Josep Martí Gómez
Reconozco lo obvio. Como a casi todos, me gusta el rostro de Àngels Barceló en la pantalla del televisor; ese rostro que se acopla mágicamente, don de los dioses, con las lentes de las cámaras. Me gusta la voz y sobre todo la seguridad que transmite a través del micrófono. Su calma, sin renunciar a la pasión. Como casi todos los que siguen la trayectoria profesional de esta mujer que cuida como un tesoro su larga cabellera, quisiera conocer la pócima que le permite sobrevivir aparentemente incólume al desgaste físico de conducir en diversas ocasiones varios programas en el espacio de pocas horas. Y como circunstancial compañero de bolos, me divertían los regresos.
–Lo lamento, pero uno de ustedes tendrá que viajar apartado del resto –dijo el empleado de Iberia que entregaba las tarjetas de embarque.
–No lo lamente. Me gusta viajar sin tener al lado nadie que me hable –respondió Àngels Barceló, relajada conversadora antes de empezar los programas en los que se siente segura, reservada y ausente en los viajes de regreso. La descarga de adrenalina debe dejarla vacía.
Pero a mí, fetichista desde la infancia, la Àngels Barceló que me fascina es la que he visto en su desordenada, caótica mesa de redacción, leyendo los periódicos con sus gafas de pequeña montura, verde si no recuerdo mal. Tras el hermoso rostro de mujer madura con gafas, ¿qué mujer se esconde?
Porque uno de sus valores intangibles es que, estando expuesta desde hace años en el escaparate televisivo y radiofónico, muy pocos saben cómo es realmente.
Josep Martí Gómez es periodista y escritor.