Por Lola Dueñas
La primera vez que vi a Pablo Pineda tenía unos cascos puestos y estaba bailando. Le encanta la música. Los directores nos propusieron sentarnos uno frente a otro y mirarnos, sin hablar. Y Pablo me miró dentro, muy dentro; tanto, que me puse a llorar. Cuando volví a mirarle, él también estaba llorando. Lloraba porque yo lloraba. Cuando me reí, hizo lo mismo, y enseguida me di cuenta de que estaba delante de un espejo.
Me gusta de Pablo, y de cualquiera, la pureza y la ternura. Y su sensibilidad. Su capacidad para conectar con las emociones y la falta de pudor para mostrarlas. Me hace gracia, y me gusta, que no sepa callarse nada. Y su risa. Y su buena memoria, y que no se ponga nervioso nunca. Y que, pese a quien pese y en el momento en que le pille, a su hora, escuche El Larguero. Y que bostece en la cara del que le aburre. Al conocer su historia pensé que habría tenido que ser cansadísimo para él estar toda su vida demostrando a todo el mundo que era listo. Me dijo que sí, claro. Eso me lo dijo un día comiendo, los dos solos, en un restaurante: “Yo te invito”, me dijo al principio. “Qué caballero”, pensé yo. “Luego le paso la factura a la productora”, concluyó él.
Le admiro. Conocerle es de las cosas más especiales que me han pasado. Pablo me sorprende y me divierte. Y le quiero, él lo sabe. Los dos nos queremos como somos.
Lola Dueñas es actriz. Comparte cartel con Pablo Pineda en 'Yo también'. Fotografía de Jesús Uriarte