Los 100 del año

Ciencia al servicio de los que que sufren

Por Rita Levi-Montalcini

Prefiero recordar este siglo nuestro pensando no sólo en los genocidios y en los exterminios, sino en lo que hemos logrado hacer. El optimismo y la serenidad siempre han sido más fuertes en mí que el miedo y la inquietud.


A los 20 años quise ir a África a curar a los leprosos y no pude hacerlo, pero a los 99 puedo por fin poner en práctica mi sueño de dedicarme a aquel continente que tanta ayuda necesita. Y no siento que haya cambiado desde entonces.


Estoy comprometida al cien por cien con el apoyo a los jóvenes y a las mujeres que, en los umbrales del tercer milenio, representan la fuerza de acción. Mi esperanza es ver a las mujeres africanas asumir la posición que se les ha negado durante siglos.


He llegado a esta decisión basándome en la exigencia de afrontar uno de los mayores problemas que pesan sobre la población de África: la falta de acceso a la educación de la casi totalidad de las integrantes del sexo femenino. Por otra parte, Italia se ha declarado culpable de muchas injusticias en el periodo colonial. Ahora no se trata tanto de disculparse como de intentar poner freno a los horrores de la condición femenina en esos países. Nosotros somos una isla de bienestar rodeada de un mar en llamas. Si ahora no proporcionamos ayuda, lo pagaremos en el futuro. Ciertamente, comparado con los otros grandes sufrimientos del continente africano, se trata de una gota de agua en el mar, pero estoy convencida de que ayudando a las mujeres a alcanzar este derecho se podría vislumbrar una sociedad mundial centrada en la libertad de crecimiento y desarrollo de los individuos del mundo entero. En las mujeres de este continente se han evidenciado excepcionales capacidades intelectuales y éticas. Se han concedido casi 6.000 becas para apoyar proyectos de formación a todos los niveles, desde la enseñanza primaria hasta la universitaria y de posgrado.
Las mujeres han demostrado y demuestran una extraordinaria capacidad de intervención en la gestión de los recursos naturales y pueden desempeñar el papel que siempre se les ha negado: el de líderes capaces de afrontar problemas prioritarios en los inicios del tercer milenio.


En comparación con los hombres, las mujeres han puesto en práctica iniciativas extremadamente válidas, superando las dificultades burocráticas. En muchos casos, el éxito conseguido ha sido más meritorio si se tiene en cuenta que ha requerido un valor excepcional para enfrentarse a creencias seculares.


El principal objetivo de la ciencia es conseguir el máximo rendimiento de los recursos naturales y ponerlos a disposición de los que sufren. Los cometidos de la ciencia son dos: el primero es utilizar mejor los recursos naturales, ya sea recurriendo a la ingeniería genética para mejorar las condiciones agrícolas, ya sea por medio de la teledetección, el estudio de las zonas y su valoración en función de las posibilidades de explotación. El segundo cometido de la ciencia es evitar la explotación de la tierra y también el deterioro de las condiciones atmosféricas, como la disminución del oxígeno.


Las perspectivas de la neurobiología son inmensas. La apertura ha tenido lugar cuando a ella se han incorporado no sólo neurólogos de formación clásica, sino fisiólogos, físicos, bioquímicos y matemáticos. De pequeño campo provinciano, coto reservado a unos pocos, se ha convertido en el campo del futuro. Los científicos miraban este inmenso campo de la ciencia neurológica con la ambición de enfrentarse a las gravísimas alteraciones del sistema nervioso que representan las enfermedades neurológicas y mentales.


En una fase muy significativa de la evolución institucional y organizativa de las instituciones científicas italianas hay que ser conscientes de los verdaderos problemas de la investigación italiana y europea: la escasez de auténtica sinergia entre los sistemas, la necesidad de relevo generacional y de una orientación cada vez más interdisciplinaria, menos académica, de la investigación científica y tecnológica.


Sin embargo, es indispensable que la comunidad científica esté dispuesta a hacer frente a los siguientes desafíos, de los que no puede escapar:


– Aumentar las oportunidades de contacto, de compromiso y de inserción de las nuevas y cualificadas generaciones de jóvenes técnicos e investigadores con las instituciones públicas y privadas de investigación.


– Favorecer e incentivar el regreso del extranjero de los mejores investigadores.


– Superar los impedimentos burocráticos que frenan el interés y engendran desconfianza en el mundo científico.


– Incentivar en todos los sectores el afán por proteger la salud del hombre, cuando la demanda social apunta, de forma cada vez más apremiante, al mundo de la ciencia y de las nuevas tecnologías.


Por definición, el conocimiento es un bien, quizá el bien supremo del hombre, porque sin él no pueden existir los demás valores fundamentales a los que se apela continuamente.


Nada ha cambiado en el mundo, y por eso, desde el neolítico hasta hoy, el hombre manipula al hombre (y el hombre se deja manipular fácilmente, aceptando la información); desgraciadamente, el hombre no ha cambiado, sólo ha aumentado la información. El hombre siempre ha tenido una gran emotividad y una escasa capacidad de control, pero actualmente, con la prensa, la televisión y otras tecnologías a su alcance, aumentan las posibilidades de manipularlo y de hipnotizarlo, explotando su natural debilidad.


La vida tiene valor en la medida en que reflexionamos no sólo sobre nosotros, sino sobre el mundo que hay a nuestro alrededor. Y esto sólo se puede hacer si nos proponemos ayudar a los demás, especialmente a las personas que viven en condiciones desesperadas en el límite de la supervivencia.


Para impedir la destrucción del mundo hay que instituir un nuevo orden internacional que cambie las relaciones entre los individuos. El cerebro humano no es una tabla rasa en la que nadie ha escrito, somos hijos de la evolución; el hombre es un fósil en el que se puede leer la historia de todos sus antepasados.


Rita Levi-Montalcini es neuróloga italiana y premio Nobel de Medicina en 1986.

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