Por Ángel Corella
Te miro en El lago de los cisnes y eres un Sigfrido de impresionantes elevaciones que evidencian una técnica depurada, pero, sobre todo, eres un Sigfrido extraordinariamente elegante.
Te miro en Don Quijote y eres un Basilio de batidos impecables, lleno de bravura, pero, sobre todo, eres un Basilio excepcionalmente noble.
Te miro en Sílfides y eres un poeta melancólicamente presente, sutil protagonista, entre las bellezas, ninfas y diadras semihumanas, pero, sobre todo, eres un ser humilde, inhabitual en esta profesión de egocentrismos exacerbados.
Te miro en Giselle y eres un Albrech pleno de madurez sensitiva, profundo y frívolo a la vez, pero, sobre todo, singularmente poderoso en presencia.
Te miro en Bayadera y eres un Solor traicionado por sus propios sentimientos, guerrero, leal, sensible, enamorado, pero, ante todo y a pesar de todo, siempre digno.
Te miro en Romeo y Julieta y late en ti un juvenil ánimo, pleno de alegría, exultante; aunque, como dualidad de esencia humana, abatido trágicamente en su encuentro con la muerte. Pero, sobre todo y ante todo, un gran actor.
Te miro en In the middle of somewhat elevated y eres un bailarín de notable elasticidad, conocedor de cada músculo y controlador de cada movimiento a realizar y realizado. En resumen, un bailarín único e irrepetible.
Te miro en Nosferatu, en Cascanueces, en Esmeralda, en La Bella Durmiente… Te miro como coreógrafo, trasladando tu sensibilidad al movimiento en Mi favorita, en El olor de la ausencia, en Delibes Suite.
Pero te veo en la vida real y eres José Carlos Martínez, un ser elegante, noble, humilde, poderoso en presencia, digno, actor, un bailarín único e irrepetible. Pero, sobre todo, y lo que es más importante, un gran compañero y una extraordinaria persona.
Ángel Corella es bailarín.