Por José Naranjo
Desde hace dos años, Beni duerme con el teléfono móvil pegado a la oreja. Cuando es avistado un cayuco cargado de inmigrantes rumbo a Gran Canaria, da igual la hora, a ella le entra un mensaje que la pone en guardia. Se levanta, se pone la ropa de Cruz Roja y recorre unos 70 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta junto a Victoriano, su marido y también voluntario de esta institución, para ofrecer té, agua, zumo, galletas y, sobre todo, “cariño, mucho cariño”, a los recién llegados.
Esta mujer de 48 años, cocinera de 9.00 a 16.00 y peluquera a tiempo parcial, entró en la Cruz Roja con la intención de ayudar a las personas mayores en su asamblea local de San Mateo, pero ha encontrado una causa más en los ojos de los inmigrantes. “La primera vez que los vi, se me saltaban las lágrimas. Llegan tan cansados, tan agotados…”.
Con cada cayuco, cientos de historias. Los ha visto reír, rezar, llorar y gritar de dolor. “Es muy duro estar ahí, pero estamos satisfechos con nuestra labor”, asegura. “Ahora valoro más lo que tengo, a mi familia, mi casa, todo lo mío, porque ellos llegan sin nada y se juegan la vida”.
Uno de los momentos más duros lo vivió el pasado 3 de septiembre. En el agua estancada del fondo de un cayuco que acababa de llegar al muelle de Arguineguín con 46 subsaharianos vivos flotaban los cuerpos de 13 chicos muertos. Ese día asistió al operativo Jonathan, su hijo de 16 años, quien nada más terminar le dijo: “Lo que ustedes hacen es increíble”. Con eso y con los “ojitos” de agradecimiento de los inmigrantes, Beni ya tiene suficiente.
José Naranjo es periodista de EL PAÍS