ELVIRA LINDO
No somos los mismos. En absoluto. Es un plural referido a los lectores. No somos los mismos. No abrimos las páginas de Cultura del periódico para encontrar una verdad, la que sea. Tal vez tenemos una actitud diferente con respecto a la opinión política, ahí sí que buscamos una identificación que nos acompañe y nos aliente, pero no creo que ocurra de tal manera con la información cultural. No, no somos los mismos que leemos esas páginas en busca de una luz que nos alumbre sobre literatura, cine, arte, música. Ya no nos alimentamos como el hambriento del pan o el creyente de palabras bíblicas. Nuestra actitud es distinta.
La información cultural nunca ha cabido en tres páginas de periódico, con lo cual, siempre ha tenido algo de injusta y excluyente, pero desde hace unos años los espíritus curiosos tenemos a mano un sinfín de blogs en Internet que emanan amor por la literatura o que nos informan de una música que jamás habría saltado a las páginas de una información formal. Incluso muchos de aquellos que escribimos en estas páginas generamos información propia que añade y completa lo que aquí contamos. ¿Es esto una mala noticia para el periódico? No lo creo en absoluto. Sí percibo un estado de desconcierto general, el propio de una situación que ha cambiado asombrosamente en muy poco tiempo. Tardaremos un tiempo en saber cómo se ha de gestionar el volumen inabarcable de acontecimientos culturales y sociales o en encajar que ya no somos la Biblia ante la que el lector no hace sino asumir creencias. Nuestro papel (y valga el doble sentido de la palabra) está claro: cuanto mejor lo hagamos, más indispensables seremos; cuanto más marquemos la diferencia. Al fin y al cabo eso es lo que nos puede unir al anhelo con el que nació el periódico: ser distinto dentro del panorama periodístico y encontrar lectores que buscan esa distinción.
El lector, que ya tiene muchos más lugares en los que informarse, va a captar con mucha más rapidez las filias y las fobias de los críticos, los ninguneos hacia determinados personajes o el trato de favor con que se mima a otros, la falta de astucia, el elitismo antipático o el populacherismo innecesario.
Ya no somos los mismos, pero es que el mundo a nuestro alrededor ha cambiado más de lo que cabía imaginar. Recuerdo que hace unos cuatro años me encontraba alertada por la cantidad de información falsa o tergiversada que se vertía sobre mí en la Red; un buen amigo me aconsejó algo que entonces me sonó extraño pero que ahora considero uno de los mejores consejos que he recibido: "Aprovéchate del medio, ofrece tú la información veraz, no dejes que otros lo hagan por ti". Y así comencé a hacerlo hasta el punto de que si alguien quiere saber algo hoy de mis escritos se encontrará con que las páginas están servidas. Esta misma decisión la han tomado ya muchos autores, artistas, músicos. Todos generamos información. ¿Qué buscamos pues en un periódico? Excelencia, información solvente y confianza. La misma confianza que buscábamos entonces, con la diferencia de que en aquel tiempo era ciega: éramos más inocentes y el mundo más abarcable. Necesitamos a profesionales que nos ordenen de manera primorosa lo que ocurre. Necesitamos periodistas. Necesitamos un periódico.