JOHN CARLIN
Foto: HUGH SITTON Un grupo de escolares en clase, en Kenia.
Hace 35 años el presidente de la Organización para la Unidad Africana (OUA) fue Idi Amín. Amín -autoproclamado "Señor de todas las bestias de la Tierra y de los peces del mar, Conquistador del Imperio Británico en África en General y Uganda en particular y Rey de Escocia"- gobernó Uganda entre 1971 y 1979, periodo en el que masacró cientos de miles de personas, desató una guerra contra un país vecino y devastó la economía del país.
No eran buenos tiempos para África. El hecho de que Amín -también conocido como El carnicero de Uganda - encabezara la máxima organización continental y que los objetivos declarados de dicha organización fueran el desarrollo, la solidaridad continental y los derechos humanos, lo decía prácticamente todo. Amín representaba, en grotesca caricatura, los males de un continente asolado por las guerras, el despotismo, la corrupción, la enfermedad endémica y la pobreza.
Había otros Amines -entre ellos Jean-Bédel Bokassa, emperador de la República Centroafricana, y Teodoro Obiang, presidente vitalicio de Guinea Ecuatorial- y guerras civiles atroces en Angola y Mozambique. Zimbabue seguía siendo Rhodesia, una colonia blanca, y Sudáfrica vivía su particular tiranía racial. Nelson Mandela iba por la mitad de lo que acabarían siendo sus 27 años de cárcel, pero sin la más remota posibilidad a la vista, en aquel momento, de que él, o su gente, obtuvieran la liberación.
Lo peor en Sudáfrica, y en África subsahariana en general, todavía estaba por llegar en 1976. Hubiera costado creerlo en su momento, pero Amín no ha representado el punto más sanguinario en la historia africana de las últimas tres décadas y media. El genocidio en Ruanda de 1994 duró 100 días y fue de un sadismo, de una crueldad y de unas dimensiones no vistas desde la época nazi. Las guerras de Liberia y de Sierra Leona también llamaron la atención por su barbarie, y patentaron el siniestro fenómeno de los niños soldado.
¿Qué ha cambiado hoy en África? ¿No siguen las guerras, el despotismo, la corrupción, la enfermedad endémica y la pobreza? Sí, pero no tanto. Y mucho ha mejorado. E incluso existen motivos para sentir un cauteloso optimismo.
Las malas noticias las dan el conflicto en Sudán y la guerra sin fin del Congo, en la que ha habido una media de 1.000 veces más muertes que en la de Israel y Palestina, sin que el resto del mundo se dé cuenta.
Pero las buenas noticias también son impactantes. Sudáfrica, que organizó un Mundial de fútbol impecable hace un año, goza de una democracia estable y multirracial. Angola y Mozambique están en paz. Ruanda, Sierra Leona y Liberia también. Y las economías del continente van -relativamente hablando- como una locomotora. Los puntos de partida fueron muy bajos, pero las estadísticas más recientes del FMI y de la revista The Economist demuestran que, en lo que va de siglo, de las 10 economías que han registrado los índices de crecimiento más altos del mundo seis están no en Asia ni en América Latina, sino en África subsahariana.
En primer lugar, por encima de China, está Angola. Nigeria, la segunda potencia africana después de Sudáfrica, ocupa el cuarto puesto en la lista. Etiopía, Chad, Mozambique y Ruanda son los otros cuatro países en el top ten. Tomando África subsahariana en su totalidad, la media de crecimiento en los últimos 10 años ha sido del 5,7%, más del doble de lo que fue durante las dos décadas anteriores. Y, según el FMI, la tendencia se consolidará durante los siguientes cinco años -por lo menos-.
¿A qué se debe este brote de esperanza en un continente que muchos habían dado por perdido? En primer lugar, al final de las guerras, a la estabilidad, a una creciente tendencia democrática y a una mayor responsabilidad social por parte de los gobernantes. Y, por otro lado, a la enorme demanda de materia prima en Asia, y especialmente en China, que a su vez ha generado importantes inversiones en infraestructura y ha revitalizado los mercados internos.
Angola, cuya riqueza mineral se había echado a perder durante décadas, es el ejemplo de lo que puede hacer un país africano cuando recupera la paz. La República Democrática del Congo contiene la misma lección, pero a la inversa. No hay país en el mundo más rico en recursos naturales, y no hay país cuya gente viva en peores condiciones de pobreza. Pero incluso aquí hay razones para pensar que la situación se puede revertir. Los choques armados siguen siendo feroces, pero la guerra se va apagando, limitándose a áreas cada vez más pequeñas del país. Aumentan las posibilidades de que, de aquí a 35 años, haya en el Congo, como en el resto del continente, más paz, más democracia y más prosperidad que hoy. Y disminuye bastante la probabilidad de que aparezca otro Idi Amín.