Por Ángel S. Harguindey
La concesión del Nacional de las Letras 2009 a Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) no deja de ser extraordinario, pues se le concede el galardón con carácter nacional cinco años más tarde que el Cervantes, reconocimiento internacional, latinoamericano, para ser más precisos, por lo que no es normal que si ya se le consideraba como uno de los mejores escritores en lengua española, se le reconozca ahora que es uno de los mejores de España, con una sentencia ferlosiana añadida, personal e intransferible: “El concepto de patria es el más venenoso de los conceptos”. Pero así es y así piensa quien desde una radical y libre independencia desmenuza conceptos y palabras con una inteligencia y un estilo inigualables.
Desde que en 1951 publicó Industrias y andanzas de Alfanhuí, críticos y lectores comenzaron una relación compleja y apasionada con su autor. En 1955 publica El Jarama, novela que obtiene el Premio Nadal. Con El testimonio de Yarfoz (1986), su excelencia literaria se convierte en imprescindible en cualquier manual de literatura española que se precie, a juicio de uno de sus estudiosos más inteligentes, Gonzalo Hidalgo Bayal. Pero Ferlosio ya había decidido rechazar la literatura y adentrarse con todas sus fuerzas en el ensayo desde una perspectiva tan compleja y deslumbrante como su obra de ficción. Parafraseando al propio autor, se puede afirmar que “la literatura es como una viuda con el muerto en casa”, como describió Ferlosio a Miguel Delibes su relación con su mujer, Carmiña Martín Gaite. El ensayo ganó un partidario sin perder su espléndido estilo.
Ángel S. Harguindey es periodista de EL PAÍS. Fotografía de Uly Martín.