Año 35: Construyendo el futuro

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La 'nube' de Internet permite trabajar con 'pecés' más tontos

El 'cloud computing' ha de afrontar el riesgo de la seguridad de los datos y de la capacidad y coste de las conexiones

TOMÀS DELCLÓS

Foto: LUIS F. SANZ

Si en el planeta de Internet hay dos palabras que no se empleaban y ahora se frecuentan a diario son las de "ecosistema" y "nube". La primera es un concepto de modelo de negocio. La segunda, la promesa de una tecnología transformadora. Hasta ahora, los ordenadores eran máquinas cada vez más capaces y potentes donde se aglomeraban los encargos y tareas: debían editar textos, albergar programas de gestión corporativa, almacenar música...

La idea de nube computacional (cloud computing) es trasladar muchas de estas tareas a Internet. Los internautas guardan ahí sus vídeos y las empresas tienen en la Red los programas contables y los documentos de la compañía. Ventajas: están accesibles desde cualquier ordenador que tenga acceso a Internet y el software siempre está actualizado. Además, permite tareas colaborativas. El Centre for Economics and Business Research (CEBR) calcula que en 2015, el valor total de la informática en la nube alcanzará los 25.200 millones de euros en España.

Los encantos de esta idea no son nuevos. AOL, en 2003, lanzó unos pecés tontos que no necesitaban mucha inteligencia porque las tareas se hacían en la Red. No prosperó. Ahora, detrás de esta propuesta están los más grandes de la industria, desde Amazon a Apple.

El fallo es no disponer de los contenidos cuando el ordenador está sin conexión a la Red

El sistema operativo de Google, Chrome, se llama como su navegador porque será en la Red donde se trabajará, y se instalará en portátiles modestamente capaces. Sin embargo, los analistas del primer portátil Chromebook, sin disco duro, se han quejado, precisamente, de que sin conexión a Internet su funcionalidad queda muy mermada y de que hay que tener muy presente la factura telefónica. La idea de tenerlo todo en la máquina de tu propiedad, cerca, persiste.

La propia Microsoft, reina del software residente en pecés, ofrece sus recursos ofimáticos en la Red. El negocio, si las cuentas no fallan, estará tanto en el alquiler de programas como en el cobro por el almacenamiento virtual. En el terreno del entretenimiento también se propone consumo patrocinado por publicidad y alquiler o suscripción a contenidos remotos. Este horizonte ya ha provocado las primeras disputas. Una empresa ha demandado a Apple por el uso de la marca iCloud.

Hay que aprender nuevas pesas y medidas: estamos entrando en la era del zettabyte

Pero no todo es tan fácil. Hay dos factores que pueden ser retardatarios. La seguridad de la Red y la disponibilidad de conexiones eficientes. Tanto los hackers éticos como los piratas ladrones están demostrando a diario que Internet es vulnerable y que los cortafuegos digitales están agujereados. Las intromisiones que dejan a la intemperie, o en el mercado negro, millones de datos sensibles son habituales. Y ello perjudica la confianza de las empresas a la hora de depositar sus secretos en esta nube. Unas empresas que, al mismo tiempo, tienen una informática doméstica tanto o más frágil y penetrable.

Aunque la notoriedad mediática la obtienen los asaltos a webs por motivos ideológicos en los que la publicidad de la intrusión está en el propósito de sus autores, la inseguridad informática que cuesta más dinero es silente. Estos ciberdelincuentes no buscan salir en los diarios, buscan hacer dinero. Según Panda, su laboratorio detecta 63.000 nuevas amenazas diariamente y ha aumentado el polimorfismo de los patógenos digitales (el programa malicioso genera mutaciones para evitar su detección). El precio de contraseñas robadas para acceder a cuentas bancarias va en función del saldo que albergan las mismas, un ejemplo de la sofisticación de este comercio delictivo.

El segundo problema se proyecta en otros ámbitos. El tráfico de Internet y, muy en particular, desde aparatos móviles se multiplica sin cesar. Las operadoras han de dar respuesta a ello con más infraestructura, más cables, más fibra óptica, más mástiles de telefonía. Y ello cuesta dinero.

De ahí que estén reclamando, cada vez en voz más alta, que los grandes proveedores de estos servicios ayuden a pagar la factura. Lo ha teorizado, entre otros, el presidente de Telefónica, César Alierta: "Los buscadores de Internet utilizan nuestra red sin pagar nada, lo cual es una suerte para ellos y una desgracia para nosotros. Pero también es evidente que esto no puede seguir. Las redes las ponemos nosotros; los sistemas los hacemos nosotros... lo hacemos todo. Esto va a cambiar". En paralelo a esta reclamación se discute el llamado principio de neutralidad en la Red. ¿Puede una operadora discriminar su tráfico, favoreciendo a unos y perjudicando a otros? La Unión Europea lo estudia.

Y es que el tráfico de datos de Internet se cuadruplicará para el año 2015, según Cisco. Para comprender la magnitud de este crecimiento hay que ampliar el catálogo de pesas y medidas. El tráfico global llegará a los 966 exabytes anuales. Estamos entrando en la era del zettabyte (10 elevado a 21 bytes). Para 2015, habrá casi 15.000 millones de dispositivos conectados a la Red, desde teléfonos inteligentes a tabletas, portátiles y aparatos domésticos. El reto es enorme. Para entonces, es de esperar que la migración hacia el nuevo protocolo de Internet, el iPv6, se haya extendido y dispongamos de 340 sextillones de direcciones. Las necesitaremos.