Tras el páramo del franquismo, solo abrillantado por pioneros espontáneos como Blume, Nieto y Santana, los deportistas españoles culminaron su primera transición en Barcelona 92 y hoy han convertido al país en una superpotencia
Fermín Cacho cruza victorioso la línea de meta en la final de los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.
La labor de Miljanic [entrenador del Real Madrid], en entredicho". "La victoria del Barcelona acrecentará las críticas". 35 años después de aquellos primeros titulares deportivos en la página 35 de EL PAÍS del 4 de mayo de 1976, el Real Madrid y el Barça han ganado siete Copas de Europa, pero ni así son ya el único foco informativo del deporte español. Ni mucho menos. Hoy, España es una superpotencia y los éxitos de sus deportistas son su mejor y más frecuente sonrisa. Le sobran motivos. Del páramo de mediados de los setenta al júbilo actual, pocos sectores han tenido una explosividad semejante. En tres décadas, del pleistoceno a la cumbre internacional, donde el deporte se ha convertido en el mejor embajador español.
El 17 de julio de 1976, dos meses y medio después del nacimiento de este periódico, Montreal acogió los Juegos Olímpicos. España, con 115 inscritos, fue 31ª en el medallero con dos premios; en Pekín 2008, con 286 atletas, ocupó el puesto 14º con 18 metales. Una transición fabulosa para un país que llegó al aperturismo político con el monocultivo del Real Madrid y el quijotismo de pioneros, de intrusos casi, como Ángel Nieto, Manolo Santana y Severiano Ballesteros. Tan deforestado estaba el deporte español que en Montreal 76, con dos medallas, igualó su mejor registro olímpico hasta entonces, que databa de París 1900 y Amberes 1920. En Canadá triunfaron el K-4 de piragüismo y Gorostegui y Millet en la categoría de 470 en vela. Otro dato elocuente: en aquel 1976 solo hubo un éxito internacional, Nieto fue campeón del mundo de 50cc con Bultaco. Por entonces, para los españoles las grandes categorías del motociclismo eran tan utópicas como un Mundial de fútbol o baloncesto, un anillo de la NBA, dos títulos de Fórmula 1, 10 títulos del Grand Slam o los 14 ochomiles de una mujer. En España ya no hay barreras.
La llama prendió en Barcelona, en el verano mágico de 1992, cuando una inopinada ola de optimismo contagió a los atletas nacionales. De repente, a orillas del Mediterráneo, el español se sacudió los complejos derivados del ombliguismo y subdesarrollo de 40 años de dictadura, con un No-Do supeditado a Joaquín Blume, Federico Martín Bahamontes, Nieto, Santana, el Real Madrid y la nada. Pocos pagaron el analfabetismo deportivo español como el inolvidable Severiano Ballesteros. Antes de su eternidad, mientras el público anglosajón le adoptada como un mesías del golf, por mucho que se acunara en Pedreña y no en las Islas, en su país se mereció un apagón. Un episodio para el sonrojo de aquella España aún de pandereta. En 1984, cuando el cántabro estaba a un golpe de conseguir su segundo Open Británico, nada menos que en el santuario de Saint Andrews, TVE cortó la emisión en favor de una carrera hípica.
La intrigante diplomacia de Juan Antonio Samaranch encendió la antorcha el 17 de octubre de 1986: "... A la ville de Barcelona". España se quitó la caspa y se abrió el angular al exterior. Se fijó un sistema de becas, como ya ocurría en otros países, y se importaron técnicos y métodos de entrenamiento. El resultado fue extraordinario, inimaginable. Los españoles, sextos en el medallero de 1992, sumaron 22 metales, solo uno menos que los conseguidas en las 21 ediciones anteriores de los Juegos, cosecha favorecida por los boicoteos de Moscú 80 y Los Ángeles 84. La geografía de los triunfos superó todas las previsiones y ninguna imagen simbolizó mejor la polaridad que el oro de Fermín Cacho en los 1.500 metros.
La efervescencia de Barcelona fue un punto y seguido. España no ha vuelto a conquistar semejante recolecta de medallas, pero compite con solidez en la cartelera olímpica, donde se han perpetuado en el podio gente como Gervasio Deferr, Joan Llaneras y David Cal. Y no digamos en los grandes eventos de fútbol, ciclismo, tenis, baloncesto, automovilismo, golf, motociclismo, balonmano, fútbol sala y otros muchos deportes con menos foco. Con unos ciclos mejores que otros, también han tenido apuntes relevantes el golf, el atletismo y la gimnasia. Solo la natación no sincronizada sigue a oscuras, pese a algunas brazadas para la esperanza de Mireia Belmonte y Rafa Muñoz.
Si en Montjuïc se pusieron las bases económicas del deporte de miras olímpicas, la fiebre se extendió de tal forma que en España se graduó un modelo de deportista descarado, competitivo e ingenioso hasta convertirse en una franquicia de éxito. Se trata de la generación nacida hacia mediados de los 80, ajena al pesimismo crónico de sus antepasados, una generación con autoestima, transfronteriza, acostumbrada desde la base a competir con los mejores del planeta, sin temor a emprender aventuras internacionales en su proceso de formación. Los españoles ya no solo copan el cajón en las bajas cilindradas de las motos, sino que son capaces de destronar a mitos vivientes como Valentino Rossi. En 2010, Jorge Lorenzo, Marc Márquez y Toni Elías hicieron triplete. En esos boxes automovilísticos que antes parecían la NASA para cualquier español se ha cotizado con dos Mundiales Fernando Alonso y en la NBA, a varias lunas del baloncesto doméstico no hace mucho, salvo para maravillosos intrépidos como Fernando Martín, se ha hecho un gigante Pau Gasol. A su alrededor una generación de oro con la que España se proclamó campeona mundial en 2006. Un dato significativo de esta evolución son las finales de Los Ángeles 84 y Pekín 2008. En la primera, la legendaria España de Corbalán y Epi cayó ante los universitarios estadounidenses liderados por Michael Jordan por 96-65; en China, Gasol y su grupo perdieron ante los profesionales de la NBA capitaneados por Kobe Bryant por 118-107. El básquet no solo se ha instalado en la élite masculina, hoy también tiene gancho en la categoría femenina, donde un club salmantino se ha proclamado campeón de Europa en 2011 y la absoluta fue bronce en el Mundial de 2010. Y las canteras son una mina.
Y al frente de todos, Rafa Nadal, el gran icono del deporte español actual, un tenista titánico, voraz, irreductible para la mayoría. Puro fuego y puro talento para un jugador que no se pone límites, con los pies en la tierra y en la hierba. Hasta Roger Federer, un tenista con frac que tiene el mejor palmarés de la historia (16 grandes ), ha sucumbido más de lo que quisiera a la pujanza del balear (10 veces entronizado en el Grand Slam). Nadal es único, pero no está solo. España es el mejor equipo de Copa Davis del siglo: cinco finales y cuatro títulos. Si los tenistas españoles ya no solo tienen caché en tierra, lo mismo sucede con los ciclistas, con Alberto Contador al frente. Ya no solo hay escaladores, han llegado los clasicómanos (Freire, Purito...), antes una marcianada.
Rafael Nadal da un derechazo durante los cuartos de final del abierto de Australia de 2011 / David Gray ( REUTERS)
35 años después de aquellos titulares iniciáticos con el Madrid y el Barça como protagonistas, también el fútbol ha hecho bingo, quizás el bingo más soñado para un país que se ha empapado de otros deportes sin perder su apego futbolero. Si Barcelona 92 fue el despertar olímpico, en Viena 2008 comenzó el nirvana del fútbol español, que llegó a la luna en Johannesburgo, el 11 de julio de 2010. Un broche inmejorable para estos 35 años en los que España ha encontrado su gran veta de oro. Y no está agotada.