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Discurso del Estado de la Unión

Washington 25/01/2011

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BUSCADOR Sueño, impuestos... ¿De qué quieres oír hablar a Obama?

Señor presidente de la Cámara, señor vicepresidente, miembros del Congreso, distinguidos invitados y conciudadanos:

Esta noche quiero empezar felicitando a los hombres y mujeres del 112º Congreso y al nuevo presidente de la Cámara, John Boehner. Y quiero aprovechar asimismo la ocasión para recordar que tenemos un escaño vacío, y para rezar por la salud de nuestra colega y amiga Gabby Giffords.

No es ningún secreto que quienes estamos aquí esta noche hemos tenido nuestras diferencias durante los dos últimos años. Los debates han sido intensos: hemos defendido ferozmente nuestras convicciones. Y eso es positivo. Eso es lo que exige una democracia sólida. Eso es lo que nos distingue como nación.

Pero existe un motivo para que la tragedia de Tucson nos hiciera reflexionar. En medio del ruido, las pasiones y el rencor de nuestro debate público, Tucson nos recordó que, independientemente de quiénes seamos o de dónde vengamos, cada uno de nosotros forma parte de algo mucho más amplio, algo más importante que los partidos y las preferencias políticas.

Formamos parte de la familia estadounidense. Creemos que, en un país en el que pueden encontrarse todas las razas, todas las religiones, todos los puntos de vista, sin embargo somos un solo pueblo unido; que compartimos unas mismas esperanzas y un credo común; que los sueños de una niña en Tucson no son muy distintos de los de nuestros propios hijos, y que todos ellos merecen la oportunidad de hacerse realidad.

Eso también es lo que nos distingue como nación.

Esta reflexión, por sí sola, no basta para iniciar una nueva era de cooperación. Lo que surja de este momento dependerá de nosotros. Lo que surja de este momento dependerá, no de si somos capaces de sentarnos juntos esta noche, sino de su podemos trabajar juntos mañana.

Creo que podemos. Creo que debemos. Eso es lo que los ciudadanos que nos colocaron aquí esperan de nosotros. Con sus votos, han decidido que la tarea de gobernar sea, a partir de ahora, una responsabilidad común de los dos partidos. Las nuevas leyes sólo podrán aprobarse con el apoyo de demócratas y republicanos. Tenemos que avanzar juntos, o no avanzaremos; porque los retos que nos aguardan están por encima de los partidos y por encima de la política.

Lo que está en juego en estos momentos no es quién ganará las próximas elecciones; al fin y al cabo, hace muy poco que tuvimos unas. Lo que está en juego es si va a haber nuevos puestos de trabajo y nuevas empresas en este país, o si van a irse fuera. Es si el esfuerzo y la laboriosidad de nuestro pueblo van a tener recompensa. Es si somos capaces de mantener el liderazgo que ha hecho que Estados Unidos no sea sólo un lugar en el mapa, sino un faro para el mundo.

Estamos listos para iniciar el progreso. Dos años después de la peor recesión que la mayoría de nosotros ha conocido, la bolsa se ha recuperado con fuerza. Los beneficios empresariales están aumentando. La economía está volviendo a crecer.

Pero nunca hemos medido el progreso sólo en función de estos criterios. Medimos el progreso en función del éxito de nuestros ciudadanos. En función del trabajo que pueden encontrar y la calidad de vida que ofrece ese trabajo. En función de las perspectivas de un pequeño empresario que sueña con convertir una buena idea en un próspero negocio. En función de las oportunidades de tener una vida mejor que transmitamos a nuestros hijos.

Ése es el proyecto en el que el pueblo estadounidense quiere que trabajemos. Juntos.

Lo hicimos en diciembre. Gracias a los recortes fiscales que aprobamos, los salarios son hoy un poco mayores. Cada empresa puede desgravarse el coste completo de las inversiones nuevas que haga este año. Estas medidas, aprobadas por demócratas y republicanos, harán crecer la economía y se añadirán a los más de un millón de puestos de trabajo en el sector privado creados el año pasado.

Sin embargo, queda mucho por hacer. Las medidas que hemos tomado en los dos últimos años han acabado con la parte peor de la recesión, pero, para ganar el futuro, necesitamos afrontar unos retos que llevan fraguándose decenios.

Muchos de quienes nos ven esta noche pueden recordar seguramente una época en la para que encontrar un buen trabajo no había más que ir a una fábrica cercana o a unas oficinas en el centro. No siempre hacía falta un título, y la competencia solía limitarse a los vecinos. Si uno se esforzaba, lo más probable era que tuviera trabajo para siempre, con un sueldo decente, buenas prestaciones y, de vez en cuando, un ascenso. Quizá incluso podía tener el orgullo de que sus hijos trabajasen en la misma empresa.

Ese mundo ha cambiado. Y, para muchos, el cambio ha sido doloroso. Lo he visto en las ventanas cerradas de fábricas en otro tiempo pujantes, en las tiendas vacías de calles que solían ser bulliciosas. Lo he oído en la frustración de los ciudadanos que han visto cómo disminuían sus sueldos o desaparecían sus puestos de trabajo, hombres y mujeres llenos de amor propio, que sienten que las reglas han cambiado a mitad de partido.

Tienen razón. Las reglas han cambiado. En una sola generación, las revoluciones tecnológicas han transformado nuestra forma de vivir, trabajar y hacer negocios. Las plantas siderúrgicas que antes necesitaban 1.000 trabajadores ahora pueden hacer el mismo trabajo con 100. Hoy, prácticamente cualquier empresa puede establecerse, contratar trabajadores y vender sus productos en cualquier sitio que tenga conexión a internet.

Mientras tanto, países como China e India se dieron cuenta de que, con algunos cambios por su parte, podían competir en este nuevo mundo. De modo que empezaron a dar educación a sus niños desde más pronto y durante más tiempo y a hacer más hincapié en las matemáticas y las ciencias. Hoy invierten en investigación y nuevas tecnologías. Desde hace poco, China alberga la mayor instalación privada de investigación solar y el ordenador más rápido del mundo.

Es decir, sí, el mundo ha cambiado. La competencia para ocupar los puestos de trabajo es auténtica. Pero eso no debe desanimarnos. Debe desafiarnos. Recordemos que, a pesar de los golpes que hemos recibido en los últimos años, a pesar de los agoreros que predicen nuestro declive, Estados Unidos sigue siendo la mayor economía, la más próspera, del mundo. No hay trabajadores tan productivos como los nuestros. No hay ningún país con tantas empresas de éxito, ni que conceda más patentes a inventores y empresarios. Contamos con las mejores universidades del mundo, a las que vienen a formarse más estudiantes que a ningún otro lugar del mundo.

Más aún, somos la primera nación fundada en nombre de una idea: la idea de que todos merecemos la oportunidad de labrar nuestro propio destino. Por eso es por lo que pioneros e inmigrantes, desde hace siglos, arriesgan todo para venir aquí. Por eso es por lo que nuestros estudiantes no se limitan a memorizar ecuaciones, sino que responden a preguntas como "¿Qué te parece esa idea? ¿Qué te gustaría cambiar del mundo? ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?"

El futuro está a nuestro alcance. Ahora bien, para llegar a él, no podemos permanecer quietos. Como dijo Robert Kennedy: "El futuro no es un regalo. Es una conquista". Sostener el Sueño Americano no ha consistido nunca en quedarnos parados. Ha obligado a cada generación a sacrificarse, luchar, y hacer frente a las exigencias de una nueva era.

Ahora nos toca a nosotros. Sabemos lo que hace falta para competir por los puestos de trabajo y las industrias de hoy. Necesitamos innovar, educar y construir más que el resto del mundo. Debemos hacer que Estados Unidos sea el mejor lugar del mundo para hacer negocios. Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestro déficit y reformar nuestro Gobierno. Así es como nuestros ciudadanos prosperarán. Así es como ganaremos el futuro. Y esta noche, quiero hablar de cómo vamos a conseguirlo.

El primer paso para conquistar el futuro es estimular la innovación en Estados Unidos.

Nadie puede predecir con certeza cuál va a ser el próximo gran sector industrial ni dónde van a estar los puestos de trabajo. Hace 30 años, no podíamos saber que una cosa llamada Internet iba a desembocar en una revolución económica. Lo que sí podemos hacer —lo que Estados Unidos hace mejor que nadie— es despertar la creatividad y la imaginación de nuestro pueblo. Somos el país que llenó las calles de coches y las oficinas de ordenadores; el país de Edison y los hermanos Wright; de Google y Facebook. En Estados Unidos, la innovación no sólo cambia nuestras vidas. Es nuestra forma de ganarnos la vida.

Nuestro sistema de libre empresa es el motor de la innovación. Pero, como a las empresas no siempre les es rentable invertir en investigación básica, nuestro Gobierno ha dado siempre a los científicos de vanguardia y los inventores el apoyo que necesitaban. Eso fue lo que plantó las semillas de Internet. Eso fue lo que contribuyó a hacer posibles cosas como los chips y los GPS.

Pensemos en todos los puestos de trabajo "desde la fabricación hasta el comercio" que han surgido de esos avances.

Hace medio siglo, cuando los soviéticos se nos adelantaron en el espacio con el lanzamiento de un satélite llamado Sputnik¸ no teníamos ni idea de cómo íbamos a llegar antes que ellos a la Luna. Todavía no existían las bases científicas. Ni siquiera existía la NASA. Pero después de invertir para tener mejor investigación y mejor educación, no sólo sobrepasamos a los soviéticos, sino que desencadenamos una marea de innovación que creó nuevas industrias y millones de nuevos puestos de trabajo.

Este es el momento Sputnik de nuestra generación. Hace dos años, dije que debíamos alcanzar un nivel de investigación y desarrollo como no se había visto desde el apogeo de la carrera espacial. Dentro de unas semanas, enviaré al Congreso un presupuesto que nos ayude a cumplir ese objetivo. Vamos a invertir en investigación biomédica, tecnología de la información y, sobre todo, tecnología de energías limpias; una inversión que reforzará nuestra seguridad, protegerá nuestro planeta y creará incontables puestos de trabajo para nuestra gente.

Ya estamos viendo las posibilidades de las energías renovables. Robert y Gary Allen son unos hermanos que poseen una pequeña empresa de techos en Michigan. Después del 11-S, enviaron a sus mejores operarios para ayudar a reparar el techo del Pentágono. Pero la mitad de su fábrica se quedó sin uso, y la recesión les hizo mucho daño.

Hoy, con ayuda de un préstamo oficial, están usando ese espacio vacío para fabricar paneles solares que se venden en todo el país. Como dice Robert: "Nos reinventamos".

Eso es lo que hacen los estadounidenses desde hace más de 200 años: reinventarse. Y, para provocar más casos como el de los hermanos Allen, hemos empezado a reinventar nuestra política energética. No nos limitamos a dar dinero. Planteamos un reto. Estamos diciendo a los científicos e ingenieros estadounidenses que, si reúnen unos equipos formados por los mejores de sus respectivos campos, y dedican su atención a los problemas más difíciles de la energía limpia, estamos dispuestos a financiar los proyectos Apolo de nuestros días.

En el Instituto de Tecnología de California, están desarrollando una forma de convertir la luz solar y el agua en combustible para nuestros coches. En el Laboratorio Nacional de Oak Ridge, utilizan superordenadores para obtener mucha más energía de nuestras centrales nucleares. Con más investigación y más incentivos, podremos conseguir unos biocombustibles que acaben con nuestra dependencia del petróleo y ser el primer país que disponga de un millón de vehículos eléctricos en circulación de aquí a 2015.

Debemos apoyar esta innovación. Y, para ayudar a pagarla, pido al Congreso que elimine los miles de millones de dólares procedentes de los contribuyentes que entregamos en la actualidad a las compañías petroleras. No sé si se habrán dado cuenta, pero no parece que les vaya muy mal. De modo que, en vez de subvencionar la energía de ayer, invirtamos en la de mañana.

Ahora bien, los avances energéticos sólo se traducirán en puestos de trabajo si las empresas saben que existe un mercado para su producto. Por eso, esta noche, les pido que me acompañen para establecer un nuevo objetivo: que, de aquí a 2035, el 80% de la electricidad de Estados Unidos proceda de fuentes limpias de energía. Algunos quieren que sean el viento y el sol. Otros prefieren la energía nuclear, el carbón limpio, el gas natural. Para cumplir nuestra meta, vamos a necesitar todas, y animo a demócratas y republicanos a que trabajen juntos para que así sea.

Mantener nuestro liderazgo en investigación y tecnología es crucial para la prosperidad de Estados Unidos. Pero, si queremos conquistar el futuro —si queremos que la innovación cree puestos de trabajo en Estados Unidos y no en el extranjero—, también tenemos que ganar la carrera de la educación.

Pensemos un momento. Durante los próximos 10 años, casi la mitad de todos los puestos de trabajo nuevos exigirán una educación que vaya más allá del bachillerato. Y, sin embargo, nada menos que la cuarta parte de nuestros estudiantes ni siquiera termina el bachillerato. La calidad de nuestra formación en matemáticas y ciencias está por debajo de la de muchos otros países. Estados Unidos ha caído al 9º puesto de acuerdo con la proporción de jóvenes que poseen un título universitario. Por consiguiente, la pregunta es si estamos todos dispuestos —como ciudadanos, como padres— a hacer lo necesario para dar a cada niño la oportunidad de triunfar.

Esa responsabilidad no comienza en nuestras aulas, sino en nuestros hogares y nuestras comunidades. La familia es la primera que inspira en un niño el amor al saber. Sólo los padres pueden asegurarse de que se apaga la televisión y se hacen los deberes. Debemos enseñar a nuestros niños que el vencedor de la Super Bowl no es el único digno de elogio, también lo es el ganador del concurso de ciencias; que el éxito no es cuestión de fama o relaciones públicas, sino de esfuerzo y disciplina.

Nuestras escuelas también comparten esta responsabilidad. Cuando un niño entra en el aula, debería encontrarse con un lugar de grandes expectativas y grandes resultados. Pero son demasiados los centros que no dan la talla. Por eso, en vez de limitarnos a invertir dinero en un sistema que no funciona, hemos puesto en marcha una competición llamada La carrera hasta la cima. Hemos dicho a los 50 estados: "Si nos mostráis los planes más innovadores para mejorar la calidad de los enseñantes y los resultados de los alumnos, pondremos a vuestra disposición el dinero".

"La carrera hasta la cima" es la reforma más importante de nuestras escuelas públicas desde hace una generación. Por menos del 1% de lo que gastamos en educación cada año, ha conseguido que más de 40 estados hayan mejorado su nivel en función de unos criterios de enseñanza y aprendizaje elaborados, no por Washington, sino por gobernadores republicanos y demócratas de todo el país. La carrera hasta la cima debe ser nuestra estrategia cuando, este año, sustituyamos el programa Ningún niño rezagado por una ley más flexible y centrada en lo que más conviene a nuestros hijos.

Sabemos lo que es posible ofrecer a nuestros hijos cuando la reforma no se limita a ser un mandato desde arriba sino que es la labor de profesores y directores de centros, consejos escolares y comunidades.

Por ejemplo, veamos el colegio Bruce Randolph de Denver. Hace tres años, era una de las peores escuelas de Colorado; situada en el terreno disputado por dos bandas rivales. Sin embargo, el mes de mayo pasado, el 97% de los alumnos de último curso obtuvo su diploma. Casi todos van a ser los primeros de sus familias que van a la universidad. Y, después del primer año de transformación del centro, la directora que lo había hecho posible tuvo que enjugarse las lágrimas cuando un alumno le dijo: "Gracias, señora Waters, por demostrarnos... que somos listos y que podemos conseguirlo".

Recordemos también que, después de los padres, la mayor influencia en el éxito de un niño es la del hombre o la mujer que dirige la clase. En Corea del Sur, a los profesores los llaman "constructores de la nación". Ya es hora de que aquí, en Estados Unidos, tratemos a las personas que educan a nuestros hijos con ese mismo respeto. Queremos recompensar a los buenos profesores y dejar de disculpar a los malos. Y durante los próximos 10 años, en los que tantos miembros de la generación del baby boom van a jubilarse, queremos preparar a 100.000 nuevos profesores en los campos de las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

Por eso, a todos los jóvenes que me escuchan esta noche y que están pensando en qué carrera elegir, les digo: Si queréis influir en la vida de nuestra nación; si queréis influir en la vida de un niño, haceos profesores. Vuestro país os necesita.

Por supuesto, la carrera de la educación no termina con el título de bachillerato. Para competir, todos los estadounidenses deben tener a su alcance la posibilidad de hacer estudios superiores. Por eso hemos acabado con los injustificados subsidios a los bancos y con ese dinero hemos intentado que la universidad sea asequible para millones de estudiantes. Y este año, voy a pedir al Congreso que dé un paso más y de carácter permanente a nuestra desgravación fiscal por matrícula universitaria: 10.000 dólares por cuatro años de universidad.

Como la gente necesita formarse para los nuevos trabajos en la cambiante economía actual, también estamos revitalizando los colegios universitarios públicos. El mes pasado pude ver las posibilidades que ofrecen estos centros en Forsyth Tech, en Carolina del Norte.

Muchos estudiantes de los que allí estaban trabajaban antes en las fábricas de la zona, que han ido cerrando poco a poco. Una mujer llamada Kathy Proctor, madre de dos hijos, había trabajado en la industria del mueble desde los 18 años. Y me dijo que ahora, a los 55, está estudiando biotecnología, no sólo porque ya no hay trabajo en el sector del mueble, sino porque quiere enseñar a sus hijos que deben perseguir sus sueños. Como dijo Kathy: “Espero que les enseñe a no darse nunca por vencidos”.

Si damos estos pasos, si elevamos las espectativas de cada niño y les damos la mejor oportunidad posible de obtener una educación, desde que nacen hasta el día en el que aceptan su último trabajo, cumpliremos el objetivo que me propuse hace dos años: que, para el final de esta década, Estados Unidos vuelva a tener la mayor proporción de titulados universitarios del mundo.

Una última cosa sobre educación. Hoy hay cientos de miles de estudiantes que obtienen resultados excelentes en nuestras escuelas y que no son ciudadanos estadounidenses. Algunos son hijos de trabajadores sin papeles, pero no tienen nada que ver con las acciones de sus padres. Han crecido sintiéndose estadounidenses y juran lealtad a nuestra bandera; sin embargo, viven cada día con el miedo a ser deportados. Otros vienen del extranjero para estudiar en nuestras universidades. Sin embargo, en cuanto obtienen sus títulos superiores, los enviamos de vuelta a sus países, a competir con nosotros. Es absurdo.

Creo firmemente que debemos abordar, de una vez por todas, la cuestión de la inmigración ilegal. Estoy dispuesto a trabajar con los republicanos y los demócratas para proteger nuestras fronteras, hacer respetar nuestras leyes y ocuparnos de los millones de trabajadores indocumentados que viven en la sombra.

Sé que se debate será difícil y habrá que dedicarle mucho tiempo. Pero pongámonos de acuerdo, esta noche, en que hay que hacer ese esfuerzo. Y en que debemos dejar de expulsar a jóvenes de talento y responsables que pueden trabajar en nuestros laboratorios, poner en marcha nuevas empresas y enriquecer aún más a este país.

El tercer paso para conquistar el futuro es reconstruir Estados Unidos. Para atraer nuevas empresas a nuestro territorio, necesitamos tener los medios más rápidos y seguros de transportar bienes, personas e información, ya sea el tren de alta velocidad o internet de alta velocidad.

En otro tiempo, nuestras infraestructuras eran las mejores, pero ya no es así. Los hogares surcoreanos tienen mejor acceso a internet que los nuestros. Los países europeos y Rusia invierten más en carreteras y ferrocarriles que nosotros. China está construyendo trenes más rápidos y aeropuertos más modernos. Mientras que nuestros propios ingenieros, a la hora de evaluar las infraestructuras de nuestro país, les dan un suspenso.

Debemos mejorar. Estados Unidos es el país que construyó el ferrocarril transcontinental, llevó la electricidad a las comunidades rurales y construyó el sistema de autopistas interestatales. Los puestos de trabajo creados por esos proyectos no fueron solo los de quienes tendían las vías o ponían el asfalto. Fueron los de las empresas que se establecían junto a las nuevas estaciones de tren o las salidas de las autopistas.

Durante los dos últimos años hemos empezado a reconstruir para el siglo XXI, un proyecto que ha generado miles de puestos de trabajo seguros para el maltrecho sector de la construcción. Esta noche, propongo que redoblemos esos esfuerzos.

Vamos a poner a más personas a reparar carreteras y puentes. Garantizaremos que haya dinero para sufragar este programa, atraeremos las inversiones privadas y escogeremos los proyectos en función de lo que más convenga a la economía, no a los políticos.

Nuestro objetivo es que, en un plazo de 25 años, el 80% de los estadounidenses tenga acceso al tren de alta velocidad, que permitirá llegar a los sitios en la mitad de tiempo que en coche. Para algunos viajes, será incluso más rápido que volar, y sin los registros corporales. En estos momentos, ya están en marcha nuevas rutas en California y el Medio Oeste.

Durante los próximos cinco años haremos posible que las empresas desplieguen la siguiente generación de cobertura wifi de alta velocidad al 98% de los estadounidenses. No se trata solo de tener internet más rápido y menos llamadas que se cortan. Se trata de conectar todos los rincones de Estados Unidos a la era digital. Se trata de que en una comunidad rural de Iowa o Alabama, los agricultores y los dueños de pequeños negocios puedan vender sus productos en todo el mundo. Se trata de que un bombero pueda descargarse los planos de un edificio en llamas a su dispositivo personal; de que un estudiante pueda asistir a clase con un libro de texto digital; o de que un paciente pueda hablar por vídeo con su médico.

Todas estas inversiones en innovación, educación e infraestructuras» harán que Estados Unidos sea un lugar mejor para hacer negocios y crear empleo. Ahora bien, para ayudar a que nuestras empresas sean competitivas, debemos acabar también con los obstáculos que entorpecen su camino hacia el éxito.

A lo largo de los años, los lobbys han conseguido manipular las leyes fiscales para que salieran beneficiadas empresas e industrias concretas. Quienes disponen de contables o abogados capaces de sortear el sistema pueden acabar no pagando ningún impuesto. Los demás, por el contrario, sufren unos tipos de impuestos de sociedades que están entre los más elevados del mundo. No tiene sentido, y es preciso que cambie.

Por eso, esta noche, pido a demócratas y republicanos que simplifiquen el sistema. Hay que deshacerse de las trampas. Dar auténtica igualdad de oportunidades a todos. Y utilizar el dinero ahorrado para rebajar el impuesto de sociedades por primera vez en 25 años, sin que eso aumente nuestro déficit.

Para ayudar a las empresas a vender más en el extranjero, nos hemos propuesto duplicar nuestras exportaciones de aquí a 2014, porque, cuanto más exportemos, más empleo crearemos. Nuestras exportaciones ya han aumentado. Hace poco firmamos unos acuerdos con India y China que van a sostener más de 250.000 puestos de trabajo en Estados Unidos. Y el mes pasado, concluimos un acuerdo comercial con Corea del Sur que sostendrá, al menos, 70.000 puestos. Se trata de un acuerdo que ha contado con un apoyo sin precedentes tanto de los empresarios como de los trabajadores, los demócratas y los republicanos, y pido al Congreso que lo apruebe lo antes posible.

Antes de tomar posesión, dejé claro que iba a hacer respetar nuestros acuerdos comerciales y que solo firmaría tratados que contaran con el apoyo de nuestros trabajadores y promovieran el empleo en nuestro país. Es lo que hicimos con Corea y es lo que tenemos intención de hacer en los acuerdos que estamos negociando con Panamá y Colombia y en nuestras negociaciones comerciales con Asia Pacífico y el resto del mundo.

Con el fin de eliminar obstáculos al crecimiento y la inversión, he ordenado una revisión de las normativas del Gobierno. Cuando encontremos normas que supongan un lastre innecesario para las empresas, las modificaremos. Pero no voy a dudar a la hora de crear o reforzar salvaguardias lógicas para proteger a los ciudadanos estadounidenses. Es lo que estamos haciendo en este país desde hace más de un siglo. Por eso es seguro consumir nuestros alimentos, beber nuestra agua y respirar nuestro aire. Por eso tenemos límites de velocidad y leyes sobre el trabajo infantil. Por eso, el año pasado, instauramos protecciones al consumidor frente a las tarifas y penalizaciones ocultas de las compañías de tarjetas de crédito, además de nuevas normas para prevenir otra crisis financiera. Y por eso hemos aprobado una reforma que, por fin, impide que la industria de las aseguradoras se aproveche de los pacientes.

He oído rumores de que algunos de ustedes tienen objeciones a la nueva ley de sanidad. Quiero ser el primero en decir que todo es mejorable. Si tienen ideas sobre cómo mejorar esta ley, hacer que la atención sea mejor o más asequible, estoy deseando colaborar con ustedes. Podemos empezar ahora mismo, corrigiendo un fallo de la ley que impone una carga contable innecesaria a las pequeñas empresas.

Lo que no estoy dispuesto a hacer es volver a los tiempos en los que las aseguradoras podían negar a alguien la asistencia por alguna enfermedad previa. No estoy dispuesto a decir a James Howard, enfermo de cáncer de cerebro en Texas, que es posible que no cubran su tratamiento. No estoy dispuesto a decir a Jim Houser, un pequeño empresario de Oregon, que tiene que volver a pagar 5.000 dólares más para cubrir a sus empleados. En estos momentos, esta ley ha conseguido que las medicinas con receta sean más baratas para la tercera edad y ha dado a los estudiantes sin seguro la posibilidad de permenecer cubiertos por el de sus padres. De modo que, en lugar de volver a librar las batallas de los dos últimos años, vamos a arreglar lo que hace falta y a seguir avanzando.

Y ahora, el último paso —un paso fundamental— para conquistar el futuro es asegurarnos de no acabar enterrados bajo una montaña de deuda.

Vivimos con un legado de gasto deficitario que comenzó hace casi 10 años. Y después de la crisis financiera, ha hecho falta una parte para mantener el flujo crediticio, salvar puestos de trabajo y poner dinero en el bolsillo de la gente.

Pero ahora que lo peor de la recesión ha pasado, debemos afrontar el hecho de que nuestro gobierno gasta más de lo que recauda. Eso es insostenible. Cada día, las familias se sacrifican para vivir dentro de sus posibilidades, y se merecen un Gobierno que haga lo mismo.

Por eso, esta noche, propongo que, a partir de este año, congelemos el gasto interno anual durante los cinco próximos años. Eso reduciría el déficit en más de 400.000 millones de dólares durante los próximos 10 años, y producirá el gasto discrecional proporcionalmente más bajo desde la presidencia de Dwight Eisenhower.

Esta congelación exigirá recortes dolorosos. Ya hemos congelado los sueldos de nuestros esforzados funcionarios federales durante los dos próximos años. He propuesto recortes en cosas que me interesan profundamente, como los programas de acción comunitaria. El Secretario de Defensa también ha aceptado reducir el gasto en decenas de miles de millones de dólares sin los que sus generales y él piensan que nuestro ejército puede vivir a la perfección.

Reconozco que algunos miembros de esta Cámara ya han propuesto recortes más drásticos, y estoy dispuesto a eliminar todo aquello de lo que verdaderamente podamos prescindir. Pero debemos estar seguros de que no pagan el pato nuestros ciudadanos más vulnerables. Y debemos estar seguros de que lo que recortamos es verdaderamente un lastre. Reducir el déficit a base de destruir las inversiones en innovación y educación es como quitar el motor de un avión sobrecargado para aligerarlo. Al principio podrá parecer que vuela más alto, pero pronto se sentirá el impacto.

La mayoría de los recortes y ahorros que he propuesto no afectan más que al gasto interno anual, que representa poco más del 12% de nuestro presupuesto. Para avanzar más, debemos dejar de pensar que eso va a ser suficiente. No lo es.

La Comisión Fiscal que creé el año pasado, formada por los dos partidos, lo dejó muy claro. No estoy de acuerdo con todas sus propuestas, pero han hecho progresos importantes. Y su conclusión es que la única forma de abordar nuestro déficit es reducir el gasto excesivo en cualquier lugar que lo encontremos: gasto interno, gasto de defensa, gasto de sanidad y el gasto que suponen las reducciones y las trampas fiscales.

Eso significa disminuir aún más los costes sanitarios, incluidos programas como Medicare y Medicaid, que son los mayores contribuyentes a nuestro déficit a largo plazo. La reforma de la sanidad reducirá el aumento de los costes, que es una de las razones por las que los economistas no sectarios han dicho que revocar la ley de sanidad añadiría 250.000 millones dólares a nuestro déficit. No obstante, estoy dispuesto a ver otras ideas para reducir los costes, incluida una que sugirieron los republicanos el año pasado: la reforma de las normas sobre negligencia médica para controlar el número de demandas frívolas.

Si queremos sentar unas bases sólidas, deberíamos también encontrar una solución bipartidista que nos permita reformar la Seguridad Social para las generaciones futuras. Y debemos hacerlo sin poner en peligro a los jubilados actuales, los más vulnerables, ni a las personas con discapacidades; sin recortar las prestaciones a las generaciones futuras; y sin someter las pensiones garantizadas de los ciudadanos a los caprichos de la bolsa.

Y, si de verdad nos preocupa nuestro déficit, no podemos permitirnos una prolongación permanente de los recortes fiscales para el 2% más rico de los estadounidenses. Antes de quitar dinero a las escuelas y becas a los estudiantes, debemos pedir a los millonarios que renuncien a sus exenciones fiscales.

No se trata de castigarles por su éxito. Se trata de promover el éxito de Estados Unidos.

En realidad, lo mejor que podríamos hacer con los impuestos para todos los ciudadanos sería simplificar el código impositivo individual. Será difícil, pero varios miembros de los dos partidos se han mostrado interesados en hacerlo, y yo estoy listo para trabajar con ellos.

Así, pues, ha llegado el momento de actuar. Ha llegado la hora de que los dos lados y las dos cámaras del Congreso —y tanto los demócratas como los republicanos— elaboren un compromiso de principios que permita avanzar. Si tomamos ahora las decisiones difíciles para controlar nuestro déficit, podremos hacer las inversiones necesarias para conquistar el futuro.

Voy a ir un poco más allá. No sólo debemos dar a nuestros ciudadanos un gobierno que sea más asequible. Debemos darles un gobierno que sea más competente y eficaz. No podemos conquistar el futuro sin un Gobierno del pasado.

Vivimos y trabajamos en la era de la información, pero la última gran reorganización de la Administración se produjo en la era de la televisión en blanco y negro. Existen 12 organismos diferentes encargados de las exportaciones. Hay al menos cinco entidades distintas que se ocupan de la política de vivienda. Y está mi ejemplo favorito: El Departamento del Interior es responsable del salmón mientras está en agua dulce, pero, cuando están en agua salada, se ocupa de ellos el Departamento de Comercio. Y creo que es todavía más complicado después de ahumado.

Por supuesto, hemos avanzado enormemente en los dos últimos años en el uso de la tecnología y a la hora de librarnos de lo que sobra. Los veteranos de guerra pueden ya descargarse sus expedientes médicos electrónicos con un clic de ratón. Estamos vendiendo hectáreas de locales federales para oficinas que llevan años sin usarse, y vamos a eliminar trámites burocráticos para deshacernos de más.  Pero tenemos que pensar en términos más amplios. En los próximos meses, mi Gobierno elaborará una propuesta para fusionar, consolidar y reorganizar la Administración federal de forma que contribuya a alcanzar el objetivo de que Estados Unidos sea más competitivo. Presentaré dicha propuesta al Congreso para someterla a votación, y presionaremos para conseguir que se apruebe.

En este próximo año, trabajaremos también para restaurar la fe de la gente en la institución del gobierno. Como el ciudadano merece saber con exactitud cómo y dónde se gasta el dinero de sus impuestos, vamos a crear una página web que permita entrar y obtener esa información por primera vez en la historia. Como el ciudadano merece saber cuándo se reúnen sus representantes electos con miembros de algún lobby, pido al Congreso que haga lo que ya ha hecho la Casa Blanca: colocar esa infomación en la red. Y como el pueblo estadounidense merece saber que los grupos de intereses especiales no están cargando las leyes con sus proyectos favoritos, ambos partidos deben saber que, si a mi mesa llega un proyecto de ley con cláusulas interesadas, lo vetaré.

Un gobierno para el siglo XXI, que sea abierto y competente. Un gobierno que viva dentro de sus posibilidades. Una economía impulsada por nuevas aptitudes y nuevas ideas. Para triunfar en este mundo nuevo y cambiante necesitaremos reformas, responsabilidad e innovación. Y necesitaremos también abordar ese mundo con un nuevo grado de compromiso en nuestras relaciones internacionales.

Así como los puestos de trabajo y las empresas pueden traspasar fronteras, también pueden hacerlo las nuevas amenazas y los nuevos problemas. No hay un muro que separe el Este de Occidente; no hay ninguna superpotencia rival contra nosotros.

Por consiguiente, debemos derrotar a los enemigos obstinados en cualquier lugar en el que estén y construir coaliciones que superen los límites de las regiones, las razas y las religiones. El ejemplo moral de Estados Unidos debe brillar de forma constante para todos los que anhelan la libertad, la justicia y la dignidad. Y, gracias a que ya hemos comenzado esta tarea, esta noche podemos decir que se ha renovado el liderazgo estadounidense y se ha restaurado nuestro prestigio.

Fijémonos en Irak, donde casi 100.000 de nuestros valerosos hombres y mujeres se han retirado con la cabeza bien alta; Donde las patrullas de combate norteamericanas han concluido su tarea; la violencia ha disminuido y se ha formado un nuevo gobierno. Este año, nuestros enviados civiles establecerán una relación duradera con el pueblo iraquí, mientras culminamos la tarea de sacar a nuestras tropas del país. Estados Unidos ha respetado su compromiso; la guerra de Irak está a punto de terminar.

Evidentemente, Al Qaeda y sus afiliados siguen planeando ataques contra nosotros. Gracias a nuestros servicios de inteligencia y de policía, hemos desbaratado varias tramas y hemos asegurado nuestras ciudades y nuestros cielos. Y, cuando los extremistas tratan de inspirar actos violentos dentro de nuestro territorio, nosotros reaccionamos con la fortaleza de nuestras comunidades, el respeto al imperio de la ley y la convicción de que los estadounidenses de fe musulmana forman parte de nuestra gran familia.

También hemos llevado la lucha contra Al Qaeda y sus aliados al extranjero. En Afganistán, nuestras tropas han tomado bastiones talibanes y han entrenado a las Fuerzas Afganas de Seguridad. Nuestro fin está claro: al impedir que los talibanes restablezcan su poder absoluto sobre el pueblo afgano, evitaremos que Al Qaeda tenga el refugio que sirvió de trampolín desde el que se lanzó el 11-S.

Gracias a nuestros heroicos militares y civiles, cada vez hay menos afganos bajo el poder de los insurgentes. Nos esperan aún duros combates, y las autoridades afganas deberán gobernar mejor, pero estamos contribuyendo a capacitar a sus ciudadanos y construyendo una relación duradera con ellos. Este año colaboraremos con casi 50 países para iniciar una transición hacia un gobierno verdaderamente autóctono.  Y en julio empezaremos a traer a nuestras tropas a casa.

En Pakistán, el liderazgo de Al Qaeda no sufría tantas presiones desde 2001. Sus líderes y sus agentes ya no están en el campo de batalla. Sus refugios son cada vez menos numerosos. Y hemos enviado un mensaje desde la frontera con Afganistán hasta la Península Arábiga y a todos los rincones del globo: no vamos a ceder, no vamos a rendirnos, y acabaremos derrotándolos.

También es posible ver el liderazgo de Estados Unidos en el esfuerzo para controlar las peores armas de la guerra. Tanto republicanos como demócratas aprobaron el nuevo tratado START, de modo que vamos a desplegar menos armas nucleares y plataformas de lanzamiento. Hemos conseguido poner de acuerdo a todo el mundo y en todos los continentes están poniéndose los materiales nucleares a buen recaudo para que no caigan jamás en manos de terroristas.

Gracias a un esfuerzo diplomático para lograr que Irán cumpla sus obligaciones, el Gobierno de dicho país se enfrenta hoy a unas sanciones más duras y estrictas que nunca. Y en la Península de Corea, estamos del lado de nuestro aliado, Corea del Sur, además de insistir en que Corea del Norte cumpla su compromiso de abandonar las armas nucleares.

Éstos no son más que unos ejemplos de cómo estamos contribuyendo a construir un mundo que prefiere la paz y la prosperidad. Junto con nuestros aliados europeos, hemos revitalizado la OTAN y hemos aumentado nuestra cooperación en todos los aspectos, desde la lucha antiterrorista hasta la defensa antimisiles. Hemos reiniciado desde cero nuestras relaciones con Rusia, hemos reforzado las alianzas en Asia, y hemos establecido nuevas relaciones con países como India. En marzo viajaré a Brasil, Chile y El Salvador con el fin de crear nuevas alianzas para el progreso en América. En todo el mundo, estamos del lado de quienes asumen sus responsabilidades: ayudamos a los agricultores a cultivar más alimentos; ayudamos a los médicos que cuidan a los enfermos; combatimos la corrupción que puede descomponer una sociedad y arrebatar las oportunidades a un pueblo.

Los últimos acontecimientos nos han demostrado que lo que debe caracterizarnos no es sólo nuestro poder, sino con qué fin lo utilizamos. En Sudán del Sur, con nuestra ayuda, la gente pudo votar por fin a favor de la independencia, tras años de guerra. Miles de personas hicieron cola antes del amanecer. La gente bailaba en las calles. Un hombre que había perdido a cuatro hermanos en la guerra resumió la escena que le rodeaba: "Éste ha sido un campo de batalla durante casi toda mi vida. Ahora queremos ser libres".

Ese mismo deseo de ser libres lo hemos visto en Túnez, donde la voluntad del pueblo ha resultado más poderosa que los mandatos de un dictador. Y esta noche debemos dejar algo muy claro: Estados Unidos está junto al pueblo de Túnez y apoya las aspiraciones democráticas de todo el mundo.

No debemos olvidar nunca que las cosas por las que hemos trabajado y por las que luchamos en su día son ideas vivas en los corazones de la gente en todas partes. Y debemos recordar siempre que los que más peso han soportado en esta lucha son los hombres y mujeres que sirven a nuestro país en las fuerzas armadas.

Quiero que esta noche seamos unánimes al reafirmar que nuestra nación apoya sin fisuras a nuestros soldados y sus familias. Quiero que estemos a su servicio como ellos han estado al nuestro, proporcionándoles el equipamiento que necesitan, ofreciéndoles la atención y las prestaciones que se han ganado, e incorporando a nuestros veteranos a la gran tarea de construir nuestra nación.

Nuestros soldados proceden de todos los rincones de nuestro país: son negros, blancos, hispanos, asiáticos e indios americanos. Son cristianos e hindúes, judíos y musulmanes. Y, en efecto, sabemos que algunos son homosexuales. A partir de este año, no se prohibirá a ningún ciudadano que sirva al país que ama por culpa de a quién ama. Y con ese cambio, pido a todos nuestros campus universitarios que abran las puertas a los encargados del reclutamiento y al Cuerpo de Oficiales en la Reserva. Ya es hora de que dejemos atrás las divisiones del pasado. Ya es hora de que avancemos hacia adelante como una misma nación.

No debemos hacernos ilusiones sobre la labor que nos aguarda. Reformar nuestras escuelas; cambiar nuestra forma de utilizar la energía; reducir nuestro déficit: ninguna de estas cosas es fácil. Todas costarán tiempo. Y será aún más difícil porque discutiremos sobre todo. El coste. Los detalles. La letra de cada ley.

Por supuesto, algunos países no tienen este problema. Si el gobierno central quiere un ferrocarril, consigue un ferrocarril; aunque tenga que derribar un montón de casas. Si no quiere que aparezca una información negativa en el periódico, no se escribe.

Sin embargo, por muy discutidora, frustrante y caótica que pueda ser a veces nuestra democracia, sé que no hay aquí una sola persona que estuviera dispuesta a cambiarse por ningún otro país del mundo.

Podemos tener diferencias políticas, pero todos creemos en los derechos consagrados en nuestra Constitución. Podemos tener opiniones diferentes, pero creemos en la misma promesa de que éste es un lugar en el que uno puede prosperar si lo intenta. Podemos tener antecedentes diversos, pero creemos en el mismo sueño que dice que éste es un país en el que todo es posible. Da igual quién seas. Da igual de dónde vengas.

Ese sueño es el motivo por el que puedo estar esta noche antes ustedes. Ese sueño es el motivo por el que un chico de clase obrera de Scranton puede estar detrás de mí. Ese sueño es el motivo por el que alguien que empezó barriendo el suelo del bar de su padre en Cincinnati puede ser hoy presidente de la Cámara de Representantes en el país más importante del mundo.

Ese sueño —ese Sueño Americano— es lo que empujó a los hermanos Allen a reinventar su empresa de tejados para una nueva era. Es lo que empujó a esos alumnos de Forsyth Tech a aprender nuevas aptitudes y preparar su futuro. Y ese sueño es la historia de un pequeño empresario llamado Brandon Fisher.

Brandon creó una empresa en Berlín, Pensilvania, especializada en un nuevo tipo de tecnología de perforación. Un día, el verano pasado, vio en las noticias que, en el otro extremo del mundo, había 33 hombres atrapados en una mina chilena, y nadie sabía cómo rescatarlos.

Pero Brandon pensó que su empresa podía ayudar. Así que diseñó un plan de rescate que más tarde se denominaría Plan B. Sus empleados trabajaron sin descanso para fabricar el equipo de perforación necesario. Y Brandon se fue a Chile.

Junto con otras personas, empezó a perforar un agujero de más de 600 metros en la tierra, trabajando turnos de tres o cuatro días seguidos, sin dormir. Treinta y siete días después, el Plan B triunfó, y los mineros fueron rescatados. Pero, como no quería ser el foco de atención, Brandon no estaba allí cuando los mineros salieron a la superficie. Había vuelto ya a casa, a trabajar en su siguiente proyecto.

Más tarde, uno de sus empleados dijo a propósito del rescate: "Probamos que Center Rock es una empresa pequeña capaz de hacer grandes cosas".

Hacemos grandes cosas.

Desde los primeros tiempos de nuestra fundación, Estados Unidos ha sido un país de gente corriente que se atreve a soñar. Así es cómo conquistamos el futuro.

Somos una nación que dice: "Puede que no tenga mucho dinero, pero tengo esta gran idea para una empresa nueva. Puede que en mi familia no haya títulos universitarios, pero yo voy a ser el primero en obtenerlo. Puede que no conozca a esas personas que están pasándolo mal, pero creo que puedo ayudarles, y necesito intentarlo. No estoy seguro de cómo vamos a llegar a ese lugar mejor que hay más allá del horizonte, pero sé que llegaremos, Lo sé".

Hacemos grandes cosas.

La idea de Estados Unidos perdura. Nuestro destino sigue siendo una elección nuestra. Y esta noche, más de dos siglos después, gracias a nuestra gente, nuestro futuro está lleno de esperanza, nuestro viaje continúa y el estado de nuestra unión es fuerte.

Gracias, que Dios les bendiga y que Dios bendiga los Estados Unidos de América.

Texto traducido por Mª LUISA RODRÍGUEZ TAPIA

Discurso del Estado de la Unión

Obama

Texto traducido por Mª LUISA RODRÍGUEZ TAPIA

 
 

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