Por Ander Landaburu
Como todos los días desde hace medio año, Sandra se traslada desde su casa hasta el peaje de la autopista AP-1. Sandra recorre esos dos kilómetros como lo hacía su padre, Isaías, para instalarse en la pequeña cabina de cobro donde, con una triste sonrisa, atenderá al automovilista. Aquí trabajaba su padre y ella le ha reemplazado después de aquel trágico 7 de marzo. Sandra Carrasco es la joven vasca de 20 años que conmocionó al país cuando al día siguiente, y en vísperas de las elecciones del 9-M, con una impresionante entereza y un coraje escalofriante, dijo que a su padre le habían matado por defender la libertad, la democracia y las ideas socialistas. “No me han sorprendido. Son unos cobardes, unos cobardes, que no tienen cojones…” . Sandra clavó el horizonte con sus ojos negros y su penetrante mirada para terminar diciendo: “Estoy orgullosa de mi padre y ellos han sido unos hijos de puta”:
Ese día, y rompiendo la ley del silencio que impera en Mondragón, cada palabra de Sandra sonó a nueva, a verdad. Ha pasado menos de un año y Sandra, además de su trabajo en el peaje de la autopista, también se ha dedicado, y mucho, a cuidar de su familia, de su abuela, de su madre, su hermana y hermano pequeño. Sandra nació en democracia y quiere saber por qué, 30 años después de la muerte de Franco, otra dictadura intenta instalarse en su pueblo y por qué el odio se ha adueñado de la mente de muchos vascos de su edad. Pero, como lo hizo aquel 8 de marzo, Sandra se rebelará contra ello, y contra ellos, para que los cobardes no vuelvan a matar.
Ander Landaburu es periodista de EL PAÍS.