Por Pablo Ordaz
Ni que decir tiene que Carlos Slim Helú es un hombre rico, muy rico, tal vez el segundo hombre más rico del mundo detrás de Bill Gates. Además, la diversidad de sus empresas –desde las telecomunicaciones hasta las grandes superficies comerciales, pasando por la banca y la industria– hace que sea muy difícil para cualquier mexicano no contribuir todos los días al engrandecimiento de su imperio. Porque tampoco hace falta recordar a estas alturas que Carlos Slim, aunque descendiente orgulloso de emigrantes libaneses, es mexicano, tan mexicano como su fortuna.
Y este detalle no es baladí. Ni para sus detractores ni para sus partidarios. Los primeros le afean ser tan rico en un país con tantos millones de pobres y le acusan de haber contado con la ayuda inestimable del poder político. Los segundos hacen notar que las empresas de Carlos Slim dan empleo directo a 220.000 personas e indirecto a otro medio millón y que, además, el magnate dedica una parte de su inmenso emporio –calculado en 53.000 millones de dólares– a proyectos filantrópicos en América Latina. Hace unas semanas, Carlos Slim, de 68 años, invitó a su mesa a los corresponsales extranjeros en México. Como curioso testigo de excepción en el sencillo almuerzo, uno de sus nietos, de unos ocho o nueve años de edad. El magnate habló de la situación financiera, de su reciente entrada en el accionariado de The New York Times y de la oportunidad de todas las crisis para salir fortalecido. Tres horas después, su nieto seguía allí, sin rechistar, con la misma determinación con que el bisabuelo Julián –el padre de Carlos Slim– desembarcó en 1902 en México. Tenía 14 años, estaba solo y no sabía nada de español.
Pablo Ordaz es corresponsal de ELPAÍS en México