Por M. Á. Bastenier
Manuel Zelaya, Mel, botas vaqueras y sombrero de ala ancha, era un hombre de la derecha de toda la vida. Empresario agrícola y hacendado, siempre perteneció al Partido Liberal, el de la libertad de explotación, pero en 2007, a mitad de mandato presidencial, vivió su camino de Damasco del que emergió como protochavista. Había logrado enemistar a todo el establishment hondureño: al poder económico, por fijar salario mínimo; al religioso, por permitir la venta de la píldora del día después, y al político, por pedir perdón por una operación policial que hizo desaparecer a cientos de vagabundos y niños sin hogar en los años ochenta. Por esa razón fue derrocado manu militari y empaquetado en pijama en un avión rumbo al exilio el 28 de junio.
Desde entonces ha librado una batalla política, inicialmente respaldada por toda la comunidad internacional, por recuperar la presidencia; pero con la elección de sucesor, el conservador Porfirio Lobo, el 29 de noviembre, la crisis comenzaba a desinflarse.
M. Á. Bastenier es periodista de EL PAÍS.