Los 100 del año

Ferran Adriá

La libertad de ideas

El cocinero más elogiado ha sido investido doctor ‘honoris causa’ por las universidades de Aberdeen (Reino Unido) y Barcelona

Por Carme Ruscalleda

No puedo descubrirles a estas alturas el reconocimiento internacional que la personalidad de Ferran Adrià cosecha, siempre al alza. Es fácil argumentar que Adrià es un creador nato, integral y puro, sin merma y sin desperdicio.


 No voy a defenderles, pues, que su cocina es arte, ya que el personaje ha sido uno de los artistas invitados en la última muestra de Kessel, el chef catalán preside la Fundación Alicia, y las universidades de Barcelona y Aberdeen le han investido doctor honoris causa. Los nuevos conceptos culinarios de la factoría El Bulli han cuajado en el panorama internacional con un sello y un estilo inconfundibles.


Un personaje de estas características se convierte para la disciplina culinaria en un emisor de conceptos e ideas que animan la evolución de su sector. El alud de descubrimientos que cada año difunde estimula el mercado y pone en marcha el motor creativo de la cocina contemporánea.


Ninguna mala copia o desorientadas aplicaciones de conceptos mal entendidos puede cargar contra la inventiva de Adrià, que avanza y abre puertas hacia la evolución. Alegrémonos de la visión que tuvo Juli Soler cuando le ofreció asociación para conducir la escudería El Bulli hacia una modernidad sin comparaciones.


Del efecto Adrià, además, se beneficia la buena cocina, la que comparte plaza con la más moderna y la más tradicional. Cuando la cocina contiene valores culturales, nutricionales y saludables, Adrià le suma libertad de ideas. Mi ovación hacia el personaje es de gala y con ola.

 

Carme Ruscanella es cocinera

 

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