Por Plinio Apuleyo Mendoza
Elevada popularidad y críticas candentes. Se le aprecia o se le combate: no hay manera de fijar en Álvaro Uribe una sola mirada. Según las encuestas, su gestión de gobierno tiene el apoyo a veces de hasta el 80% de sus compatriotas. Es el más popular de los mandatarios latinoamericanos. Para comprender tal fenómeno, basta recordar que cuando asumió el mando, en 2002, las carreteras eran inseguras, los riesgos de secuestro eran muy altos y un buen número de poblaciones carecía de alcalde por amenazas de la guerrilla. Hoy, las FARC, duramente golpeadas, han perdido la mitad de sus efectivos, sea por bajas, capturas o desmovilizaciones, y el Ejército ha liberado a Ingrid Betancourt y a 14 secuestrados más; entre ellos, tres norteamericanos.
A esos logros se suma la erradicación de 66.000 hectáreas de cultivos ilícitos por año, la desmovilización de 30.000 paramilitares y el haber situado a Colombia entre los tres países más atractivos del continente para los inversores extranjeros. Un agotador ritmo de trabajo y la manera coloquial como aborda cada semana diálogos de 10 y 12 horas con los habitantes de las regiones más apartadas explican también su popularidad.
¿Dónde se ubican entonces las encendidas críticas? Esencialmente, en su enfrentamiento con la Corte Suprema de Justicia, en la detención de parlamentarios cercanos al Gobierno por supuestos vínculos con los paramilitares, en su tentación para acceder a un tercer mandato y en el escándalo llamado de “los falsos positivos”, o sea, civiles asesinados por el ejército para presentarlos como guerrilleros dados de baja. Los defensores de Uribe alegan las purgas ordenadas por él en mandos militares, su celo en la defensa de los derechos humanos y la presencia en altos niveles judiciales de adversarios políticos suyos.
Sí, críticas y alabanzas igualmente apasionadas. En el caso de este personaje, no hay manera de encontrar un término medio.
Plinio Apuleyo Mendoza es escritor colombiano.