Año 35: Construyendo el futuro

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La escuela revienta por las costuras del siglo XIX

Cada vez más especialistas reclaman un giro rápido y radical en una educación que no responde a las demandas actuales

En 2008, por primera vez en la historia más de la mitad de la población española tenía estudios de Bachillerato o FP, es decir, el 51% había completado el escalón siguiente a los estudios obligatorios; 10 años antes, eran el 31%. En las últimas décadas de siglo XX la educación se extendió, los hijos de los obreros, al menos algunos, efectivamente, fueron a la Universidad (el 39% de las personas de 30 a 34 años tiene estudios superiores). Son buenas noticias, pero llegan tarde, pues la sociedad española quiere ya mucho más, quiere más calidad, eso que algunos llaman excelencia en un sistema educativo que deja escapar a casi un tercio de los jóvenes antes de tiempo y que aparece estancado en posiciones mediocres en la comparación internacional.

El gran problema es que las vías de mejora no están nada claras, ni siquiera la idea de qué significa eso de la excelencia. Y es así probablemente porque, no solo en España, sino en la mayoría de los países desarrollados, se está cuestionando el sentido mismo de la educación escolar: ¿para qué sirve la escuela?

El catedrático de Psicología de la Educación César Coll apunta en un reciente artículo los síntomas: los reproches crecientes de quienes piensan que la escuela ya no cumple las expectativas tradicionales (se supone que ya no transmiten tan bien como antes los saberes básicos), sus dificultades para mantener niveles altos de equidad y de excelencia, la falta de interés de los alumnos por unos saberes muy alejados de su realidad o las quejas de los profesores porque les han cambiado el trabajo. Ante esa situación, solo cabe "una revisión en profundidad del conjunto de los sistemas educativos que difícilmente puede limitarse a hacer cambios en algunos de sus ingredientes", asegura Coll.

Los colegios se siguen pareciendo demasiado a los de hace 200 años, cuando se crearon

Porque, ¿y si conseguimos que los jóvenes aprendan más matemáticas, más lengua y más ciencias pero resulta que, tal y como se lo estamos enseñando, ya no sirve? Muchos especialistas sostienen que ese conjunto de saberes que alguna vez fueron básicos ya no lo son en un mundo en vertiginoso cambio, donde las nuevas tecnologías que dan acceso casi inmediato a una cantidad de información jamás imaginada hacen que lo importante sea expurgar la información y relacionarla para convertirla en conocimiento.

La profesora de la Universidad de Barcelona Juana María Sancho Gil dice que la escuela de hoy ya no sirve. Explica que es prácticamente la misma que se creó en los siglos XVIII y XIX para dar unos conocimientos que la familia no podía ofrecer y para articular unos Estados nacionales. Hoy es necesario dar un giro a los contenidos (los científicos de la Confederación de Sociedades Científicas de España se han unido a los profesores para reclamar un reajuste de los contenidos y enseñanzas más prácticas), las propias asignaturas y su organización estanca y separada, los horarios, el trabajo docente... Hay que repensarlo todo, dicen.

Los cambios concretos dependerán, claro, de la respuesta a la pregunta primera: ¿para qué sirve la escuela? Para César Coll es y seguirá siendo "un instrumento esencial para ayudar a las personas a socializarse, para promover el desarrollo social y económico" y para lograr "mayores niveles de igualdad y cohesión social".Pero no todos los especialistas coinciden. Tampoco los políticos ni los padres.

En general, estos últimos creen que el principal cometido de la escuela es "instruir, es decir, proporcionar las metas académicas que se consideran necesarias para asegurar la inserción social y laboral en la vida adulta", dice el reciente estudio Posiciones y expectativas de las familias en relación al sistema educativo, del colectivo de sociólogos IOÉ. A partir de entrevistas a cinco grupos de padres de distintos contextos socioeconómicos y geográficos, les divide en cuatro posiciones básicas que desbordan la división clásica de izquierda y derecha. La patriarcal reclama volver a un modelo tradicional más estricto; creen que el actual no tiene "ningún nivel de exigencia". La clientelar espera además que la escuela transmita a sus hijos los valores y actitudes de buenos ciudadanos y la liberal, más que valores, quiere que les den las destrezas para integrarse con éxito en la sociedad. La instituyente habla de formar a "profesionales felices" en función de sus intereses, aunque no todos sepan "hacer raíces cuadradas o redactar muy bien". Las posiciones clientelar y liberal son las mayoritarias, dice el estudio, y de cómo evolucionen e interactúen con las demás dependerán los posibles escenarios futuros, dicen los sociólogos. Y también de si los especialistas que preconizan un cambio radical son capaces de convencerles (a ellos y a los profesores). "Ya hay muchas propuestas rompedoras, de trabajos por proyectos en lugar de asignaturas, por ejemplo. Pero hay que atreverse, hay que hacer un pacto que nos autorice a transgredir", dice la profesora Sancho.