Año 35: Construyendo el futuro

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El gran empacho

Una cultura errónea de deuda y exceso de confianza quebró el milagro económico y dejó un legado de heridas que amenazan el contrato social que cimenta la sociedad occidental

Foto: AFP Un empleado de Lehman Brothers transporta sus objetos personales el día después de producirse la quiebra de la entidad estadounidense.

Harry's, tal vez el más afamado de los bares de Wall Street, tiene más o menos la misma respetable edad que este periódico. Un emigrante griego, Harry Poulakakos, lo abrió entrada la década de los setenta, y su hijo Peter lo mantiene a pleno rendimiento. Cuenta John Cassidy, del New Yorker, que el lunes negro de 1987 -el 19 de octubre; el día que Wall Street cayó el 22%- Harry's estaba a rebosar: los corredores de Bolsa estaban ocupados entreteniendo a los periodistas con detalles del colapso, "los camareros no paraban de llevar de un lado a otro bandejas con champán y whisky, por allí merodeaban atractivas mujeres de origen incierto". Casi 20 años después, el jueves posterior al colapso de Lehman Brothers, la escena era similar: casi un 10% de batacazo en Bolsa, el sistema financiero internacional temblando y el mismo alboroto en el bar a los ojos del periodista en busca de explicaciones para la crónica de la debacle. Hay un personaje de la obra The History Boys que, preguntado por cómo definiría la Historia, responde: "Bueno, es simplemente una jodida cosa tras otra". Una cosa tras otra: y sin embargo la historia de la profunda crisis de la que apenas estamos saliendo -y eso con suerte- conecta esas dos tardes en Harry's, y muchas otras, con un hilo argumental digno de una novela rusa. Y con una extensión que también empieza a ser digna de Dostoievski.

La crisis actual es comparable a una de esas tormentas económicas que se dan cada 30 o 40 años, que de alguna manera sirven para purgar los excesos y a la que conducen las numerosas crisis inmediatamente anteriores, de menor calado, que se han ido dando invariablemente cada 5 o 10 años. Una gran crisis de origen humilde: casi todas las crisis comienzan de la misma manera, modestamente. Así fue en este caso, el pinchazo de la burbuja de hipotecas de alto riesgo -un segmento relativamente pequeño del mercado financiero estadounidense- desencadenó la explosión de una superburbuja mucho mayor, que había estado formándose durante un periodo mucho más dilatado, gracias a un problema, a un error propiciado por una cultura. El problema fue el uso cada vez mayor del crédito, un enorme empacho de deuda en familias, empresas y Gobiernos. La cultura, el fundamentalismo de mercado, lo que uno de sus impulsores -el expresidente norteamericano Ronald Reagan- bautizó como la magia del mercado.

La crisis actual es comparable a una de esas tormentas que se dan cada 40 años

En la crisis bancaria de 1982, en la de la Bolsa de octubre de 1987 que tan intensamente se vivió en Harry's, en las de las cajas de ahorros estadounidenses de finales de los ochenta, en las de Latinoamérica y el Sureste asiático de los noventa y en la de las puntocom de inicios de siglo: en todas esas crisis financieras se salió de forma parecida, con fuertes intervenciones de las autoridades (en muchos casos cumpliendo la Ley del Cinismo de la Economía: socialización de pérdidas, privatización de beneficios) fusionando bancos en quiebra para hacer entidades cada vez más grandes y aplicando estímulos fiscales y monetarios para proteger la economía. "Esas medidas reforzaban la tendencia predominante de un endeudamiento cada vez mayor. Y mientras funcionaron, reforzaron el equívoco predominante de que se puede dejar tranquilamente a su aire a los mercados financieros", escribe el inversor George Soros en uno de sus últimos libros.

A ella conducen muchas otras de menor calado, que acabaron creando una superburbuja

La secuencia es conocida: de la explosión de las subprime en agosto de 2007 -y van ya para cuatro años- se pasó a una crisis financiera que tuvo su cénit en la quiebra de Lehman Brother's, tan celebrada en Harry's, que secó, literalmente, los mercados financieros de todo el mundo y obligó a los bancos centrales a inyectar liquidez en grandes dosis. Desde las finanzas, la crisis se fue desparramando: pinchazos de varias burbujas inmobiliarias (con Estados Unidos, Irlanda y España a la cabeza de esa lista), recesión mundial, derrumbe del comercio internacional, crisis alimentarias, subida estratosférica de las materias primas y en particular del petróleo y, por último, incendio fiscal en Europa. La crisis se ha retirado en muchos lugares, pero las heridas tardarán en cicatrizar. Las cenizas de esa larga sucesión de crisis han dejado un poso inadmisible en forma de altos índices de paro en todo el mundo. Con una particularidad: esta es una crisis de ricos, y son los ricos quienes más la sufren. Europa se enfrenta a una crisis fiscal morrocotuda. EE UU, en una situación parecida pero al abrigo de los problemas (por el momento) gracias al dólar, puede ceder el liderazgo mundial. El mundo emergente ha cogido el testigo, con China a la cabeza, lo que abre no pocos interrogantes.

Pero esta es una historia de estos tiempos de turbulencias, no del mundo poscrisis. Y de toda la literatura que mueve a su alrededor: puede que la Gran Recesión no haya dado aún con su John Steinbeck (aunque ahí queda la potencia del documental Inside Jobs, que muestra algunas de las excrecencias del sistema), pero a su alrededor han surgido centenares de miles de millones de teorías que explican lo que ha pasado.

Se resumen en dos.

Hay quien cree que el activismo de los Gobiernos es la causa de todos los problemas

Están quienes piensan que el crecimiento de las desigualdades es la clave de bóveda del problema: en 1968, el presidente de General Motors ganaba 66 veces más que su trabajador medio; hoy, el presidente de Wal-Mart gana un sueldo unas 900 veces mayor que el del empleado medio. Ante esa evidencia, Gobiernos estadounidenses -y europeos- de todo signo hicieron lo imposible por aumentar el crédito a las familias, una política de la que van ya unos 20 años y que se sustentaba en esa visión Thatcher-Bush-Clinton de la "sociedad de la propiedad" que tan bien se adaptó a otros países como España. El papel de Fannie Mae, Freddie Mac y otras agencias públicas o semipúblicas que patrocinaban la asunción privada de riesgos, además de varias leyes salidas del Capitolio, atestiguan ese activismo gubernamental. Cuesta tomarse en serio esa tesis con la que está cayendo -¿suele la banca meterse en algo, ya sea con o sin el empujón del Estado, si no ve en ello un suculento negocio?-, pero sus partidarios defienden que ese fue el germen de una burbuja inmobiliaria que, ayudada por las políticas fiscales y monetarias equivocadas, desató todo lo demás. En fin: el empuje del sector público para que la banca diera crédito hizo que el sector financiero desarrollara toda esa ingente creatividad que derivó en el sistema bancario en la sombra, las titulizaciones hipotecarias auspiciadas por las agencias de calificación, en la asignación de probabilidades de impago del 0% a productos financieros que a la postre se deshicieron como castillos de arena. Así se hincharon las cuentas de resultados y los bonus de los ejecutivos, de forma directamente proporcional a la cantidad de dinero que luego tuvo que inyectar el Estado en la banca para evitar que el tinglado se fuera a pique. (Ese dinero público empleado en salvar la banca, por cierto, acabó incubando al menos parte de la crisis fiscal en la que estamos inmersos y que los mercados y los bancos atacan con puño de hierro).

La teoría más aceptada la atribuye a la barra libre de excesos por la desregulación financiera

Y están también quienes piensan que la contrarrevolución del mercado libre, de la desregulación que condujo a la hipertrofia financiera, de la barra libre para la banca, están en la semilla de la madre de todas las crisis. Hasta 1985, la banca norteamericana concentraba en torno al 15% de los beneficios en Wall Street. En 20 años ese porcentaje casi se triplicó y acabó creando algo parecido al monstruo de Frankenstein, moviéndose con torpeza y sembrando el caos. La banca es fundamental para la economía: intenta tender un puente entre un presente conocido con dificultades e imperfecciones y un futuro que no conocemos. "La esencia de la crisis actual", asegura el economista Antonio Torrero, "es que los gestores de las finanzas han actuado como si esa limitación no existiera", apoyándose en unos incentivos diseñados únicamente para la obtención de beneficios a muy corto plazo, por un abuso de confianza en las matemáticas y la probabilidad e impulsados por la marea de las ideas predominantes.

Un ejecutivo ganaba 66 veces más que el empleado medio en 1968; hoy, 900 veces más

Esa marea venía a decir: "No se preocupen, el mercado se ocupará de todo". Una de las escasas certezas que deja esta crisis es el fenomenal desastre al que lleva esa creencia, que está obligando a Occidente a replantearse el contrato social que salió de las guerras mundiales. Una de las conclusiones es que hay que domesticar Wall Street, la City, esa hidra de siete cabezas que el periodismo ha bautizado como "los mercados". Durante los últimos 25 años, el capitalismo de libre mercado ganó la batalla: hasta los más fieles defensores de la ortodoxia defienden ahora que ha llegado el momento de ponerse a pensar en cómo lograr que la industria financiera "vuelva a ser algo que sirve al resto de la sociedad en lugar de saquearla", dice el novelista John Lanchester.

Hay tres soluciones para prevenir crisis futuras: regulación, regulación y regulación

Las crisis siempre han estado con nosotros y siempre -siempre- estarán con nosotros. Podemos limitar su frecuencia y moderar su severidad fortaleciendo la regulación de los mercados. Tal vez podamos idear respuestas más efectivas para cuando esas indefectibles crisis estallan. Podemos hacer todo eso, y en lo peor de esta crisis parecía seguro que todo eso iba a hacerse. Ya no: ese impulso ha perdido fuerza a medida que la banca se ha recuperado del ataque cardíaco.

Según quiere la leyenda, las últimas palabras de Humphrey Bogart fueron las siguientes: "No hubiera debido cambiar el whisky escocés por el martini". Tras acabar con las reservas de whisky, de martini y demás botillería de Harry's, a Wall Street y a ese engendro llamado sistema le ha llegado el momento de cambiar algunas cosas. A la economía global y a los economistas, muchas otras. El tiempo apremia.