El fascismo y el comunismo eran muy débiles en España antes del golpe de 1936. Alcanzaron verdadera influencia solo gracias a la rebelión militar y la lucha posterior. La sublevación de julio fue la única que causó una contienda fraticida en la convulsa Europa de los años veinte y treinta

Solo en España hubo guerra civil

Por JuliÁn Casanova

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Hombres y mujeres de una de las milicias organizadas en la zona republicana, tras la sublevación militar de julio de 1936. Foto: Keystone | Getty Images

En los primeros meses de 1936, la sociedad española estaba muy fragmentada, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Reino Unido, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Nada de eso conducía necesariamente a una guerra civil. Esta empezó porque una sublevación militar contra la República quebró la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. Era julio de 1936 y así comenzó la Guerra Civil española.

La Guerra Civil española no fue la crónica anunciada de una frustración secular que, necesariamente, tenía que acabar en una explosión de violencia colectiva. La historia de España no discurrió en esos años al margen de la europea, no fue ajena a las transformaciones sociales, económicas, políticas y culturales vividas en el resto del continente. Casi ningún país europeo resolvió entonces sus conflictos por la vía pacífica.

Entre 1910 y 1931 surgieron en Europa varias repúblicas, regímenes democráticos, o con aspiraciones democráticas, que sustituyeron a monarquías hereditarias establecidas en esos países secularmente. La mayoría de ellas, y algunas muy significativas como la alemana, la austriaca y la checa, se habían instaurado como consecuencia de la derrota en la I Guerra Mundial. La serie había comenzado en Portugal, con el derrocamiento de la monarquía en 1910, y la española fue la última en proclamarse. La única que subsistió como democracia en esos años hasta el estallido de la II Guerra Mundial, fue la de Irlanda, creada en 1922. Todas las demás fueron derribadas por sublevaciones militares contrarrevolucionarias, movimientos autoritarios o fascistas. Pero el golpe militar de julio de 1936 fue el único que causó una guerra civil. Y esa es la diferencia que conviene explicar: por qué hubo una guerra civil en España.

La sociedad española de 1936 no era la misma que aceptó pasivamente la dictadura de Primo de Rivera en 1923

Habrá que comenzar por una afirmación obvia. Sin la sublevación militar de julio de 1936, no habría habido una guerra civil. Vista la historia de Europa de esos años, y la de las otras Repúblicas que no pudieron mantenerse como regímenes democráticos, lo normal es que la República española tampoco hubiera podido sobrevivir. Pero eso no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo.

La Guerra Civil se produjo porque el golpe de Estado militar no consiguió de entrada su objetivo fundamental, apoderarse del poder y derribar al régimen republicano, y porque, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del periodo, hubo una resistencia importante y amplia, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario. Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se habría producido una guerra civil.

La Guerra Civil fue, por consiguiente, producto de una sublevación militar que puede explicarse por la tradición intervencionista del Ejército en la política y por el lugar privilegiado que ocupaba dentro del Estado, cuestionado por la legislación republicana, frente a la cual reaccionó. Ese golpe militar encontró resistencia porque la sociedad española de 1936 no era la de 1923, cuando la sublevación de septiembre de ese año del general Miguel Primo de Rivera se había visto favorecida por la abstención general del ejército, la debilidad del Gobierno, la pasividad de la opinión pública, que no resistió, y, sobre todo, por el consentimiento del rey Alfonso XIII.

En 1936 había en España una república, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos. Frente a un nivel de movilización política y social tan amplio como el inaugurado y creado por el régimen republicano, el golpe de Estado no podía acabar, como tantas veces en la historia de España, en una mera vuelta al orden perdido, apoyado en los valores tradicionales. Si se quería echar la República abajo, se necesitaba una nueva versión, violenta, antidemocrática y antisocialista, creada ya por el fascismo en otros lugares de Europa, que cerrara la crisis y tapara de verdad todas las fracturas abiertas, o agrandadas, por la experiencia republicana

Hasta que llegó la Segunda República en abril de 1931, la sociedad española se mantuvo bastante al margen de las dificultades y trastornos que sacudían a la mayoría de los países europeos desde 1914. España no había participado en la I Guerra Mundial y no sufrió, por tanto, la fuerte conmoción que esa guerra provocó con la caída de los imperios y de sus servidores, la desmovilización de millones de excombatientes y el endeudamiento para pagar las enormes sumas de dinero dedicadas al esfuerzo bélico.

Ni fascistas
ni comunistas tenían fuerza para desestabilizar
el poder republicano por sí mismos

En el continente europeo, tras la I Guerra Mundial, la caída de las monarquías, la crisis económica, el espectro de la revolución y la extensión de los derechos políticos a las masas hicieron que un sector importante de las clases propietarias percibiera la democracia como la puerta de entrada al gobierno del proletariado y de las clases pobres. Temerosos del comunismo, se inclinaron hacia soluciones autoritarias.

Ocurrió además que esos nuevos regímenes parlamentarios y constitucionales se enfrentaron desde el principio a una fragmentación de las lealtades políticas, de tipo nacional, lingüístico, religioso, étnico o de clase, que derivó en un sistema político con muchos partidos y muy débiles. La formación de gobiernos se hizo cada vez más difícil, con coaliciones cambiantes y poco estables. En Alemania ningún partido consiguió una mayoría sólida bajo el sistema de representación proporcional aprobado en la Constitución de Weimar, pero lo mismo puede decirse de Bulgaria, Austria, Checoslovaquia, Polonia o España durante los dos últimos años de la República. La oposición rara vez aceptaba los resultados electorales y la fe en la política parlamentaria, a prueba en esos años de inestabilidad y conflicto, se resquebrajó y llevó a amplios sectores de esas sociedades a buscar alternativas políticas a la democracia.

El fascismo y el comunismo, los dos grandes movimientos surgidos de la Primera Guerra Mundial y que iban a protagonizar dos décadas después la Segunda, apenas tenían arraigo en la sociedad española durante los años de la República y no alcanzaron un protagonismo real y relevante hasta después de iniciada la Guerra Civil.

El fascismo apareció en España más tarde que en otros países, sobre todo si la referencia son Italia y Alemania, y se mantuvo muy débil como movimiento político hasta la primavera de 1936. Durante los primeros años de la República, apenas pudo abrirse camino en un escenario ocupado por la extrema derecha monárquica y por la derechización del catolicismo político. El triunfo de Hitler en Alemania, sin embargo, atrajo el interés de muchos ultraderechistas que, sin saber todavía mucho del fascismo, vieron en el ejemplo de los nazis un buen modelo para acabar con la República. El que iba a ser el principal partido fascista de España, Falange Española, fue fundado por José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador, el 29 de octubre de 1933.

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Voluntarios nacionalistas entran en Zamora brazo en alto, siendo correspondidos del mismo modo por los que les recibían en la calle, en fecha no determinada del verano de 1936. Foto: Efe

También estaba ausente de la sociedad española por esos años el comunismo, la otra gran ideología y movimiento político que salió de la I Guerra Mundial. El Partido Comunista de España (PCE), fundado a comienzos de los años veinte siguiendo los principios esenciales de la Internacional Comunista, llegó a la República con un recorrido corto, comparado con el socialismo y el anarquismo, y con una organización que aglutinaba a unos cuantos centenares de militantes. En las dos primeras elecciones, en junio de 1931 y noviembre de 1933, no consiguió ningún diputado y comenzó a adquirir presencia en la sociedad española por primera vez en 1934 cuando la Komintern cambió su política de “clase contra clase”, de crítica a la democracia burguesa, por la formación de frentes antifascistas. En las elecciones de febrero de 1936, integrado en la coalición del Frente Popular, el PCE obtuvo 17 diputados (de 470 que tenía el parlamento español). No era todavía un partido de masas, pero había roto el aislamiento.

En definitiva, solo gracias a una guerra civil, el comunismo y el fascismo acabaron teniendo una notable influencia en la política y en la sociedad española de los años treinta. Antes de la sublevación militar de julio de 1936, ni fascistas ni comunistas tuvieron fuerza para desestabilizar a la República. En la primavera de ese año, tras las elecciones ganadas por el Frente Popular, la violencia hizo acto de presencia con algunos atentados contra personajes conocidos y los choques directos armados entre grupos políticos de la izquierda y de la derecha plasmaban en la práctica, con resultados sangrientos en ocasiones, los excesos retóricos y la agresividad verbal de algunos dirigentes. Los dos partidos con más presencia en el parlamento, el socialista y la CEDA, tampoco contribuyeron durante esos primeros meses de 1936 a la estabilidad política de la democracia y de la República. La política y la sociedad españolas mostraban signos inequívocos de crisis, lo cual no significaba necesariamente que la única salida fuera una guerra civil.

La atormentada vida de la República fue sustituida por
una historia
de degradación y asesinato en masa

No hay, en suma, una respuesta simple a la pregunta de por qué del clima de euforia y de esperanza de 1931 se pasó a la guerra cruel y de exterminio de 1936-1939. La amenaza al orden social y la subversión de las relaciones de clase se percibían con mayor intensidad en 1936 que en los primeros años de la República. La estabilidad política del régimen también corría mayor peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos.

Ningún conflicto, protesta social o disturbio ocurrido durante la Segunda República, antes de la sublevación militar de julio de 1936, disponía de la capacidad organizativa y armada para emprender una acción sostenida contra el poder establecido. Las guerras civiles, en la historia, no surgen necesariamente como resultado de situaciones caóticas, que es lo que los sublevados de julio de 1936 y las visiones neofranquistas en la actualidad pretenden demostrar que había en España en la primavera de aquel año.

Mientras las fuerzas armadas defendieron a la República y obedecieron a sus gobiernos, pudo mantenerse el orden y los intentos militares/derechistas o revolucionarios de subvertirlo fracasaron, aunque fuera, como en la revolución de Asturias de octubre de 1934, con un coste alto de sangre. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el seno de sus mecanismos de defensa, los propios militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936.

A partir de ese momento, comenzaron una lucha violenta para conquistar el poder. El destino de España se decidió por las armas. Y el resultado ya lo sabemos. La atormentada vida política y social de la República fue sustituida por una historia de degradación y asesinato en masa. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia de España del siglo XX hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Bastaron tres años para que la sociedad padeciera una oleada de violencia y desprecio por la vida sin precedentes. Y de allí surgió la paz de Franco, el Estado de terror, la continuación del Estado de guerra, un régimen de crimen e intimidación.

Julián Casanova es autor de Europa contra Europa, 1914-1945 (editorial Crítica).

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