Por Fernando León de Aranoa
Los personajes son el espacio en el que directores y actores se encuentran en una película, su lugar común, su acuerdo. Como padres separados, podremos tener planes diferentes para él, visiones distintas sobre cómo habrá de ser el personaje cuando camine, maduro ya, sobre la superficie de una pantalla; pero los dos sabemos que el otro quiere también lo mejor para él, así que terminas por encontrar un acuerdo.
Con Javier comparto ya para siempre la tutela de Santa, un sindicalista malhumorado y barbudo, sobrado de razones y de kilos. Supo cómo hacerlo grande, valiente y divertido. Le dio dolor y rebeldía, agresividad y ternura. Le dio un tanto así de Quijote y otro poco de Sancho. Encontró su equilibrio. Y le confió su verdad, su emoción, su exceso de peso.
Pero la aportación más valiosa la hizo quizá sin darse cuenta: la de su integridad y el enorme respeto que como actor siente por su trabajo. Y es que Javier compartía esta vez con Santa una determinada concepción de su oficio: esa que le lleva a no traficar con la fama y sus derivados, a no pactar, a no alcanzar acuerdos de conveniencia con su conciencia; a no hacer personajes en los que no cree y a defender su trabajo como su personaje defendería el suyo llegado el caso: levantando barricadas.
Javier no hace películas, milita en ellas. Tiene la determinación necesaria y un entusiasmo contagioso, torrencial. Conserva aún un niño en la mirada, y conversa con él a cada rato.
Recorre los personajes que interpreta como habitaciones diáfanas, luminosas. En ellas se siente cómodo. El de la ficción es para él un territorio amigo, por el que se mueve a sus anchas. En él, las reglas están claras, y Javier cree en las reglas, porque una vez jugó al rugby.
Yonquis y poetas, chulos y homosexuales, trabajadores, tetrapléjicos y pintores: Javier atraviesa los personajes que ha sido, hilvanándolos en un collar de cuentas preciosas que el cine español de los últimos años exhibe con orgullo, porque sabe que con él se ve más bonito.
Una paradoja. A él, que vive de las ficciones, se las inventan a diario: romances, disputas, declaraciones… Al final va a resultar que la vida es la película, y, al revés, las películas que uno hace, el lugar en el que las cosas son al fin lo que parecen y al que se regresa como se regresa a casa después de un largo viaje.
Mientras, él mira el éxito de medio lado, porque sabe que es un viento fuerte que sopla a rachas. Por eso se agarra fuerte: tiene dónde. Sabe que la emoción es una forma de conocimiento, quizá la más pura, y su compromiso con la vida se cumple, como escribió Cortázar, allí donde tiene su razón de ser: en el exacto equilibrio que le permite seguir creando personajes con aire en las alas.
La noche de los Oscar, los Goya norteamericanos, a Javier le dieron uno. Y yo, la verdad, tuve la sensación de que era al revés, de que era al Oscar al que aquella vez le dieron un Javier Bardem.
Fernando León de Aranoa es director de cine.