Por Chucho Valdés
Ramón Emilio Valdés Amaro, Bebo Valdés, nació en Quivicán (al sur de La Habana) el 9 de octubre de 1918. Fue mi maestro. Quizá el mejor maestro que nadie pudo tener. Como pianista ha sido uno de los más importantes y creativos que jamás hayan existido en la música. Fue también propulsor del movimiento del filin en la década de 1940, arreglista y orquestador sin comparación, creador del ritmo batanga –al que todavía no se le ha hecho debida justicia–, director de la orquesta de Tropicana, entonces el centro más importante en el movimiento cultural cubano, y, sobre todo, un padre único, exigente y al mismo tiempo cariñoso, siempre pendiente de la familia.
A pesar de su popularidad hoy en España, pocos conocen realmente la increíble capacidad de trabajo de Bebo: le recuerdo cómo era capaz de volver a casa tras tocar en Tropicana toda la noche, escribir unos arreglos maravillosos en pocas horas sin necesidad de recurrir al piano, descansar un poco y salir al día siguiente temprano a los estudios de grabación; luego, acudir a otro ensayo y tocar a primera vista, y sin un solo error, cosas complicadísimas. No es, desde luego, un músico común. Es un creador musical. Un innovador. Diría más: un genio. Bebo Valdés es un gigante. Y es mi padre, quizá el mejor padre que nadie pudo tener.
Chucho Valdés es músico e hijo de Bebo.