Año 35: Construyendo el futuro

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En 'la primavera musical' no hay sitio para intermediarios

La industria discográfica agoniza en un tiempo en el que, paradójicamente, se consumen más canciones que nunca

Foto: EVA VÁZQUEZ

En julio de 2009, un bloguero estadounidense acuñó un nuevo término: chillwave. Lo usó para definir el estilo de tres discos en los que había percibido ciertas similitudes sonoras. No le importó que hubieran sido publicados por tres sellos distintos de tres ciudades diferentes. Ni que los artistas implicados ni siquiera conocieran la existencia los unos de los otros. Hubiera quedado en anécdota si no fuera porque no habían pasado ni seis meses y en iTunes aparecían canciones a la venta del género chillwave. Y si hay algo que convierta un estilo en real es que la tienda de música por Internet más grande del mundo lo venda. Para disgusto de muchos: "se acabaron las carreras largas. En el futuro lo importante será que te incluyan en alguna absurda etiqueta creada en Internet. Sea real o no", opina Ric Ocasek, el líder de The Cars, con la perspectiva de 30 años de carrera.

Es difícil encontrar una rama de la cultura que se haya visto tan afectada por las nuevas tecnologías como la música popular. Antes, para que existiera un movimiento, era determinante la conexión entre los artistas, que surgiera en una ciudad en particular. Ya no. A partir de ahora basta con que alguien con ojo clínico y conexión a Internet lo detecte e iTunes le dé el visto bueno. La Red como vía de difusión del producto cultural ha provocado una auténtica catarsis.

Es cierto que la industria abusó de su posición de poder y que eso les convirtió en los malos, pero dejando atrás ese momento Monty Python de "¿qué han hecho los romanos por nosotros?", aparece el auténtico problema: las bandas empiezan a plantearse la posibilidad de que para ganarse la vida ya no haga falta contar con la industria en descomposición. Las noticias se acumulan: en enero la sección española de Universal, cerró Vale Music y despidió al 25% de su plantilla. En mayo, Warner dejó de ser estadounidense al ser comprada por Access Industries, sociedad de inversiones del millonario ucranio Len Blavatnik. EMI es una propiedad envenenada que ha saltado de mano en mano hasta caer en las del banco Citigroup.

En tal situación se impone el sálvese quien pueda. Primero fueron los artistas consagrados buscando nuevas vías de ingresos. Prince distribuyendo su álbum con un periódico; Madonna y U2 firmando un contrato con Live Nation, una empresa centrada en el directo; Radiohead vendiendo su disco físico en su web y haciéndolo llegar a los compradores mediante empresas de mensajeros antes de que apareciera en las tiendas.

No pasa una semana sin un nuevo caso: el 14 de junio, Kaiser Chiefs lanzó su nuevo disco desde Internet permitiendo que cada comprador elija 10 de 20 canciones, haga su propia portada y revenda el resultado a otros usuarios. De momento han conseguido bastante más éxito que con el anterior, vendido y publicitado a la vieja usanza en 2007.

En España, Amaral lanzará en septiembre su nuevo disco con su propia discográfica subcontratando la promoción y distribución tras el fin de su contrato con la multinacional que ha publicado todos sus álbumes. Y en el puesto cuatro de las listas de ventas se encuentran hoy los madrileños Vetusta Morla. "En nuestro caso no dependemos de parte de la industria musical tal y como estaba concebida. Hemos creado nuestro propio sello. Pero aún estamos en el periodo de ver por dónde van los tiros", dice Juan Manuel Latorre, uno de sus componentes.

Porque nadie quiere librarse de la vieja industria hasta saber exactamente cómo suplirla. "Llámalo sello o llámalo como quieras, pero ciertos artistas van a necesitar apoyo financiero, de promoción, de grabación. No todos, lo sé perfectamente. Yo empecé hace 30 años cuando la tecnología era muy diferente, haciendo discos sin apoyo y ahora es mucho más fácil aún. Pero muchos artistas quieren tener asistencia externa. Así que siempre habrá un sitio para eso que llamamos compañías, una organización o una agencia de marketing", especula Daniel Miller, dueño del sello Mute.

El problema es que cada vez que alguien apuesta todo a negro, sale rojo. Como el compacto ya no vale nada, se sustituye por los archivos descargables y marginalmente por el vinilo. Y este de repente se convierte en objeto de especulación. El músico Jack White montó un sello para vender sencillos de vinilo y ha sido incapaz de conseguir que lleguen a los aficionados del sonido analógico al precio de salida. A las pocas horas de estar en la calle son subastados en eBay por cantidades prohibitivas. La única solución que se le ha ocurrido ha sido subastarlos él mismo. Si alguien tiene que sacar beneficio que sea él. Porque Internet también ha potenciado eso que los británicos llaman secondary market (mercado secundario), la reventa de toda la vida. Tan descarada e imparable que en Reino Unido se planteó una iniciativa parlamentaria para que, los músicos, al menos, se llevaran una parte de cada transacción. No prosperó.

Los últimos en caer son los viejos canales de comunicación. Blogs como Pitchfork son ahora más influyentes que revistas como Rolling Stone. Hace una semana, Coldplay estrenaba el adelanto de lo que será su primer disco en cuatro años. ¿En una emisora? No, en YouTube. Los fans creyeron descubrir un plagio y lo denunciaron. ¿En los medios? No, en Twitter. Cuando ese descubrimiento empezaba a convertirse en un escándalo, la banda dio su versión ¿En una rueda de prensa? No, con un comunicado en su web. Aquel viejo verso de Billy Bragg, "empieza tu propia revolución, pasa de intermediarios", cada vez es más real.