Por Benjamín Prado
Supe quién era Emilio Silva mientras escribía mi novela Mala gente que camina y buscaba información sobre los niños robados por la dictadura a los republicanos. En ese momento leí su libro Las fosas de Franco, escrito en colaboración con Santiago Macías, y me interesé por las actividades de su Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Lo conocí poco después y de manera natural, de ese modo en que las personas con intereses comunes suelen encontrarse en el mismo camino. Esos intereses comunes eran la defensa de la memoria y la lucha sin cuartel contra el olvido y su hermana gemela, la impunidad. Emilio y yo nos sentamos juntos muchas veces, con otros amigos que también echan de menos más valor y menos disculpas a la hora de revisar los puntos más negros de nuestro pasado, en un despacho de la Fundación Contamíname, que Pedro Guerra y su gente ponían a nuestra disposición, y mientras preparábamos conciertos, discos, lecturas, homenajes y cualquier otra cosa que pudiera contribuir a que se hiciese justicia a los damnificados de la Transición, que algunos consideramos una victoria de todos que también tuvo sus perdedores, me di cuenta de la suma paradójica de serenidad y pasión con que resuelve Emilio Silva las cosas y que le mantiene siempre a distancia del rencor y cerca del entusiasmo, esto último a pesar de su timidez. Emilio Silva es un hombre tenaz y fue uno de los primeros ciudadanos que logró desenterrar a sus muertos para llevarlos de una insidiosa fosa común a una tumba digna, y con su valor y perseverancia demostró que abrir una sepultura es cerrar una herida, justo al contrario de lo que aseguran los partidarios del olvido. Creo que le debemos la gratitud y el respeto que merecen todos los que nos enseñan que el precio de avanzar hacia el futuro con los ojos cerrados es condenar a las sombras todo lo que no se quiere ver.
Benjamín Prado es escritor