Por Ana Alfageme
Dice Beatriz Reyes Ojeda que ha seguido viajando. Que todos los días va a su oficina de La Caixa en Gran Canaria. Que pronto tomará un avión a Barcelona. Que no tiene pesadillas. Que tiene la suerte de dormir bien, “como el primer día”. Como aquel 20 de agosto de 2008, cuando, aturdida, se desabrochó el cinturón de seguridad del asiento 5D de lo que quedaba de un avión de Spanair que acababa de estrellarse al final de una pista de Barajas. Beatriz se levantó, la pierna sangrando, junto a los restos humeantes del Sunbreeze que le iba a dejar en casa, en Gran Canaria. Volvía de vacaciones en Suráfrica. En la peor catástrofe aérea que ha sufrido España en 25 años, Beatriz, directiva de banca de 41 años, se hizo un torniquete. Oyó gritar a unos niños. Les quitó los asientos de encima y se quedó con ellos hasta que llegó Pablo, el bombero que le dejó llamar desde su móvil.
Tres meses después tiene en la cabeza todos los recuerdos, piensa en lo feliz que le haría que no hubieran muerto sus 155 compañeros del vuelo más breve del Sunbreeze y no se siente culpable de vivir. Pero nunca volverá a hablar del accidente. Y sólo al final de la conversación, después de repetir que está bien, concede que sí, que algo ha cambiado desde aquel día de agosto. “Te tomas la vida de otra manera”, cuenta.
Al llegar al hospital, Beatriz explicó quién era y dio dos números de teléfono para que llamaran a su familia. Le temblaba menos la voz que a las enfermeras.
Ana Alfageme es redactora jefa de la sección de Madrid de EL PAÍS.