Agujeros negros del planeta

Más de mil millones de personas viven en el mundo con menos de un dólar diario y más de dos mil, con menos de dos. La mitad de ellos son niños. 1.100 millones no tienen acceso a agua corriente y 2.600 millones no conocen las condiciones sanitarias mínimas. La globalización ha aumentado las desigualdades, creando grandes focos de pobreza. EL PAÍS ha viajado a algunos de los cientos de agujeros negros del planeta, en distintos puntos cardinales: Bangladesh, Gaza, Haití y República Centroafricana. Cuatro historias humanas de miseria que se publicarán durante agosto

  • Textos: JAVIER AYUSO
  • Fotos: BERNARDO PÉREZ

Sobrevivir a la enfermedad

La corrupción endémica, la malaria y la desnutrición son las grandes plagas de la República Centroafricana, agravadas por la crisis económica.

Capítulos

República centroafricana
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RCA: La malaria

En el barracón de pediatría del hospital de Batangafo, en la República Centroafricana (RCA), se respira el horror. Qussi, 29 años, vive con la esperanza de que sus dos gemelas de un año, Pamila y Nguera, sobrevivan a la fiebre alta y las diarreas provocadas por la malaria, por la que llevan ingresadas cuatro días. Todavía recuerda cómo hace dos años murieron en ese mismo hospital y por la misma enfermedad otros dos de sus hijos, también gemelos de cinco meses, que llegaron demasiado tarde. Antes había acudido a lo que llaman “medicina tradicional” y el tratamiento del curandero retrasó varios días el ingreso en el centro médico. A 600 kilómetros al sur, en la ciudad de Boda, medio centenar de niños intentan sobrevivir a la desnutrición en otro hospital, que, como el anterior, es atendido por Médicos Sin Fronteras (MSF). La crisis de los países ricos ha reducido a mínimos la actividad en las minas de oro y diamantes, y los habitantes de la zona no tienen qué comer. Las víctimas son siempre los niños. Al norte del país, cerca de la frontera con Chad, centenares de familias montan sus chamizos en un improvisado campo de desplazados, preparados para pasar la temporada de lluvias. Han tenido que abandonar sus poblados ante la advertencia del Ejército regular de que van a “barrer” la zona en busca de rebeldes que llevan años ejerciendo su ley.

Estas son imágenes habituales en la República Centroafricana. Un país olvidado en el África profunda, rodeado por otros Estados tristemente conocidos por sus continuos conflictos: Chad, al norte; Sudán, al este; Camerún, al oeste, y Congo y la República del Congo, al sur. Con 4,3 millones de habitantes, la mitad de ellos menores de 18 años, la RCA vive marcada por la violencia contra las personas, por los continuos desplazamientos de poblados enteros huyendo de las facciones rebeldes que actúan en el país, por la ausencia de un sistema sanitario y educativo decente, por la corrupción generalizada en todos los estamentos de la sociedad, por las epidemias de malaria y tripanosomiasis, por la desnutrición… Un auténtico agujero negro que no aparece en los periódicos y cuyo personaje más conocido fue el tristemente célebre emperador Bokassa, que gobernó el país entre 1966 y 1979 y dejó un legado de corrupción y violencia que se ha consolidado en las décadas siguientes mediante golpes de Estado sucesivos que encumbraban a militares en busca de fortuna. De la época de colonización francesa solo queda el idioma, algunos edificios que se caen a pedazos y los intereses de empresas galas que exportan madera, uranio y metales preciosos.

La llegada a Bangui, capital de la RCA, es un augurio de lo que depara el país. A las dos de la madrugada, el diminuto aeropuerto se parece a una estación de autobuses abandonada. Es inútil intentar hacer cola ante el funcionario con uniforme militar de camuflaje que recoge los pasaportes, porque el centenar de viajeros se abalanzan para entregar primero el documento. Mientras tanto, las maletas se amontonan al final de una cinta que avanza al ritmo africano, cansino, y que las deja caer sobre el suelo de cemento.

El barracón de pediatría está a rebosar. Hay 61 niños ingresados. Están como desmayados en brazos de sus madres

Bangui “la Coquette”, reza un cartel a la entrada de la ciudad. Así la bautizaron los franceses. Apenas se puede leer, porque las pocas farolas que funcionan lo hacen con unas bombillas de bajísima intensidad. Los 400.000 habitantes de la ciudad duermen a esas horas, y en las calles solo se oye el ruido de los generadores de fuel que dan energía a las viviendas, porque la única central eléctrica no da servicio todo el día. Ese uno de los nuevos sonidos de las capitales de los países pobres.

A mediodía, el aeropuerto está completamente vacío. Un par de soldados atiende al grupo que quiere viajar hacia el norte. Recuperados los pasaportes, hay que andar por la pista hacia una avioneta bimotor que comparten Médicos Sin Fronteras y Cruz Roja Internacional. Los lunes y los jueves hacen viajes de ida y vuelta al norte del país, en donde diversas organizaciones internacionales intentan ayudar a luchar contra las enfermedades tropicales y las que causan los hombres con sus armas.

LUCHA CONTRA LA MALARIA

Dicen que Batangafo es una ciudad y, de hecho, allí viven cerca de 28.000 personas, más de la mitad menores de 18 años. Pero más parece un enorme descampado, sin electricidad, sin agua corriente y sin nada parecido a calles, en donde se suceden infinidad de chozas de adobe con techo de paja y cientos de niños medio desnudos que saludan con una enorme sonrisa blanca. El llamado aeropuerto es como una carretera comarcal española de pocos centenares de metros; lo suficiente para que aterrice la avioneta.

Las únicas casas que no son de adobe son el ayuntamiento, la subprefectura, las sedes de algunas ONG y, por supuesto, el hospital. Un conjunto de barracones construidos en los años treinta que se fueron echando a perder por la falta de medios de la sanidad de la RCA, cuya gestión fue asumida en 2006 por la sección española de Médicos Sin Fronteras.

El barracón de pediatría está lleno a rebosar. Y eso que todavía estamos a finales de abril y no ha llegado la temporada de lluvias, que trae centenares de casos de malaria. Hoy hay 61 niños ingresados, de entre pocos meses y tres o cuatro años. Están como desmayados en brazos de sus madres, con los ojos entornados y una leve queja que sale sin fuerzas de su boca. Los llantos suenan con sordina, como si nadie los fuera a escuchar.

Qussi Dorkas tiene 29 años. Está sentada en una de las camas con mosquiteras apiñadas en el barracón, con un pequeño bebé en sus brazos. A su lado está Justine, su hija de cuatro años, con otro bebé en brazos. Son Pamila y Nguera, dos gemelas que van a cumplir un año y que fueron atacadas, probablemente la misma noche, por mosquitos anofeles. Tienen malaria y llevan cuatro días ingresadas con una fiebre muy alta y diarreas. No pueden ni llorar; están demasiado débiles. La vía por la que reciben el goteo sobresale de sus brazos esqueléticos.

“Soy de Batangafo y mi marido me abandonó hace unos meses”, explica Qussi. “Mis niñas enfermaron hace unos días y esta vez vine directa al hospital. No quiero que me pase como hace unos años, en que murieron de malaria otros dos gemelos de cinco meses por llegar tarde. Ahora me quedan otros hijos de 11, 6, 4 y 3 años, además de mis gemelas enfermas. Justine ha venido conmigo porque yo no puedo cuidar a las dos”.

La hermana se ha hecho mayor de repente. Atiende a su hermanita como si fuera una muñeca, aunque parece aterrorizada por lo que pueda pasar. Cuando se queja, la cambia con su madre para que esta le dé el pecho y calme sus leves quejidos. “Vivimos al día”, explica Qussi, “y mis otros hijos se han quedado trabajando en el campo para sobrevivir. No sé lo que pasará mañana. Lo único que me importa es que mis hijas no mueran”.

En África mueren un millón de personas de malaria al año; la mayoría, niños que tienen menos de cinco años

Otras 60 madres ocupan sus camas o pasean entre ellas con sus bebés en brazos, algunos enchufados al pecho y con la mirada perdida, esperando que pasen las horas. Etiene Lengue, enfermero de 32 años, natural de la RCA, es el responsable de pediatría desde hace dos años. Lleva todo el día atendiendo a los bebés con malaria y está cansado. Sabe que en pocas semanas llegarán las lluvias, y con ellas, centenares de niños con malaria cada día. “El año pasado”, explica, “llegamos a tener hasta 600 niños hospitalizados a la vez. Tuvimos que montar tiendas de campaña para atenderles. Mayo, junio y julio son los peores meses, aunque hemos conseguido reducir el nivel de mortalidad por debajo del 5%. Al principio morían muchos niños, porque antes los llevaban a los curanderos. Perdían un tiempo importantísimo, llegaban medio muertos y duraban menos de cinco horas. Ahora es distinto. Las madres han aprendido que sus bebés se curan aquí con medicinas”.

Para eso, los agentes de salud de MSF tienen que recorrer Batangafo y los poblados cercanos recordando que el hospital es gratuito y que atienden a todo el que va.

El hospital es como un poblado, aunque con construcciones mejores. Las familias esperan acampadas en los jardines, sentadas sobre esteras. La sala de consultas de pediatría es la más concurrida. Varias decenas de madres con sus niños en brazos esperan a que los enfermeros les hagan elparacheck, un leve pinchazo en el dedo que permita analizar la sangre de los niños y saber, en cuestión de segundos, si tiene malaria.

Hacen entre 80 y 90 pruebas al día y más de la mitad salen positivas. Si no tienen fiebre alta ni diarreas, vuelven a su vivienda con sus pastillas de Coartem y paracetamol. Si están más graves, se quedan internados en pediatría. “Estamos atendiendo a unos 150 niños, y esto no ha hecho más que empezar”, dice Etiene, el enfermero.

La visita continúa a otro barracón con casos más graves. Hay dos niños que los médicos piensan que no sobrevivirán. Louis tiene dos años y lleva una semana ingresado. Llegó con malaria y tuberculosis, y al poco tiempo la enfermedad le afectó al riñón. No tiene cura. Aunque le llevarán a Bangui, no hay máquinas de diálisis. Lo único que pueden hacer es darle un poco de cariño. Lo mismo le sucede a Michel, otro niño de 15 años, que está en los huesos por los efectos de la diabetes. Una enfermedad poco frecuente en África, pero que no se puede tratar por falta de insulina. Los diabéticos están condenados en la RCA.

María del Pilar Servera Orga, 51 años, llegó en enero a Batangafo, contratada como médico por MSF. Es de Zaragoza y todos la llaman Pitita. Aprovecha los periodos de excedencia que le brinda la medicina pública española para enrolarse con diversas ONG por todo el mundo. Estará seis meses en la RCA y, a pesar de la dureza de su trabajo, conserva el sentido del humor. Lleva 24 horas de guardia y la dureza del día se nota en sus ojos. Acaba de pasar consulta a los dos niños que probablemente vea morir antes de volver a Zaragoza, pero se consuela diciendo que ahora sobreviven cerca del 99% de los pequeños que llegan a tiempo al hospital. En África mueren un millón de personas de malaria al año; la mayoría, niños de menos de cinco años. La cifra ha caído a la mitad en lo que va de siglo XXI, aunque hay más de 300 millones de personas infectadas.

“Aquí tratamos enfermedades olvidadas contra las que no hay vacunas, pero sí tratamientos”, explica con cierto optimismo. “Las ONG hacen un trabajo extraordinario y yo estoy muy contenta de poder devolver algo de lo que tengo. Estoy aquí por una necesidad vital y no siento que haya renunciado a nada. Es como un gusanillo… como las misiones”.

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La malaria

Una mujer ciega en la ciudad de Batangafo.

La malaria

El pabellón de malaria infantil del hospital de Batangafo. Un doctor atiende a Qussi y a sus gemelas, Pamila y Nguera.

La malaria

Un niño enfermo de malaria.

La malaria

María del Pilar Servera Orga, una doctora de Zaragoza contratada por Médicos Sin Fronteras, atiende una crisis de uno de los pacientes.

La malaria

El centro de análisis de malaria del hospital de Batangafo.

La malaria

Un médico apunta los resultados de los test de malaria realizados a la población infantil.

La malaria

Una mujer de la etnia mbarara, con su hijo.

La malaria

Michel, un joven de 15 años, sufre diabetes, una enfermedad mortal en la zona.

La malaria

Unas mujeres, en los corredores del pabellón de malaria infantil.

La malaria

El hospital ha llegado a tener ingresados hasta 600 niños.

La malaria

Al día se hacen entre 80 y 90 pruebas de malaria y más de la mitad salen positivas.

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