La radicalización de las élites agrava la crisis política española y el PP avanza bajo el mando de un líder con escaso gancho
Foto: AP El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, durante una conferencia de prensa en La Moncloa en septiembre de 2010.
No es probable que el presidente del Gobierno de dentro de diez años salga del Movimiento 15-M. Sus participantes no están organizados políticamente, no tienen líderes reconocibles y actúan extramuros de las instituciones. Su irrupción ha sido una cacerolada contra la clase política, otro síntoma de lo cuestionado que está el sistema de partidos. Ya saltó por los aires el de Italia en los años noventa y no sería descartable en España, víctima de unas prácticas internas cada vez más opacas y de un estilo de enfrentamiento entre las élites que rechazan no ya los del 15-M sino la mayoría de la población, como ponen de relieve las encuestas. La indignación y la cólera se vuelcan contra el sistema institucional y -específicamente la del 15-M- también contra la corrupción, exhibida sin pudor por algunos elementos de la élite política.
A corto plazo, el riesgo es evidente para el espacio socialista. Lo confirma la pérdida de confianza demostrada por las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo. Entre los electores que trabajan, el PP sacó más votos que el PSOE (26% frente a 22,4%) y también entre desempleados y jubilados (30,1% los populares; 20,5%, los socialistas). El PP ganó igualmente entre los votantes con estudios no universitarios (28,9% para el PP, 20,2% para el PSOE) y con menos comodidad entre los universitarios que acudieron a votar (25,8% frente a 24,2%), según un sondeo poselectoral del Instituto Metroscopia.
José Luis Rodríguez Zapatero construyó sus triunfos pasados enarbolando la bandera de la "modernización de la izquierda", instrumentada a través de una renovación generacional. Personas de la segunda fila del partido, en torno a los 40 años de edad, se hicieron cargo del PSOE en 2000, desplazando a veteranos de la generación de Felipe González, agotados frente a un pujante José María Aznar. No supuso una ruptura completa, porque Pedro Solbes o José Bono fueron recuperados por Zapatero para su primer Gobierno. Pero el proyecto se presentaba como diferente de la socialdemocracia clásica. Zapatero había anunciado el propósito de crear un Ministerio de la Juventud, que no honró, aunque lo compensó con guiños hacia la parte joven de la sociedad. Desde la oposición culpaba a Aznar del desempleo juvenil (17% en aquel tiempo), del récord del empleo precario o de la imposibilidad de acceder a la vivienda.
Siete años después del "no nos falles", que le gritaban a Zapatero en la noche de la victoria electoral de 2004, la realidad devuelve el espejo de una España con un paro mucho más elevado, y en la que carecen de empleo un tercio de los menores de 30 años. "La generación de jóvenes mejor preparada de la historia" corre el riesgo de convertirse en "una generación frustrada en la historia", le había dicho Zapatero a Aznar en septiembre de 2003, meses antes de ganarse la jefatura del Gobierno; esa imputación se le vuelve ahora en contra, demostrando lo inútil de los enfrentamientos que buscan la destrucción política del oponente, mientras los problemas de fondo siguen ahí.
Porque si algo ha caracterizado la primera década del siglo XXI es la execrable relación mantenida por las élites políticas entre sí. El Partido Popular contra el socialista, los nacionalistas contra "Madrid". Arrumbada la disputa por el espacio moderado, se radicalizan las contiendas y se instala "la política de adversarios", en expresión del catedrático Francisco Llera, especialista en opinión pública. Es lo que Óscar Alzaga, una de las figuras centristas de la Transición, llama "cultura de lo contrario".
El líder del PP, Mariano Rajoy, en Cádiz en el inicio de la campaña electoral de 2008.
El PP no terminó de reconocer la legitimidad de la victoria socialista en 2004, mientras Zapatero se embarcaba en políticas que intentaban desmontar las de su predecesor: desmarque español de la guerra de Irak; ampliación de derechos ciudadanos (matrimonio homosexual, ley de dependencia, reconocimiento a las víctimas del franquismo); reformas cívicas (ley contra la violencia de género, implantación de la "educación para la ciudadanía"); negociaciones con ETA, finalmente frustradas, y renovación de estatutos autonómicos, en especial el de Cataluña. Una agenda muy fuerte para un Gobierno en minoría, necesitado de apoyos frente a la dura oposición del PP y la que llevó a la calle la propia Iglesia católica, esta última molesta por la orientación laicista del Ejecutivo. Aún así, la primera legislatura socialista terminó en tablas. Lo demostró la renovación de la confianza en el PSOE durante las elecciones generales de 2008, con un millón de votos más que el PP.
Pero los 169 escaños tampoco resultaron bastantes como para sostener un Gobierno fuerte. Inmediatamente se abatieron varias plagas sucesivas: sequía del crédito, pinchazo de la burbuja inmobiliaria, pérdidas brutales de empleo. El tardío reconocimiento de la crisis económica por Zapatero retrasó la adopción de medidas y el PP respondió con el ejercicio de la oposición destructiva. En mayo de 2010, el Gobierno dio un volantazo: aun manteniendo el grueso de los programas de protección social, empezó a descargar medidas de austeridad sobre sectores sociales que podrían ser el electorado natural de la izquierda, sin acompañarlo de explicación concreta ni pedagogía alguna. Aplicar con la misma convicción criterios contradictorios arruina la confianza en cualquiera. Ni siquiera los excelentes resultados de la política antiterrorista del Gobierno socialista sirven para compensar los efectos letales de la crisis, y en primer lugar entre los jóvenes.
"Esta es la cuestión capital: ¿estamos o no en condiciones de ofrecer empleo a la juventud?", se preguntaba Max Gallo, un respetado intelectual, durante las protestas suburbiales en Francia. Nada que ver con el estilo del movimiento del 15 de mayo en España, como corresponde a protagonistas distintos, muchos de ellos pasados por la universidad. Pero el problema básico es parecido: la falta de perspectivas de futuro.
Significativamente, a los socialistas les dan la espalda las clases medias urbanas, que habían crecido al calor del desarrollo económico y financiero vivido hasta 2007. En municipios de más de 100.000 habitantes, los votantes con trabajo prefirieron el 22-M a los populares: 4,4 puntos de diferencia sobre el PSOE. Los que no trabajan (jubilados incluidos), aún más: 8,8 puntos de ventaja para el PP, siempre según Metroscopia. En los de menos de 100.000 habitantes, los populares recibieron similar apoyo tanto entre los que trabajan como entre los que no (6,6 puntos más que los socialistas).
Todo apunta a que, pese a la crítica global al estilo bronco de la política, se espera un liderazgo alternativo. El 22-M refleja probablemente el deseo de sectores recientemente enriquecidos por recuperar la prosperidad, para lo cual "compran" el discurso de que Zapatero es un incompetente y, por tanto, hay que descalabrar al PSOE. Quizá con la esperanza de volver a los buenos tiempos inmobiliarios. Es difícil que la contratación de otra empresa política baste para enderezar cuanto se ha estropeado. Con el riesgo de que la operación deteriore no solo al PSOE, sino también a IU, ya castigada en las generales por el sistema electoral, que además ha dado una imagen muy confusa tras los resultados del 22-M.
La cuestión central para la estabilidad es la siguiente: si a una estructura esencialmente bipartidista -las dos fuerzas principales rebasan el 90% del actual Congreso- le falla una de las patas, el desequilibrio anuncia un cambio de sistema. Está claro que el proyecto de renovación generacional se ha frustrado en un PSOE que ahora recurre al veterano Alfredo Pérez Rubalcaba para tratar de conjurar el desplome a escala estatal. Y el PP, que en realidad no ha crecido tanto en votos, aprovecha la dispersión de la izquierda para colmar el vacío de poder dejado por esta. Si consigue instalarse en el Gobierno de la nación, ¿el PP mantendrá el discurso francamente extremista de los últimos años, cuando haya de gestionar un pedazo de crisis económica, y sin dinero para Ayuntamientos ni comunidades autónomas? Amén del juego de los nacionalismos vasco y catalán, y de la tentación antisistema que muestra parte del Movimiento 15-M.
Es pronto para adelantar acontecimientos. Pero cabe recordar que Mariano Rajoy era un líder bastante contestado, en su partido y en medios de comunicación derechistas -la radio católica, sin ir más lejos- hace pocos años. Por descontado, el éxito en las recientes elecciones territoriales y la oportunidad de recuperar el poder estatal acalla las críticas. Sin embargo, a pesar de lo mucho que Rajoy ha bregado en recorridos por España, su imagen no es muy buena y despierta poco entusiasmo. No solo falta conocer el programa del PP, sino estar más seguros de la capacidad de su núcleo dirigente para manejarse sin que los extremismos le desborden.