Desapego social, indiferencia política, crisis económica y la propia actitud del mundo taurino hostigan el futuro de la fiesta
ANTONIO LORCA
Foto: MARISA FLÓREZ Un matador celebra su personal ritual con la montera antes de iniciar el paseíllo.
En la década de los años setenta, cuando este periódico vio la luz, se habló de crisis en la fiesta de los toros. Se habían retirado grandes figuras, y los jóvenes no acababan de cuajar. Pero fue una crisis artística que el paso del tiempo logró subsanar. Hoy, 35 años después, el asunto ha tomado un cariz muy distinto: es la fiesta misma la que está en entredicho. La pregunta de ahora sería hacia dónde se dirige el toreo, y la respuesta es un cúmulo de circunstancias, adversas la mayoría de ellas, que no hacen presagiar nada bueno.
A pesar de todo, la tauromaquia mantiene la fuerza que le ha permitido concitar la atención social durante más de dos siglos. Un toro y un torero son capaces todavía de arrastrar multitudes, movilizar el sentimiento y crear esa emoción artística indefinible que hace de los toros un espectáculo único. La tauromaquia sigue viva, y no está en crisis. El problema reside en el espectáculo.
De cualquier modo, esta capacidad para convertir el encuentro entre un animal y un hombre en una ráfaga de inspiración no debe -ni puede- ocultar los muchos y variados problemas que atenazan a una tradición que, indudablemente, ha perdido la fuerza de antaño.
De hecho, cuando ya han quedado atrás algunas de las más importantes ferias del año -las de Sevilla y Madrid, entre ellas-, la fiesta de los toros se halla inmersa en un profundo debate sobre su propio futuro. Su salud es precaria, se niega a seguir la medicación adecuada y su horizonte es tan oscuro que corre un serio peligro de desnaturalización, que acabe, a medio plazo, con una tradición de este país que ha superado difíciles vicisitudes históricas, pero que hoy afronta un porvenir cuajado de incógnitas.
La primera de ellas es una fuerte crisis de identidad. La fiesta ha perdido su capacidad de apasionar, y la entendida afición de antaño le ha dado la espalda. Su protagonista estelar, el toro, ha pasado de ser un animal fiero y poderoso, a un antagonista enfermizo que provoca más lástima que respeto. La lidia ha perdido, quizá de manera irremediable, la seriedad y la severidad inherentes a un juego entre la vida y la muerte.
Y la sociedad ha evolucionado hacia una mayor sensibilidad con el mundo animal, de modo que las nuevas generaciones consideran la fiesta como un ancestral sistema de tortura que debe ser rechazado y erradicado.
Además, la política ha entrado de lleno en el espectáculo taurino y, por acción u omisión, sus efectos son devastadores. A partir del 1 de enero del próximo año no se celebrarán festejos taurinos en Cataluña, según el acuerdo adoptado por el Parlamento de esa comunidad. A nadie se le oculta que esta es la consecuencia de una ofensiva política nacionalista sin precedentes contra una seña de identidad española, aunque no es menos cierto que el terreno estaba abonado para su prohibición por la desidia de los taurinos, que han permitido que el espectáculo taurino desapareciera paulatinamente de las plazas catalanas.
El suceso catalán ha servido, no obstante, como catarsis para el propio sector, que se ha movilizado tímidamente y ha conseguido la promesa del Gobierno de que los toros pasarán del Ministerio del Interior al de Cultura, aunque se desconoce la bondad del traspaso, si se tiene en cuenta que las competencias taurinas están transferidas a las Comunidades Autónomas. Al mismo tiempo, mientras la RTVE ha decidido no retransmitir más festejos por su coincidencia con el horario infantil, distintas televisiones de Comunidades Autónomas socialistas y populares dedican inversiones millonarias a la información y retransmisiones taurinas.
Y, además, queda la crisis económica, que ha hecho estragos en la fiesta de los toros.
Se están celebrando unos 500 festejos menos que en la época de bonanza, sobran miles de toros en el campo; muchos Ayuntamientos han disminuido o retirado las subvenciones, se ha incrementado la morosidad y ha descendido el precio de las corridas.
¿Hacia dónde va el mundo de los toros?
No es fácil la respuesta.
La fiesta de los toros lleva años viviendo de una inercia positiva que acusa claros signos de agotamiento. Sobran ganaderías, sobran toreros, sobran empresarios, y sobran, por encima de todo lo dicho, individualismos y egoísmos sectoriales, de modo que prevalezcan la defensa de la pureza de la fiesta y los intereses de los espectadores.
Parece llegado el momento de la unidad, la renovación -algunos hablan de revolución- y de la adaptación de la fiesta a la modernidad. De lo contrario, la crisis, la inercia, el desamparo público y la ofensiva política pueden acabar con el espectáculo.
Sea como fuere, el asunto es muy serio, pues se considera que el sector taurino supone el 0,25 del PIB nacional, con una facturación que asciende a 2.500 millones de euros y ofrece trabajo directo a unas 200.000 personas. Y la crisis de ahora no es solo artística, sino de supervivencia.