Por Amelia Valcárcel
Pocas cosas más dignas de admiración que la fuerza de la gente. Podemos verla casi todos los días. Se muestra en cómo muchos sujetos actúan en momentos difíciles; sólo hace falta pasarse por un hospital, por ejemplo, y ver la manera en que cada persona encaja las más difíciles situaciones. Los distintos temples de cada quien se manifiestan casi sin sombras. La fuerza de la gente corriente es admirable. De quienes encaran sus situaciones de ese modo decimos que tienen “presencia de espíritu”. Parecen poseer un equilibrio más que humano.
Sobre éstas, todavía hay gentes que, si se ven en casos extremos, se comportan de modo tal, que nos producen pasmo. Son personas de las que nada hace sospechar que guarden dentro de sí enormes cantidades de valor. Y la sorpresa estalla cuando el foco de luz se fija en alguna de esas calladas personas. Han estado fuera de la vista pública y es como si, de repente, exhibieran un poder o un tesoro imprevistos.
Cuando observamos a algunas personas capaces de sobresalir en circunstancias en que otros fallaríamos, podemos pensar que son afortunadas; que tienen un resorte especial que se les dispara en el mejor momento. Imaginar que, justo cuando es oportuno, ellas y ellos hacen lo que es admirable. Y que es una especie de suerte. Inexplicablemente es como si hubieran realizado, sin entrenamiento previo, una pirueta perfecta. Pero no, no es eso lo que ocurre. Aristóteles, que ya tiene dos mil quinientos años, lo dejó avisado: lo excelente no se improvisa. Y, si a ello vamos, también los fabulistas han repetido que las flautas no suenan por casualidad. Saber, en el momento preciso, pasar por encima de la media exige haber estado practicando durante mucho tiempo. El maestro griego dejó escrito que el mismo duro entrenamiento se necesitaba para ser vencedor en los juegos que para resultar modélico en la vida. A esa fuerza que algunas personas tienen, el filósofo la llamaba virtud, y afirmó que era resultado de un ingente trabajo de puesta a punto. Un trabajo sin pausas, de todos los días, sobre el propio carácter.
Tendemos a creer que, aunque no somos iguales, haya que admitir que somos bastante pareciditos. Sin embargo, algunas gentes son modelos porque son mejores; no es que tengan más o menos de esto o lo otro, como más dinero, más poder, influencia o simpatía. No, ellas y ellos son simplemente mejores. Y no es lo suyo casualidad, sino temple y esfuerzo. Un maestro diferente, pero también sabio, A. Huxley, anotó que “la mayor parte de los seres humanos son criaturas espasmódicas e intermitentes a quienes les gustan por encima de todo los placeres de la indolencia mental”. Porque no iba errado y más bien tememos que es así, siempre una firme voluntad nos atrae. Y siempre este tipo de personas especiales la tienen. Pero no es lo único que poseen.
La mezcla asombrosa de fortaleza, sencillez y grandeza de alma se ha tenido que cultivar poco a poco hasta hacerla tan propia como la piel. Y a veces es la circunstancia fortuita la que hace que se revele, que se manifieste ante todos… y nos deje pasmados. Hay un detonante, una situación a menudo extrema en la que esas personas descubren para lo que han estado entrenándose.
En casi toda esa gente admirable la tenacidad no ha estado nunca oculta, sino bien a la vista. Pero no basta con ella. El caso es que la tenacidad se mide. Hay pruebas que son capaces de calcular algo, a lo que suelen llamar conación, que tiene que ver con esa fuerza en perseverar. Sólo, por ejemplo, algunas personas son capaces de seguir anotando los minúsculos errores que contenga una página de signos casi idénticos. Pero, claro está, podemos dedicar tal capacidad a trabajar por una buena causa o a resolver sudokus.
Podemos pasar la vida dejando detrás y alrededor un rastro muy distinto. Y lo que nos acompaña cuenta quiénes somos. En todas las personas existen ciertas disposiciones, pero deben ponerse por obra. Así sucede con casi todo: si tenemos las cualidades necesarias, pongo por caso, tenacidad y atrevimiento, eso no quiere decir que tengamos las fuerzas necesarias para ponerlas en el buen sitio. Allí donde se conviertan en constancia y valentía. Quien es valiente no es sólo atrevido, aunque lo necesita, así como quien es constante es más que tenaz. Pero son las metas que cada quien elige, sus valores de cabecera, lo que transmuta una mera disposición en un obrar perfecto. Importa mucho la ocasión, pero nunca ésta fabrica lo que no existe.
La democracia necesita para su buen funcionamiento, además de una buena y saneada caja común, de un monto de sustancia moral bastante grande. Unos intentan concebirla sólo como un acopio de derechos que pueden ser reclamados y lo que quieren es siempre su parte, que exigen berreando, a la vez que remolonean en añadirle nada. Algunos, la mayoría, ponemos casi lo mismo que obtenemos, y neutralizamos así los saldos. Pero otros, los que son merecidamente modelos, esas gentes que cuando sabemos de ellas nos admiran, ponen mucho más de lo que obtienen. Y además suelen hacerlo de una manera modesta y generosa. Hay conciudadanos que aumentan de forma constante y reservada la decencia común. Son la gente decente y, más que eso, modélica. Gente de la que merece la pena ser conciudadano. Lo suyo no es suerte, pero es una suerte para todos los demás ser sus compañeros en la vida moral y civil.
Amelia Varcárcel es filósofa.