Por Soledad Gallego-Díaz
Dilma Rousseff puede convertirse en 2010 en la sucesora de Lula en la presidencia de Brasil. Cuenta con el apoyo del propio Lula, que la nombró en 2005 jefa de Gabinete, un cargo que tiene funciones parecidas a las de un primer ministro de bajo perfil, y su gran experiencia como gestora y artífice del Programa de Crecimiento Acelerado, que muchos consideran el gran éxito de la presidencia de Lula. Rousseff, que cumplirá 61 años en diciembre, tiene, sin embargo, un gran inconveniente: es una mujer reservada, con una imagen de tecnócrata que quizá sea un obstáculo insuperable para ganar unas elecciones en un país como Brasil, donde tanto se valora el carisma y la proximidad de los políticos.
Lo curioso es que esa imagen tiene muy poco que ver con su apasionante biografía, como joven dirigente de un grupo guerrillero urbano en la época de la dictadura militar. Dilma Rousseff, que fue torturada y no ha hablado mucho de esa etapa de su vida, reconoce que la guerrilla cometió serios errores, pero ha afirmado estar orgullosa de su generación, “de una gente que con inmensa generosidad buscaba un Brasil mejor, más igual”. Su momento más popular fue cuando, en un reciente debate televisado, un senador conservador la acusó de ser poco fiable porque había mentido a la policía en su juventud. Rousseff saltó: “Mentir a la policía en una dictadura es una obligación”.
Soledad Gallego-Díaz es corresponsal de EL PAÍS
en Buenos Aires.