Los medios se reinventan a marchas forzadas entre un viejo modelo industrial que se resquebraja y las nuevas posibilidades que la tecnología ofrece al periodismo
BORJA ECHEVARRÍA
Una de las piezas estrella de la última edición de Arco fue la instalación de Los Carpinteros para el estand de EL PAÍS.
El primer semestre de 2011 ha sometido a una dura prueba de esfuerzo a los corazones de muchos periodistas del mundo. La resaca de Wikileaks dio paso al inicio de las revueltas árabes; luego tembló Japón, desayunamos cada mañana con Fukushima y hasta en Lorca se cayeron los campanarios; EE UU mató a Bin Laden en Pakistán; sufrimos cuatro Barça-Madrid en tres semanas de abril mientras Zapatero anunciaba que no sería el candidato. Y para remate, el PSOE se desmoronó en unas elecciones que vivieron bajo el embrujo de un movimiento espontáneo bautizado el 15-M. Pero entre tanta bomba informativa, si un avispado productor expusiera a cualquier redacción a un Gran Hermano siempre encontraríamos a dos periodistas destrozándose el estómago junto a la máquina de café y debatiendo sobre un tema que nos une a todos -y en muchas ocasiones nos separa-: el presente y futuro de la prensa.
Por si el lector no lo sabe, los diarios vivimos en una esquizofrenia permanente desde hace ya algún tiempo. El 1 de abril de 2006 es una fecha para no olvidar. El lugar, Estados Unidos, el país con la tradición periodística más arraigada y que en estas cuestiones marca tendencia. Ya saben: lo que ocurre allí termina llegando meses después. Los ingresos de la industria en aquel trimestre alcanzaron los 10.500 millones de dólares, según la Asociación de Periódicos de América. Fue el último periodo en que la prensa experimentó colectivamente un crecimiento positivo anual.
Esa esquizofrenia, sin embargo, no viene tanto del declive económico como de sentir el hielo resquebrajarse bajo nuestros pies mientras observamos al levantar la mirada un maravilloso cielo azul. Un modelo de negocio caduco frente a unas posibilidades periodísticas como nunca antes existieron. Esta metáfora la utiliza Ken Doctor, hoy analista de medios, pero con más de dos décadas en su currículo trabajando para Knight Ridder, la segunda compañía de periódicos en Estados Unidos hasta que fue adquirida por McClatchy en junio de 2006. El hielo que se abre son los pocos ingresos, caídas en las ventas, cuestiones culturales y falta de capacidades concretas para los nuevos tiempos. El cielo azul es la tecnología, la habilidad para hacer buen periodismo, para investigar con datos y secretos que los poderosos nos ocultan, además del potencial para publicarlos de manera rápida, en distintos formatos y soportes, con un alcance global mayúsculo.
Doctor, en su libro Newsonomics, twelve new trends that will shape the news you get ( Newsonomics, doce nuevas tendencias que darán forma a las noticias que consumas) incide en la necesidad de acortar esa brecha entre un mundo que se acaba y otro que debemos construir. Cómo resolver esa ecuación que permita a medios tradicionales seguir ejerciendo su papel es lo que tiene ocupados a muchos ejecutivos y, en ese ficticio Gran Hermano, a miles de periodistas que cada día dedican un rato a ser consejeros delegados en las conversaciones de pasillo. Fiel reflejo de lo que ocurre lo representa Bill Keller, todavía director de The New York Times -en septiembre le sustituirá Jill Abramson-. "Creo que el gran cambio es que cuando empecé [como director, en julio de 2003] le dedicaba un 70% a asuntos más periodísticos y un 30% a temas administrativos y de negocio. El porcentaje se ha invertido. Un 30% de mi tiempo lo ocupo en historias o en quién será el próximo corresponsal en El Cairo, y un 70%, en el modelo de negocio y la supervivencia a largo plazo", explicaba Keller a The Huffington Post .
"En Internet nadie sabe que eres un perro", dice la clásica viñeta de The New Yorker .
El panorama ha evolucionado mucho, también en EL PAÍS. Hace casi siete años, con motivo del ejemplar número 10.000, un artículo titulado 24 horas de vida en papel reflejaba justo eso, la vida del diario, pasando de puntillas por Internet. Solo unos meses después, los periodistas franceses Jean-François Fogel y Bruno Patino publicaban Una prensa sin Gutenberg (Punto de Lectura, 2007), vaticinando mucho de lo que ahora está ocurriendo, desde la fragmentación de las audiencias hasta la importancia de las redes sociales. Ninguno de los dos era sospechoso de agorero, pues su formación provenía del periodismo más clásico. Fogel sigue mirando hacia delante: "La prensa en Internet ha cambiado por completo. El auge en la vida diaria de las conexiones 3G plenamente universales, de YouTube, Twitter, Facebook y del Smartphone han creado un entorno periodístico nuevo. El mundo de la información se describe ahora con cinco palabras que no eran obvias o no se utilizaban hace seis años, cuando publiqué el libro: movilidad, vídeo, tiempo real, redes sociales y aplicaciones. Estas tecnologías disruptivas ubican al usuario en el centro del proceso informativo. La famosa tesis orteguiana 'yo soy yo y mi circunstancia' sigue siendo válida, pero se debe reescribir: 'Yo soy yo y mis conexiones'. Se terminó el cara a cara entre la prensa y su lector. La prensa no es más que una conexión compitiendo con muchas otras".
Hoy, 2.425 números después de aquel suplemento especial de EL PAÍS, el papel sigue existiendo y soportando gran parte del negocio, pero aquel titular de 24 horas de vida en papel ha envejecido fatal. Las redacciones están moviendo el eje sobre el que gravita cada jornada, y se mueven porque antes lo han hecho las audiencias. La última gran encuesta del Pew Research Center (realizada entre el 1 y el 5 de diciembre de 2010), habitual referencia sobre la evolución del consumo de prensa en Estados Unidos, refleja cómo Internet va acercándose a la televisión como la principal fuente para obtener noticias. Para el 41% de los entrevistados es su medio de referencia, frente a un 66% que prefiere la televisión y un 31% los periódicos, con una clara tendencia descendente de estos dos últimos (los encuestados podían dar dos respuestas, de ahí que la suma supere el 100%). Aún más sintomáticos son los datos por franjas de edad: entre los 18 y los 29 años, un 65% elige ya Internet; un 52%, la televisión, y un 21%, los periódicos; entre los 30 y los 49, un 63%, televisión; un 48%, Internet, y un 22%, periódicos.
La acelerada tendencia de estos datos tiene a los medios en permanente agitación. Visualizamos una época dorada para el periodismo, pero con la certeza de que habrá que pasar por momentos dolorosos. El pasado 16 de junio, el diario británico The Guardian anunció su conversión en una empresa "primero digital": más inversión para la salida en Internet, una organización del trabajo adaptada a cómo se consume información y un nuevo planteamiento de la edición impresa. "Solo un 4% de nuestros lectores lee la edición de papel para enterarse de las noticias por la mañana. Leen el diario por la noche en lugar de hacerlo durante el día", explicaba Andrew Miller, consejero delegado de la empresa editora. The Guardian, con su director Alan Rusbridger al frente, es pionero en esta estrategia, un convencido de que la tecnología nos ofrece posibilidades infinitas. "Lo conservador, ahora, es ser radical. Pensando en el futuro de The Guardian, en conservarlo, ¿debo ser conservador o radical con Internet? Viendo las posibilidades de futuro de papel, que no pintan muy bien, si quiero ser conservador en la cuestión de proteger The Guardian, mi instinto me dice que debo ser más radical en lo digital", aseguraba Rusbridger en una entrevista en EL PAÍS el pasado mes de septiembre (cuestión diferente, y no trivial, es su lado oscuro: 33 millones de libras de pérdidas en el último año).
En esa misma serie de encuentros con responsables de medios, Bill Keller hablaba de un futuro que combinará supervivientes y nuevas empresas. "Existirán medios tradicionales que se habrán adaptado bien. De aquí a cinco años creo que aún habrá una significativa demanda de periódicos impresos, no de todos". Ken Doctor también apunta en Newsonomics a los "supervivientes" entre los medios tradicionales y los apoda como the digital dozen (la docena digital), metiendo en un mismo saco a los aspirantes, sin distinción de que sus raíces estén en la prensa escrita, la radio o la televisión. "En 2015 creo que los ganadores serán conocidos mundialmente como grandes marcas de noticias asociadas a todas las formas de ofrecer la información (texto, imagen y audio)", sostiene Doctor, que recuerda una célebre viñeta de The New Yorker con dos perros frente a un ordenador y una frase: "En Internet, nadie sabe que eres un perro". "Bueno, en Internet tus raíces puede que se vislumbren, pero a la audiencia realmente no le importa si eres un periódico o una televisión. Quiere historias, vídeo, audio, y eso está llevando a una convergencia de medios diversos", concluye.
Javier Moreno, director de EL PAÍS, se expresa en términos similares. "Estoy convencido de que en unos años, pocos o muchos, dejará de haber periódicos impresos en papel. A medio plazo sobrevivirán los mejores, pero me parece evidente que el futuro de todos ellos se encuentra en la Red. No quiero decir que deje de haber demanda de un día para el siguiente, pero no será suficiente para sostener los costes crecientes de un proceso industrial que, como todos los procesos industriales, ha requerido un mercado masivo para su sostén", aseguró Moreno en la inauguración del XII Congreso de Periodismo Digital de Huesca.
Un cortado y uno largo, 100% natural. Cincuenta céntimos cada uno. Junto a la máquina del café vuelve el debate. Unos ven en la quiebra del modelo el fin de los grandes valores de la profesión y casi del mundo democrático; otros se relamen con la destrucción de los viejos medios, hoy más que nunca parte del establishment. La discusión alcanza tintes cuasi religiosos, no digamos ya cuando aparece el asunto del pago por contenidos. En lugar de afrontarlo desde los puros números se hace desde el dogma, desde el "hay que": "El periodismo hay que pagarlo porque cuesta dinero"; o "No hay que cobrar, porque nadie pagará". Por las noticias siempre ha pagado alguien. En unos casos, los lectores; en otros, los anunciantes. A menudo ambos.
Quien resuelva el dilema habrá dado con el Santo Grial de la prensa. El cambio de patrón y la crisis general han supuesto un desplome de la publicidad en los diarios impresos sin que los ingresos en Internet compensen la brecha abierta. Según las previsiones de la Interactive Advertising Bureau (la asociación que representa al sector de la publicidad en medios digitales), en 2011 la inversión en España rondará los 1.000 millones de euros, una cifra cercana a la que reciben los periódicos (el segundo medio publicitario). Pero el cálculo no es tan sencillo. Google se lleva casi el 50%, y el resto de buscadores, un 2,8%. Unos 417 millones van al negocio de las búsquedas en Internet; 9,3 millones son para la publicidad gráfica en navegación desde el móvil, y quedan 372 millones para repartir entre portales, redes sociales, medios de comunicación, blogs, redes comerciales y otros soportes.
En el inmediato futuro parece que avanzamos hacia un modelo híbrido, con más digital y algo impreso, donde lo gratuito y el pago se mezclan sin una receta común para todos. En esta coyuntura de aguas movedizas cada experimento es seguido con mucha atención. Desde el infranqueable muro de Murdoch al ultraporoso de The New York Times (hasta 20 artículos gratis al mes, aunque si accedes por las redes sociales no contabiliza); desde las aplicaciones de pago para el iPad a los diarios que, como el Christian Science Monitor, abandonaron su edición en papel para concentrarse en la web.
Tan importante como sostener el negocio es abordar el radical cambio que en los últimos años se ha producido en la audiencia y sus repercusiones sobre el periodismo. Estos seis últimos meses han sido paradigmáticos en cuanto a unos desafíos que necesitan de referentes clásicos y al mismo tiempo mucha predisposición a lo nuevo. Sin un periodismo profesional la democracia quedará coja, pero sin una estrecha y sincera relación con un público activo será el periodismo el que quede tocado de muerte. Emily Bell, directora del Tow Center de periodismo digital en la Universidad de Columbia, defiende, frente a los discursos excluyentes, un nuevo contrato entre la prensa y el público. "No hay opción, y eso es crucial. Darle protagonismo a nuestra comunidad es indispensable", sostiene Bell.
Hablamos de cooperación, de escuchar, de comunicar a través de canales que ya no son el propio medio. Si EL PAÍS tiene más de 600.000 seguidores en Twitter, su mensaje puede amplificarse hasta límites que no controlamos, pero entender la potencia de las redes únicamente como un altavoz más sería un error. Es emitir, y más aún, estar abierto a recibir. El teórico de la comunicación Manuel Castells también coincide en que las grandes corporaciones de medios no tienen alternativa. "O se alían con Internet y con el periodismo de la gente o serán marginadas y financieramente insostenibles. En cualquier caso, esa alianza desempeña un papel decisivo en los cambios sociales. Sin Al-Jazeera tampoco habría estallado la revolución en Túnez", afirmaba en una entrevista. La combinación de la información en tiempo real, las redes sociales, la banda ancha y la movilidad es explosiva. Despreciar estas tecnologías y enfrentarlas al ejercicio profesional del periodismo no deja de ser ya poco más que una pose elitista o un refugio ante el miedo a lo desconocido. La realidad es que vemos cómo crecen poco a poco los lectores que llegan a las noticias desde espacios que hace cinco años ni existían (Twitter, por ejemplo, nació en marzo de 2006) y cómo los periodistas accedemos también a mundos vedados.
Ahora mismo se sigue reescribiendo el futuro de la prensa, con cada acontecimiento, cada enviado especial, cada ciudadano activo y pendientes de la última innovación. Un momento ciertamente contradictorio. Ya no hay límites físicos para publicar (adiós al clásico "no tengo espacio"), pero miles de periodistas son despedidos en todo el mundo y, en la sobreabundancia de contenidos, lo que escasean son quienes dediquen tiempo a buscar y contar historias relevantes y fiables. Internet plantea problemas -en muchas ocasiones pone de relieve, sin posibilidad de ocultar, los que ya teníamos-, aunque casi siempre nos ofrece las soluciones. Nadie dijo que el camino al cielo fuera sencillo.