Niños sin futuro que malviven el presente

Más de 700.000 críos de menos de 14 años viven en las calles de Bangladesh, en peligro constante. Las niñas corren más riesgo.

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Bangladesh: Prostitutas de 15 años

Centenares de niñas son vendidas cada año en Bangladesh a las shardarnis (alcahuetas) que regentan los burdeles. En un país con más del 90% de población musulmana, llama la atención ese mercado de niñas y mujeres en sus principales ciudades.

A 140 kilómetros al oeste de Dhaka, en la ciudad de Faridpur, de 600.000 habitantes, hay dos enormes burdeles creados en la época colonial británica, que siguen abiertos más de cien años después. Para llegar a Faridpur hay que cruzar en ferry el gigantesco río Padma; un río con pedigrí, en el que desembocan el Brahmaputra y el Ganges. Cerca del cauce fundaron los británicos esta ciudad, que fue creciendo gracias al comercio y que acabó atrayendo a prostitutas de todo el país.

En el centro de la ciudad, junto al mercado principal, trabajan más de 400 prostitutas, y en las afueras, hay otro burdel con cerca de 500. Más de la mitad de ellas no llegan a los 16 años. La ONG Action Aid, de la que forma parte la española Ayuda en Acción, tiene un programa de atención a los hijos de las "trabajadoras sexuales", como las llaman allí. Según sus datos, 280 niños y niñas pequeños viven en los burdeles con sus madres.

Para llegar al burdel del centro de la ciudad hay que entrar por unos callejones sucios que salen del mercado. Acaba de empezar a llover torrencialmente y el suelo de barro empieza a hacerse intransitable. Pero, a pesar de ser mediodía, ya empieza a haber público y las chicas asoman de las pequeñas chabolas, bajo pequeños paraguas, en busca de clientes. En el centro de esta pequeña ciudad de prostitución se levanta un edificio de cuatro plantas, con suelos y paredes llenos de mugre. La escalera es la zona de contratación y los pisos están llenos de pequeñas habitaciones en las que sólo cabe una cama y una palangana. En los pasillos, algunas mujeres han empezado a preparar la comida en pequeños infiernillos, mientras niños y niñas corretean por allí.

En la ciudad de Faridpur hay dos burdeles con unas 900 prostitutas; más de la mitad no llegan a los 16 años

Runa tiene 25 años, es muy menuda y tiene una ligera chispa en la mirada. Sentada en el suelo, junto a su hija Laguk, de 3 años, cuenta cómo llegó a ser shardani, después de empezar a ejercer la prostitución con 12 años. "Mi madre murió cuando yo tenía dos años", explica, "y mis tíos maternos me llevaron con ellos a India, donde viví feliz hasta los 10 años. Entonces me trajeron de vuelta a Dhaka, a casa de mi padre, que se había vuelto a casar y tenía dos hijos y una hija. Allí estuve poco más de un año, pero lo pasé muy mal, porque nadie me quería. Así que me fui de casa y pasé unos meses en la calle".

"Conocí a un chico y me fui con él, cuando tenía 12 años", dice con un tono de tristeza, "pero no me quería y me vendió a una shardani. Ella me llevó a la ciudad de Tangail y allí trabajé en un burdel durante cinco años. Cuando tuve dinero para comprar mi libertad me vine a Faridpur y trabajé en el burdel de las afueras, donde gané mucho dinero y lo dejé. Me compré un terreno, construí una casa y estuve tres años sin trabajar. Pero me quedé embarazada de un hombre que luego me dejó, se fue a Arabia Saudí, y tuve que volver aquí, aunque ya no atiendo a clientes. Ahora soy shardani y tengo tres chicas que trabajan para mí”.

"¿Cuántos años tienen?"

"Pocos, 13 o 14", dice con normalidad, como si olvidara que ella fue vendida con tan sólo 12. "Tienen que trabajar para mi durante dos años, en las que yo les busco clientes y ellas me dan todo el dinero que obtengan".

Laguk, su hija, juguetea con un teléfono móvil sin hacer mucho caso a la conversación, hasta que su madre empieza a hablar de ella. "Es verdad que éste no es lugar para una niña tan pequeña", responde Runa, "pero ya le queda poco tiempo aquí. En cuanto cumpla 5 años la llevaré interna a una madrasa (escuela coránica), para que sea experta en el Corán y se gane la vida como lectora coránica".

"Cuando mi hija esté fuera de aquí, con el dinero que haya ahorrado me iré con mi novio, que está estudiando en Dhaka y que me acepta como soy. Se llama Mehegib", dice mientras enseña una foto suya en la pantalla del móvil, "y se va a casar conmigo".

HISTORIAS SÓRDIDAS

Cada trabajadora sexual tiene su propia historia, aunque todas ellas son sórdidas y tristes. Shamol, director de la ONG Iniciativa para el Bienestar de la Mujer, que trabajan con Action Aid, explica que "la gran mayoría de las prostitutas empiezan a trabajar con menos de 15 años, por pobreza, por engaño o por secuestro y venta. Y una vez que empiezan, no pueden reintegrarse a la vida normal, porque son unas apestadas. Nosotros lanzamos nuestro programa de ayuda a las trabajadoras sexuales y a sus hijos hace ocho años y, poco a poco, vamos convenciéndolas para que nos los entreguen para que tengan una vida mejor. En nuestros dos centros viven 15 niños y 14 niñas, a las que damos educación y sacamos de ese ambiente terrible".

Dice que tiene 22 años, pero no debe de tener más de 16. Viste muy elegante, con la cara pintada muy de blanco, los ojos de negro y la boca de rojo. Se llama Shirin o Sharmin, dependiendo del cliente, y lleva tres meses trabajando con una shardani en el burdel, a la que entrega todos sus ingresos. "Me queda un año de trabajo para pagar mi libertad", explica, "luego quiero volver a buscar a mi madre, que no sabe lo que hago".

Su historia es tan dramática como la de casi todas. "Cuando mi padre murió", explica, "mi madre concertó, con 13 años, mi matrimonio con un chico de 20, de Dhaka, al que yo no conocía. Al poco de casarme, mi marido me empezó a pegar y descubrí que era alcohólico, así que me fui a Chittagong, con mi madre, a trabajar a una tienda. Conocí a un chico con el que me fui hace cuatro meses y después de unas semanas me trajo aquí y me vendió a una mujer a la que tengo que dar todo lo que gano. Empecé hace tres meses con cinco clientes al día y ahora hay veces que tengo hasta 20, pero así podré ganar el dinero de mi libertad antes y volver a casa".

La que ya no tiene ninguna esperanza es Mina, 35 años, que fue vendida a la shardani más famosa de Dhaka con sólo 12 años. "Me había ido de casa de mis abuelos, con quienes vivía desde que murió mi madre", explica, "y me acogió una señora para la que trabajé de sirvienta en Dhaka. Pero un día me llevó a la casa de Nasha y me vendió. Allí llegue hace 23 años y había más de 50 niñas de mi edad en un burdel muy lujoso. Estuve siete años, hasta que me enamoré de un cliente, Ami, que se quiso casar conmigo. Fueron mis únicos tres años de felicidad. Tuve un hijo, pero se murió a los cinco meses de neumonía. Además, se me gastó todo el dinero que tenía ahorrado, Ami se casó con una segunda mujer y me empezó a maltratar, así que decidí volver aquí, donde está mi vida". Lo dice con tristeza, entre lágrimas.

SALVADAS DE LA TRAGEDIA

Para evitar casos como los de Runa, Shirin y Mina, Action Aid tiene cinco refugios para niñas en Dhaka. Es muy poco para una ciudad de 16 millones de habitantes, pero las happy homes funcionan en barrios especialmente peligrosos llenos de zonas de chabolas, llamadas slums, que se hicieron célebres con la película Slumdog millionaire. Y las 150 niñas que han encontrado plaza están a salvo.

Sonia tiene 13 años y llora cuando tiene que contar su vida. Su familia la abandonó con apenas 4 años, dejándola en las cercanías de una mezquita; allí fue acogida y adoptada por una mujer, que la dejaba en otras casas para servir. Con 6 años, la madre adoptiva la envió a isla de Bola, al sur de Bangladesh, para cuidar a la madre de ésta. Para ello, tenía que mendigar todos los días en la calle, así que se escapó.

Su vida entre los 7 y los 11 años, en que entró en esta happy home de Ayuda en Acción, es un agujero negro que ella prefiere olvidar. Solo llora cuando se le pregunta. En el centro saben que vivió en la calle y que sufrió abusos. Ahora está a salvo. Estudia primaria, aprende a coser y quiere trabajar de costurera.

También Mukta, de 9 años, llora al recordar su vida antes del refugio. La crió su abuela desde los 3 años, porque su madre se vio envuelta en un asesinato y se fue a la cárcel con cadena perpetua. Vivía en un slum cerca del río en Dhaka y hacía todo tipo de trabajos, hasta que su abuela decidió traerla al refugio, con 7 años. Prefirió aprovechar la oportunidad de una plaza para la salvación que seguir arriesgándolo todo en la calle. Mukta aprende a hacer bolsas de papel y quiere terminar su educación y ser maestra.

La historia de Drina, 14 años, es también dramática. Vivía con sus padres en la isla de Bola, en el sur, una vida que no le gustaba. Ella era muy rebelde y se fue de su casa a los 11 años, después de una pelea con su hermano. No sabía adonde ir, se montó en un ferry y se durmió. A la mañana siguiente amaneció en la mayor terminal de ferries del país, en Dhaka, y empezó a vivir en la calle. Un día, una mujer la recogió de la calle para trabajar de sirvienta en su casa y allí duró siete meses, sin cobrar nada. Así que volvió a la calle y pasó un tiempo indeterminado hasta que una asistente social la trajo al refugio, hace dos años. Ahora trabaja de esteticista en una peluquería del barrio y pronto abandonará el centro para vivir en un piso.

"¿Te arrepientes de haberte escapado de tu casa?".

Las ONG encargadas de los refugios para niñas necesitan 100.000 euros al año para mantener abiertos los centros

"No", responde convencida, "cuando estaba en la calle a veces lo pensaba; pero ahora estoy satisfecha con mi vida. Si hubiera seguido en mi casa me hubieran casado con 12 o 13 años y ahora puedo tener mi vida, aunque sé que he corrido muchos riesgos en la calle".

Todas ellas están ahora a salvo, pero la ONG local que gestiona las happy homes, junto a Ayuda en Acción, desde hace cuatro años, se enfrenta a un grave problema de financiación. Necesitan 100.000 euros al año para mantener los cinco refugios en donde viven las 150 niñas. Si no lo consiguen tendrán que cerrar el próximo otoño.

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Los niños de la calle

Mina, de 35 años, fue vendida a la shardani (alcahueta) más famosa de Dhaka con 12 años.

Los niños de la calle

Una chica aguarda a la puerta de su habitación del prostíbulo de Faridpur en el que trabajan 400 mujeres.

Los niños de la calle

Dice que tiene 22 años. Se llama Shirin o Sharmin, dependiendo del cliente. Entrega todos sus ingresos a la shardani que regenta su burdel.

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Los dos enormes burdeles que hay en Faridpur se crearon en la época colonial británica.

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El prostíbulo está lleno de pequeñas habitaciones en las que solo cabe una cama y un palangana.

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La mayoría empieza a trabajar con menos de 15 años, por pobreza o por secuestro y venta.

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Runa tiene 25 años y es shardani. Tres chicas trabajan para ella. Empezó de prostituta con 12 años.

Los niños de la calle

Esta secuencia muestra a una niña con un cliente.

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La joven trabaja en un burdel de Faridpur.

Los niños de la calle

Una ONG local gestiona cinco refugios en Dhaka para evitar que las niñas caigan en la prostitución.

Los niños de la calle

Centenares de niñas son vendidas cada año a las shardarnis que regentan los burdeles.

Los niños de la calle

Shardarni de uno de los dos lupanares de Faridpur.