Por Joane Somarriba
Siempre quise ser ciclista. La pasión por el ciclismo me la inculcaron mi padre y mi abuelo, fervientes aficionados. Que te apasione tu deporte es un factor determinante a la hora de reunir el tesón y la fuerza necesarios para superar los malos momentos, que en un deportista de élite son más de los que la gente imagina. Porque no todo son carreras, partidos, victorias, títulos, premios y medallas. Está la derrota, que todos hemos conocido, incluidos los más grandes mitos. Está la presión: de los patrocinadores, de los directivos, de los aficionados, de los medios de comunicación… Y está la rutina del entrenamiento, que resulta en ocasiones desesperante. Todos estos factores hacen que, con los años, el deportista acuse un cansancio psicológico que sólo superan quienes realmente aman su disciplina.
La alta competición exige entrenamiento, amor propio y afán de superación. Ese afán de superación es el motor del deportista, el que le lleva a mejorar año a año. Desde que empecé, siendo muy pequeñita, siempre quise mejorar, día a día, semana a semana. Era ese anhelo el que me impulsaba a entrenar cada vez más, a vigilar mi alimentación, a llevar una vida ordenada. La salud es otro factor determinante. Lo sé muy bien, pues con 20 años, y tras una nada exitosa operación de hernia discal, no estuve lejos de quedar postrada en una silla de ruedas. Un deportista está obligado a hacer todo lo que esté en su mano por no atentar contra su salud, si bien la suerte (caídas, lesiones, enfermedades…) desempeña un papel demasiado caprichoso e ingobernable en su carrera.
Siguiendo esas pautas, y a base de explorar tus límites, aprendes a conocerte a ti mismo.
Hay un momento en que llegas a establecer auténticos diálogos con tu organismo. Le preguntas, te responde. Es el método del ensayo-error. No hay mejor aprendizaje que el ensayo fallido, cuando tu organismo te dice que no, que por ahí vas mal. En el caso de un ciclista, sólo con el tiempo y la experiencia descubres cuál es el tipo de entrenamiento y de preparación que te permite encarar en condiciones óptimas las citas que has señalado como objetivos. Sólo con los años desarrollas esa sensibilidad que te permite saber si vas a tener un buen o mal día con sólo dar cuatro pedaladas. Llegas a un punto que te conoces tan bien que dices: “Ufff, espero que hoy no me ataquen”.
Mentiría si dijera que no siento añoranza por la competición, por ese día D al que destinas tanto esfuerzo e ilusión, por esos buenos momentos que al final son los menos en la vida de un deportista, por ese gran ambiente que reina en todo equipo bien avenido, por la curiosidad de comprobar la respuesta de las rivales… En cambio, agradezco no verme sometida a la dictadura del resultado. Me presioné muchísimo a mí misma en mis últimos años, quizá influenciada por el hecho de que fuesen instituciones y empresas vascas las que crearon un equipo en torno a mí.
El deporte, el ciclismo, fue para mí una inmejorable escuela de vida. Me enseñó a ser una persona metódica, a marcarme objetivos y prioridades, a ser sacrificada. El sacrificio, ligado siempre al afán de superación, es un valor determinante a la hora de superar los obstáculos que la vida coloca a diario en nuestro camino. Lo que antes eran lesiones, caídas o derrotas se presenta hoy bajo otro nombre y distinto aspecto, pero el modo de abordarlos es el mismo: sacrificio y determinación. Tengo un hijo, Markel, y en breve llegará el segundo, Oinatz, y a ambos invitaré a disfrutar del deporte, de sus indiscutibles beneficios físicos y de los grandes valores que transmite. Luego, que sean ellos los que decidan dar o no el salto desde el deporte hasta la competición.
A Markel y a Oinatz les hablaré de Alberto Contador, de sus cualidades, de su obsesión por el método, de su profesionalidad, de su cabeza tan bien amueblada. Alberto tiene claro lo que quiere y cómo lo ha de conseguir. Lo conocí hace seis años, en un Mundial al que él acudió como amateur, y ya allí detecté en él una virtud clave: su comportamiento a la mesa. Mientras otros se ponían las botas, él comía lo que ha de comer un ciclista profesional, ni más, ni menos.
También les hablaré de Nadal, de su sencillez y sensatez, de cómo sigue pisando la tierra pese a sus éxitos. Y de Gasol, al que tuve la suerte de conocer en Atenas, del modo en que abrió de par en par las puertas de la NBA al baloncesto español. Y de la selección de fútbol, de su buena química y, sobre todo, de su propuesta futbolística, tan alegre, tan ofensiva. Y de Mengual, de su tenacidad en una disciplina que exige tantas horas de preparación física, artística y mental. Y de Pasaban, de sus cualidades técnicas y de la clarividencia con que se dio media vuelta en el Shisha Pangma, sin dejarse influir ni por el coste económico de su decisión ni por la batalla que libra por ser la primera mujer en hollar los 14 ochomiles. Y de la encantadora Laia Sanz, a la que conocí en el circuito de Cheste y a la que sigo desde entonces, aunque ya he perdido la cuenta de los títulos que acumula. Y de tantos otros. Les citaré otros muchos ejemplos anónimos, no por ello menos válidos.
Si volviera a nacer, volvería a ser ciclista. Y cuando estuviese en la cima, donde estuve un buen día y donde hoy están otros, trataría de exprimir al máximo cada instante, de disfrutar cada segundo, porque la vida de un deportista es corta, y porque son tantas las cosas que ocurren a tu alrededor que no siempre te tomas ni el tiempo ni la distancia necesarios para paladearla.
Joane Somarriba es ciclista, tres veces ganadora del Tour y dos veces del Giro