Por Manuel Estiarte
Anna Tarrés era una sincronette cuando la conocí. Entonces, aunque tenían una cierta tradición, las chicas de la sincro no competían en mundiales ni se clasificaban para los Juegos Olímpicos ni salían por la tele. Su entrega me parecía fantástica.
Con el tiempo, Anna salió de la piscina y se quedó en el borde, dando órdenes en el Centro de Alto Rendimiento (CAR). La seguí viendo. Recuerdo siempre a Anna explicando algo de manera vehemente, tremenda en sus gestos. Gesticulaba con pasión. Muchos días me pregunté de dónde sacaba esa fuerza. Poco a poco, Anna y las mujeres de la sincro empezaron a viajar con nosotros, poco a poco se fueron convirtiendo en habituales de los europeos, en los mundiales. Ella me saludaba después de los partidos, felicitándome si habíamos ganado. Poco a poco, veterano, empecé a ser yo el que me acercaba a ella para desearla suerte y, cada vez más, para felicitarla por su último éxito.
Nada es casual, así que tengo muy claro que, por profesional que sea, si Anna sigue ahí es porque lo siente. Porque le sale de dentro. Porque le apasiona. Sólo por eso tiene todo mi respeto.
Manuel Estiarte es jugador de waterpolo, considerado uno de los mejores del mundo. Fotografía de Caterina Barjau.