Año 35: Construyendo el futuro

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El Ejército, desatado y bien desatado

Las mujeres, las misiones internacionales y la carrera profesional colocan a las Fuerzas Armadas en otra órbita

Foto: L. RICO (EJÉRCITO DE TIERRA) Dos militares de la misión española en Kosovo prestan asistencia médica a una mujer.

La muerte de Idoia Rodríguez Buján, una gallega de 23 años, por la explosión de una mina en Afganistán el 21 de febrero de 2007 ilustra dramáticamente el profundo cambio experimentado por las Fuerzas Armadas españolas en el tránsito del siglo XX al XXI. Hace 35 años, un suceso así hubiera sido impensable: porque no había mujeres en el Ejército, ni soldados profesionales, ni militares españoles en misiones internacionales. Cuando Franco aseguraba que, a su muerte, todo quedaría "atado y bien atado", encomendaba el papel de garante de la perpetuación de su régimen a los ejércitos salidos del bando victorioso de la Guerra Civil, de los que él se autoproclamó Generalísimo.

Por un momento, durante el frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 pareció que el dictador tenía razón y que una nueva asonada militar devolvería a España a las tinieblas de la historia. Por eso, lo primero que hizo Leopoldo Calvo-Sotelo, el presidente salido de la investidura interrumpida por Tejero, fue pedir el ingreso en la OTAN, convencido de que el contacto con sus homólogos occidentales sería el mejor antídoto contra la vocación salvapatrias de algunos uniformados españoles.

Pero aquella decisión supuso también la primera ruptura del consenso en política exterior desde el inicio de la Transición. El PSOE, que no solo era el primer partido de la oposición sino el favorito en todas las encuestas, respondió con una efectista campaña bajo el lema OTAN, de entrada, no . Tras llegar al poder, en octubre de 1982, los socialistas cambiaron de opinión y el referéndum de marzo de 1986 ya no fue para salir sino para permanecer en la Alianza. Previamente, el 1 de enero de ese año, España se había convertido en el socio número 12 de las Comunidades Europeas, lo que la ancló definitivamente en su entorno democrático y europeo. Cuando, en 1999, España se incorporó a la estructura militar de la OTAN, de la que hasta entonces se había mantenido al margen, apenas levantó polémica.

Zapatero duplicó, con respaldo del Congreso, el contingente de Defensa en Afganistán

Para entonces, las Fuerzas Armadas españolas ya participaban plenamente en operaciones en el exterior. El bautismo llegó en 1989, con el envío de observadores a las misiones de la ONU en Angola y Mozambique, a las que siguieron otras exitosas en Centroamérica. En 1990, España decidió apoyar, con una fragata y una corbeta, el embargo naval decretado contra Irak por la invasión de Kuwait.

La alianza de Felipe González con el presidente estadounidense George Bush tuvo poco que ver con la que selló su sucesor, José María Aznar, con George W. Bush. La invasión de Irak, en 2003, no contó con el aval de Naciones Unidas ni el respaldo de una amplia coalición internacional: al contrario, Europa se dividió y España se distanció de sus principales socios continentales, Alemania y Francia. En el frente interno, el consenso social se quebró de nuevo y millones de personas salieron a la calle para tratar de evitar una guerra montada sobre inexistentes armas de destrucción masiva.

Tras la borrachera de Irak, llegó el abrupto despertar del 11-M y el mayor atentado de la historia de España dio paso a un vuelco electoral sin precedentes. La sombra de la matanza planeó sobre la primera legislatura de Zapatero. Nada más llegar a La Moncloa, ordenó la retirada de las tropas de Irak, provocando un agudo deterioro de las relaciones con Washington. Bush nunca le perdonó su espantada y solo le recibió en la Casa Blanca en noviembre de 2008, dos meses antes de dejar el cargo y en el marco de una cena colectiva del G-20.

Zapatero tuvo cuidado de no repetir en Afganistán el esquema de Irak. Aunque la guerra contra los talibanes, en respuesta a los atentados del 11-S, se empantanó en un conflicto interminable, el Gobierno socialista no solo mantuvo el compromiso asumido en 2002 por Aznar sino que lo fue ampliando. En 2005, el contingente español se trasladó desde Kabul a Herat, en el oeste del país, y asumió la reconstrucción de la provincia de Badghis, una de las más atrasadas. Tras la llegada de Obama a la Casa Blanca, Zapatero aceptó duplicar los efectivos españoles, llegando hasta los 1.500 en 2010. Lo hizo, eso sí, con el aval del Congreso pues, como reacción a la polémica de Irak, la reforma de la Ley de la Defensa Nacional de 2005 incluyó la autorización preceptiva del Parlamento antes de enviar tropas al exterior.

Más del 12% de los 130.000 militares que integran las Fuerzas Armadas son mujeres

En septiembre de 2006 se autorizó el envío de 1.100 soldados al sur de Líbano para vigilar la frontera con Israel tras la guerra contra la milicia chií Hezbolá. España aportó el tercer contingente europeo más numeroso de la Unifil (Fuerza Interina de Naciones Unidas para Líbano) y el general Alberto Asarta se hizo cargo en enero de 2010 del mando de los 12.000 cascos azules.

Si los militares españoles acudieron a Líbano con la bandera de la ONU, en 2009 fueron al Océano Índico encuadrados en la primera misión naval de la UE para tratar de atajar una piratería que ha convertido aquellas aguas en las más peligrosas del mundo. Entre otros muchos, fue secuestrado el atunero vasco Alakrana , por cuya liberación pagó rescate el Gobierno, según la sentencia dictada por la Audiencia Nacional contra dos de los secuestradores.

Desde marzo pasado, España participa además con cuatro cazas F-18, dos aviones de reabastecimiento, otro de patrulla marítima, una fragata y un submarino en la intervención de la OTAN en Libia. Pese a las presiones de EE UU, los 500 militares españoles se limitan a vigilar el espacio aéreo y controlar el embargo naval, pero no bombardean objetivos terrestres.

Mientras se iniciaban nuevas misiones, se clausuraban otras, aunque menos. En octubre de 2010 se puso punto final a 18 años de presencia militar española en Bosnia-Herzegovina. La guerra de los Balcanes evidenció la impotencia de la UE para evitar una masacre en sus propias puertas. La carencia de una política exterior común quedó de nuevo patente en 2008, cuando Europa volvió a dividirse ante la independencia de Kosovo. Para las Fuerzas Armadas españolas, la experiencia en la región fue una prueba de fuego que marcó a la mayoría de sus actuales mandos.

En total, más de 120.000 militares españoles han participado en alguna de las 65 misiones en el exterior y 160 han fallecido en ellas. Si a ello sumamos la masiva incorporación de la mujer (que ya representa más del 12% de los 130.000 efectivos) y la abolición del servicio militar obligatorio en diciembre de 2001, se comprenderá el alcance de la transformación experimentada por las Fuerzas Armadas. Franco, que contaba con el Ejército como garantía de inmovilismo, no sospechó que este cambiaría al propio ritmo de la sociedad.