Por Ramón Casamayor
Se llama Fernando Alonso y es piloto, pero no de fórmula 1. Es el responsable de que hayan salido bien las cosas en un aparato de 80 metros de largo que en el momento del despegue libera una potencia superior a la de 3.500 coches y es capaz de trasladar a más de 800 pasajeros a 900 kilómetros por hora a 16.000 kilómetros de distancia.
Como ingeniero aeronáutico por la Politécnica de Madrid, y tras dos años como piloto de pruebas en Estados Unidos con McDonnell Douglas, se instaló en Toulouse (Francia), donde se hizo cargo de los lanzamientos de prácticamente toda la familia Airbus. Ha pilotado los primeros vuelos del 340, 319, 318, y en abril de 2005, del 380, del que recuerda el chiste que contó al equipo para tratar de aliviar la tensión acumulada.
Su faceta menos conocida se refiere a sus vacaciones, que desde 2003 pasa junto a su mujer y sus hijos en Phnom Penh (Camboya), donde, con el respaldo de la ONG francesa Por la Sonrisa de un Niño, organizan campamentos para recoger a niños –el pasado verano, 5.000– y alejarlos del mayor basurero del mundo, lugar en el que suelen pasar gran parte de sus vacaciones escolares. Una experiencia que, afirma, le ayuda en su trabajo y que debe responder a un determinado gen que también posee su hermano Pedro (a la izquierda), merecedor este año del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.
Ramón Casamayor es periodista de El País.