Por Jesús Neira
La importancia de lo que debe ser un ciudadano es de tal envergadura que alcanza a la naturaleza misma del ser humano. Tomas Hobbes, antes de proceder a abrir su obra de Cive (El ciudadano) aclara en la dedicatoria al conde de Devonshire la ambivalente naturaleza: “Con razón se han dicho estas dos cosas: el hombre es un dios para el hombre, y el hombre es un lobo para el hombre. El primer dicho se aplica a la conducta de los conciudadanos; el segundo, a la de los estados entre sí. En el primer caso, por la justicia, la caridad y las virtudes de la paz, se aproximan a la semejanza con Dios; en el segundo, por la depravación de los malos, incluso los buenos tienen que recurrir, si quieren protegerse, a las virtudes de la guerra y al engaño, esto es, a la rapacidad animal”.
El ciudadano es una persona que ha entrado en la civilización, en las relaciones civiles reguladas por su código. Ha rechazado la guerra y la rapacidad animal al abandonar el estado de naturaleza y entrar en la sociedad civil o Estado. Resuelve sus relaciones conflictivas a través de las soluciones del código civil y abandona por su extraordinaria fealdad e injusticia las diversas formas de violencia. Aborrece las violencias y no encuentra para ellas justificación alguna. El ciudadano responde a una razón humilde, quiere vivir en sociedad, pero no en una sociedad cualquiera, sino en una buena sociedad. El ciudadano es el bien de su ciudad, por encima incluso de las riquezas y monumentos que atesore. No existe una buena sociedad –léase nación o Estado- sin buenos ciudadanos. Y los ciudadanos desean vivir en justicia y paz. Desarrollarse y enfrentar los problemas a través de los cauces de las buenas virtudes, que siempre han hecho grandes a las ciudades. Con la civilización. Con las razones más humildes que cuidan la vida, la libertad y la dignidad de todos. Por los usos del lenguaje y la razón, los instrumentos más poderosos al alcance del ciudadano. En opinión frontal a las formas de la violencia, que significan la iniquidad y provocan lo que Virgilio llamaba “el helado espanto”. La buena sociedad, con sus normas de civilidad, se halla en oposición absoluta con la guerra de todos contra todos, propia del estado de naturaleza. Y por fortuna, vivimos en Estado, y no en estado de naturaleza, ese gran logro de la civilidad debe ser defendido con sus buenas virtudes en la práctica cotidiana, con todos nosotros, con todo respeto y con toda firmeza y seguridad de que se defiende lo mejor de la naturaleza humana. La primera contención de una buena sociedad está en la buena lógica, en el sentimiento y en el sentido del ciudadano en su humanidad y en su dignidad, que recuerda aquellas palabras de Benavente en su Carta a mujeres al decir: “El hombre que deja de ser honrado una vez es que no lo ha sido nunca”. La costumbre de serlo también se expande en una buena sociedad. En la defensa de las virtudes ciudadanas, Demóstenes, preocupado, les decía a sus conciudadanos: “si vais a continuar estando sentados, limitándoos en vuestro celo a abuchear o aplaudir a los oradores, pero echándoos para atrás si algo es menester realizar, no veo qué discurso podrá ser capaz de salvar la ciudad sin que vosotros hagáis lo conveniente".
La ciudad es de todos. La razón humilde de una buena sociedad no se defiende sola. Sobre todo en tiempos de violencias tan bárbaras como absurdas. Es legítimo y necesario defender lo que es nuestro.
Jesús Neira es profesor universitario. Estuvo en coma por defender a Violeta Santander de las agresiones de su pareja, Antonio Puerta.