones de personas todo el mundo, devolvió a estos 33 hombres a la superficie.

Por Francisco Peregil

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Quiero estar libre, quiero ver el sol

34 años y sin hijos

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Edison Fernando Peña

Su novia le consiguió el trabajo en la mina

Entró en la mina por amor. Y por amor sigue luchando. Pero, a menudo se siente desfallecer. Edison es el único que en la primera grabación de los mineros expresó abiertamente su desesperación al decir: “Quiero salir luego”, expresión chilena que podría traducirse por “Quiero salir ya, inmediatamente”. Su padre, Luis Fernando, dice que nunca antes lo había visto tan deprimido. “El se desempeñaba con la electrónica y llevaba sólo cinco meses acá. Nosotros somos de Santiago. Me conversaba que la mina tiene mucha agua y eso es muy peligroso cuando se trabaja con electromecánica. Es bien deportista, practica triatlón. Le gusta cantar las canciones de Elvis Presley, se las sabe de memoria y las baila”.

Su pareja, Angélica Álvarez, de 43 años tiene tres hijos adultos de su difunto esposo y una hija de tres años de una relación anterior a la de Edison: “Yo doy alojamiento a empresas en Copiapó. Tengo una casona en pleno centro con capacidad para 26 personas. A él lo enviaron a ejecutar un trabajo. Y lo conocí ahí en mi casa, a final de 2007. Yo soy viuda, llevaba sola unos diez años. El hacía muchas cosas para llamar mi atención. Me cantaba delante de todos sus compañeros y yo me sonrojaba. De repente, sin yo tener nada con él iba y me daba un beso… Y yo me volvía a enojar. Le costó mucho conquistarme. Era muy alegre, muy entrador, muy canchero (bromista). De cualquier situación sacaba un chiste”.

“Vino en 2007. Estuvo más de un año. Y se volvió a Santiago. Y viajaba los fines de semana en bus, doce horas para verme. Salía el viernes, llegaba el sábado por la mañana y se iba el domingo por la noche para estar allí el lunes por la mañana. Él dejó todo en Santiago, papá, mamá, hermanos, trabajo, para venirse acá. Se vino para estar conmigo. Yo le conseguí trabajo en esta mina”.

“En una carta me ha prometido que va a cambiar, porque él es muy florerito de mesa, todo gira en torno a él. Y dice que se ha dado cuenta de que él no es el centro de todo, que tiene mal carácter, que es enojón. De hecho, no le gusta mucho ser subordinado. Yo creo que, por eso mismo, no debe estar bien ahí adentro. Hay cartas donde me manifiesta que antes de tener el contacto de afuera ya nada lo motivaba. Debe ser muy difícil para él recibir órdenes que vayan en beneficio de todos, porque no está acostumbrado a pensar en los demás”.

“Estábamos en proyecto de comprarnos un auto. A él le gusta mucho el mar y queríamos ir a unas playas que están como a una hora de aquí… Dice que el mar a él lo tranquiliza. Siempre está en movimiento. Para él el tiempo tiene que aprovecharse al máximo. Cuando lo tiene libre quiere hacer mil cosas al mismo tiempo. Almozar, desayunar, lo quiere hacer todo al tiro. Si tenemos que salir, muy temprano ya está listo”.
En una carta, Edison le expresa a su novia el desaliento que vive entre tanta oscuridad:

-Tengo ansiedad y me dan ganas de correr.

-Cuando quiero escapar mentalmente, te juro que me imagino que hacemos viajes. No sé, playa, campo, todo, todo.

-Quiero estar libre, quiero ver el sol.

-Duermo poco, casi nada, me cuesta tener sueño.

Después le comenta sus dudas sobre el aire festivo que se vive 700 metros más arriba de donde se encuentra él:

-La parte de todo esto que están viviendo ustedes allá afuera, con entrevistas, acoso periodístico, todo el movimiento que esto ha generado, beneficios de una u otra parte, que no se hubieran dado sin esta tragedia nacional, en una fiesta donde participan grupos artísticos para alegrar a la gente y hacer la espera más grata para alegrar a todos esos familiares que esperan a los mineros…

-Y de pronto se genera la pregunta: ¿No nos estaremos olvidando del real sentido, de lo que realmente nos convoca, que es el sacar lo más pronto posible a esos 33 desafortunados que en un momento, cuando se acababa el alimento que compartían y el tiempo pasaba sin poder tener contacto con la superficie y sin poder decirles a todo el mundo “estamos vivos”.

-Nosotros somos los que estamos bajo tierra.

-Si nos falla el aire, imaginen.

-Si esto se derrumba, imaginen.

-Si alguien se accidenta gravemente, imaginen qué hacemos aquí dentro con esa persona.

-No nos apartemos del real sentido de esto y lo grave que podría ponerse.

-Ojalá no se transforme en otra cosa algo tan importante.

-Nosotros estamos aquí dentro, en la oscuridad.

-Nosotros no hemos cantado victoria.

-Podemos morir en cualquier momento por un derrumbe.

-Por ahí le he escuchado a compañeros, y yo también lo creo, que sólo estaremos tranquilos y respiraremos aliviados cuando nos saquen. Antes, no. Todo puede pasar.

Angélica dobla la carta, la mete junto con las otras en su bolso y se marcha hacia Copiapó con la niña dormida en sus brazos en el autobús que el Gobierno ha puesto para que a las siete de la noche recoja a los familiares. Llegará a casa una hora más tarde, puede que escriba alguna carta antes de dormirse. A la diez de la mañana volverá a montarse con la niña en otro autobús junto al resto de familiares, atravesará un buen trecho del desierto florido de Atacama y una hora después llegará a la mina. Así, hasta que saquen a Edison.

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