Año 35: Construyendo el futuro

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El terrorismo de ETA inicia su pase a la reserva

La pérdida de protagonismo de la banda deja una sociedad degradada moralmente por el apoyo social a la violencia

Foto: J. HERNÁNDEZ El alcalde de San Sebastián, Juan Karlos Izagirre (Bildu), aclamado en la calle por 'abertzales'.

Extenuada por los continuos golpes policiales y desacreditada como nunca política y socialmente, ETA se ha retirado de la escena con una tregua indefinida después de haber practicado el chantaje terrorista contra la democracia española durante siete lustros. Lo ha hecho empujada también por su brazo político, Batasuna, que necesitaba recuperar la legalidad y volver a las instituciones para invertir su progresiva pérdida de peso y conservar su hegemonía en el espacio de la izquierda abertzale.

El paisaje después de la batalla que ETA ha librado contra España y los vascos no nacionalistas deja una sociedad perturbada y degradada moralmente porque el terrorismo ha contado con el apoyo, connivencia, justificación o comprensión de una parte de la población. Atrapada en las divisiones y contradicciones generadas en su seno, buena parte de la sociedad asumió el argumento nacionalista de que el problema de ETA era un asunto político incardinado en un conflicto con España que solo podría resolverse con una salida política.

Mucha gente optó por adaptarse y vivir como si la batalla no fuera con ella

En consecuencia, puesto que la solución no estaba en sus manos, mucha gente optó por adaptarse y vivir como si la violencia terrorista no fuera con ella. Pese a todo, pese a la perversión de esos enfoques, la sensación de impotencia general dominante y las actitudes de inhibición y silencio, la sociedad vasca ha terminado por generar los antídotos adecuados y por considerar a las víctimas como tales, al margen de su credo político o condición. Ese ha sido, en gran medida, el fruto de la labor de resistencia y denuncia llevada a cabo por una minoría de ciudadanos que decidió enfrentarse a lo que el terrorismo hacía y pretendía.

A expensas de que ETA aclare si su pase a la reserva es provisional o la antesala de su definitiva desaparición, la suspensión de los asesinatos, las bombas y la extorsión abre en el País Vasco un tiempo nuevo, esperanzador para casi todos, de alivio del luto para las víctimas, aunque preñado de incógnitas y no exento de incertidumbre. El exitoso regreso de Batasuna-Bildu a la política institucional restablece las cuatro patas del tablero político vasco: derecha nacionalista (PNV), izquierda independentista (Batasuna-Bildu), derecha vascoespañola (PP) e izquierda vascoespañola (PSE), e inaugura un panorama político abierto en el que la confrontación política deberá discurrir por cauces más civilizados.

Una pregunta procedente es si el mundo de Batasuna pretenderá continuar la violencia con otras formas, si renunciará a intentar amedrentar a sus adversarios, si pondrá fin a las acciones de presión y acoso, a la ocupación del espacio de todos, al discurso y representación de la violencia simbólica. ¿Lo que viene es un tiempo de paz entendida como ausencia de violencia terrorista o también un tiempo de libertad? ¿La retirada de ETA acarreará efectivamente el derecho ciudadano a sentirse vasco como a cada cual le plazca o persistirá el propósito homogeneizador del nacionalismo? Y si hablamos de banderas en un país en el que gran parte de la población se declara vasca y española, ¿se permitirá que también el aficionado a la española pueda mostrarla sin temor, ni escándalo? La cuestión clave es cuánto tiempo hará falta para que lleguen a vaciarse los ingentes depósitos de miedo y autocensura personales y colectivos generados a lo largo de estas décadas.

Un problema es que Batasuna no tiene más pasado que reivindicar que el que le liga a ETA y ese pesado lastre la construcción de un nuevo discurso asentado sobre la revisión honesta del pasado. Otro problema es que en el seno del nacionalismo vasco anida la tentación de legitimar retrospectivamente la historia y el proyecto de la organización terrorista. El "premio" electoral otorgado a Bildu, a costa de Aralar, un partido igualmente independentista pero opuesto a la violencia, resulta indicativo de esa dependencia ideológica, emocional, que una y otra vez actualiza en Euskadi la parábola del "hijo pródigo" y se expresa en la resistencia nacionalista a buscar la derrota etarra. Tras haber defendido durante largos años que la receta para acabar con ETA era más autogobierno, más concesiones, más diálogo e invocar el "conflicto histórico" vasco y un supuesto déficit de democracia en España, buena parte del nacionalismo sostiene que la derrota de la organización terrorista es contraproducente porque sentaría las bases de su vuelta a las armas.

La legalización de Bildu no le acredita como demócrata hasta que se comprometa con la paz

Por lo mismo, Batasuna ha podido ocupar las instituciones y actuar en sociedad sin necesidad de hacer autocrítica, de requerir la disolución de ETA ni de declarar siquiera que la "lucha armada" ha sido un viaje a ninguna parte que conviene no repetir jamás. Su legalización no implica conversión a la democracia, ni les acredita moralmente ante la ciudadanía hasta que demuestren el inequívoco compromiso con la paz y las libertades y participen sinceramente del dolor por las vidas e ilusiones truncadas. Mientras la amenaza se disipa y los amenazados recuperan la libertad de movimientos, conviene no perder de vista que por sí sola la retirada de ETA no regenera el tejido moral dañado, ni restaña los efectos de un drama colectivo que si no llegó a romper las costuras de la sociedad fue porque las gentes mostraron mayor disposición a la convivencia, más tolerancia que la que se manifestaba en la esfera política.

El peligro mayor es que el nacionalismo acepte el fatalismo de que la historia se construye sobre las víctimas y crea que la Euskadi soberana e independiente que propugna puede levantarse sobre el relato de ETA como "movimiento de liberación" y sobre su proyecto político, contaminado de raíz por la sangre vertida. ¿Qué patria que merezca tal nombre puede construirse sobre los asesinados, los heridos, los huérfanos, el dolor, el odio y la mentira que trata de justificar el terrorismo negando la existencia de la democracia en estos lustros y atribuyéndose el papel de víctima de la explotación española? Para que el dolor y el odio no se pudran y contagien a las nuevas generaciones, hará falta reparar delicadamente el tejido moral, una tarea en la que deberá empeñarse toda la sociedad y, muy particularmente, quienes han justificado la violencia, porque sin ellos a cuerpo entero en el campo de la paz y la libertad la reconciliación no será posible.

Construir una sociedad sin violencia implicará evitar la tentación de dejar que el asunto se reduzca a un problema a resolver entre las víctimas y los victimarios, exigirá renunciar a cubrir la historia con una capa de silencio, mixtificación o falsedades que diluya responsabilidades y oculte la verdad de lo que ha pasado. Habrá que hablar honestamente de los hechos, mirarse en el espejo de los comportamientos, recoger el inmenso sufrimiento que contiene esta historia y construir con él la memoria colectiva que debe vacunar a la sociedad vasca presente y futura para que ni ETA, ni nadie, vuelvan a las andadas.