Por Martín Rodríguez Yebra
El día que le tocó hacerse famoso, Alfredo de Angeli daba un poco de pena: le faltaba un diente, vestía una camisa raída y gritaba por un megáfono que hacía interferencias. Parecía el ganador de un casting para el papel de un campesino pobre en lucha por la reforma agraria. En realidad, era un productor de soja más o menos próspero y un dirigente de provincias de un sindicato de agricultores. No alentaba la revolución; apenas se proponía resistir la subida de impuestos que el Gobierno argentino decidió imponerles a los exportadores de granos.
Había que ser audaz para apostar por él. Tenía como rivales a Cristina y Néstor Kirchner, inflados de poder y dispuestos a demostrarle al mundo las ventajas de la democracia matrimonial. De Angeli los desafió con sus asambleas en medio de una autovía. Tenía algo. Los productores de televisión lo supieron antes que nadie: si él hablaba, había que darle aire.
Como mínimo, su voz ayudó a sumar a la lucha del campo a un sector social agotado de un modelo de gobierno en el que todo se decide en una alcoba.
Un día, la policía lo detuvo y media Argentina estalló en cacerolazos. La cosa iba en serio. Los Kirchner se desesperaron y pidieron al Parlamento que ratificara la subida de impuestos. Con tres meses de huelga a cuestas, De Angeli viajó a Buenos Aires y se instaló en el Congreso. "Esos días, abrías la puerta del baño y aparecía De Angeli", recuerda un diputado que sufrió el debate de aquella ley. La ciudad lo recibió como un héroe, al frente de manifestaciones masivas. Y ganó él. Los Kirchner vieron derrumbarse teatralmente su mayoría y casi abandonan el Gobierno, en un rapto despechado.
Nada es igual en la política argentina desde entonces. Tampoco De Angeli. Ahora usa chaqueta (hace rato le implantaron el diente) y coquetea con ser candidato. "Puedo ser gobernador o presidente", dijo hace poco. Y ahora hay muchos que, por las dudas, no se le ríen en la cara.
Martín Rodríguez Yebra es columnista politico del diario argentino La Nación