Los blogs, narraciones en vivo, comentarios y contenidos producidos por lectores cambian el trabajo de los periodistas
Marcos Balfagón
Los ciudadanos se han apoderado de la información. Ya lo sabíamos, pero este año lo han demostrado con creces. Retransmiten imágenes de plazas atestadas en El Cairo o en Madrid, en ocasiones con un simple móvil. Informan por Twitter, sin saberlo, de una noticia de alcance planetario como el ataque a Bin Laden. Graban los primeros momentos del terremoto de Japón y las comparten en YouTube. Sin sus voces, que han sorteado el cerrojazo informativo en los países árabes, no hubiéramos conocido muchos de los acontecimientos que cambian la región. Se han organizado a través de las redes sociales para vehicular su voz frente a la opresión.
¿Y qué ocurre con nuestras informaciones? Las comentan, las critican, las enlazan en su blog (hay 80 millones de bitácoras en el mundo, según algunas estimaciones), las recomiendan a sus seguidores y amigos a través de las redes sociales, una suerte de ágora donde, por poner solo dos ejemplos, conversan casi 700 millones de personas (Facebook) o 200 (Twitter).
Hemos pasado del poder de los algoritmos de los buscadores a la lógica de la recomendación realizada desde las redes, donde participan tres de cada cuatro internautas españoles. El año pasado, en Reino Unido y EE UU las visitas a Facebook superaron a las de Google, según Hitwise. Una parte nada desdeñable de nuestros lectores llegan a través de las prescripciones de sus amigos o de personas a las que eligen por su valiosa capacidad de selección. Y es una tendencia en alza. Nosotros participamos en la conversación a través de nuestras cuentas personales o corporativas en las redes. Aportamos lo que sabemos hacer: informaciones. Si son relevantes, obtenemos un reconocimiento instantáneo. Si son inexactas o erróneas, tenemos la oportunidad de enmendarlas.
Ya no es algo sujeto a discusión. Son hechos.
Como adictos a las noticias, debería agradarnos. Fuentes accesibles, inmediatas, plurales y más numerosas, en términos exponenciales. Un flujo de conocimientos que no se detiene (o no debería) en la publicación de nuestra pieza informativa. Que se perfecciona, se agranda y revierte en que mejore nuestro trabajo. Y que además se distribuye por canales intuitivos y virales, alcanzando a quienes nada sabían de nosotros o de nuestro medio.
La construcción de la noticia ya es colectiva. Podemos seguir entendiéndola como un trabajo individual que se publica y no admite respuestas. Pero no solo nos perdemos muchas cosas. Podremos quedar fuera de juego.
Porque esta desordenada y ácrata inteligencia colectiva (como se ha tildado a esa ingente conversación continua a través de comentarios, blogs o microblogs) trabaja junto a nosotros, si es que tenemos la humildad y la convicción de apreciarla. Y por tanto, de fertilizar nuestro trabajo. Los periodistas debemos revertir, exponer y acreditar esas aportaciones.
La tecnología permite que los ciudadanos construyan informaciones, desde mapear el coste de determinados productos básicos hasta leer los correos electrónicos de Sarah Palin a través de las plataformas de The Guardian o The Huffington Post, como está ocurriendo estos días. Es lo que se conoce como contenido generado por el usuario, que incluimos en las coberturas en directo o live blogs con las que hemos narrado noticias vivas como las revueltas del mundo árabe o el terremoto en Japón.
Cierto es que muchos reporteros de EL PAÍS, como de otros periódicos, llevamos décadas escribiendo para un medio impreso (con sus cajas, sus espacios limitados, sus rígidos horarios de cierre). Pero la Web 2.0 es una oportunidad de participar en el nuevo entorno. Un potente catalizador para incorporarse a esa conversación global son los blogs, sean estos colectivos o individuales. Poseen muchas ventajas: autopublicación con una sencilla herramienta, planteamiento de temas abiertos o polémicos o abordaje creativo de nichos de información que no tienen cabida en la clásica estructura de un periódico impreso o en la jerarquización de una web informativa.
"El blog es un wiki que mantiene una instantánea del último conocimiento y contexto. Es un agregador que ofrece enlaces a expertos, coberturas, opinión, perspectiva, material de fuentes", señala el visionario profesor de periodismo y bloguero Jeff Jarvis. "Es una manera más participativa y comprometida de hacer periodismo", sostiene el responsable de blogs de The Guardian, Matt Wells, "que acepta que el post no es definitivo sino abierto a la crítica, la mejora, la expansión y el debate". Su colega, el también profesor de periodismo Paul Bradshaw, es más radical: "Si no quieres comunicarte con la gente, escribe ficción".
Algunos periodistas, no acostumbrados a convivir con el feedback instantáneo, ven los comentarios de los lectores como una molestia. Se fijan en algunas opiniones descalificadoras, que es cierto que las hay. Pero tanto un post como una noticia tiene dos partes. La que escribimos y la que aportan los demás a través de sus opiniones o addendas, en tantas ocasiones constructivas. Eso sí, existe una tendencia creciente en los medios por refinar esa conversación pidiéndoles a los lectores que se registren aportando algunos datos personales. Un ejemplo, en nuestro caso, es la nueva web de Política, donde todas las noticias están abiertas a comentarios a través de nuestra red social Eskup.
El talento del periodista aporta en los blogs valores inherentes a nuestra profesión: precisión, claridad y honestidad. Y su personalidad, habilidades y mirada suponen un plus. Pero es cierto que se encuentra más expuesto: sus carencias o errores se someten a la lupa implacable de ese saber colectivo que espera tras el punto final. Como casi todo, supone una oportunidad: podemos aprender, podemos rectificar.
Porque la cuestión, bendita cuestión, es que ahora no hay punto final.