Abraham García
Tras cinco largos años viviendo huérfanos de emociones, perdidos, desnortados... la vuelta a los ruedos de José Tomás fue un éxtasis y una resurrección –aún más oportuna en estos tiempos donde la hueste antitaurina entraba al trapo con mayor virulencia–. Apóstol de una religión laica que, como san Pablo o Walt Whitman, ha querido ser todo para todos, y a quien ha bastado un manojo de corridas para redimir a los aficionados descreídos y a la crítica mas reticente. Firme en su fe –hay ecos de plegaria en el arrebatado clamor de los aplausos–, hoy no hay plaza que no se le rinda, contagiando al unísono al sol y a la sombra, y envolviendo en el frenesí de su revolera a intelectuales y ágrafos, a la acartonada aristocracia de las barreras y al fervor de las andanadas.
Un torero cuyo abanico de suertes es más limitado que novedoso, pero que en cada uno de sus lances exhala tanta verdad, tan prodigiosa hondura, que te toca hasta dolerte. De obligadas analogías con el estoico Manolete, brumoso espejo en el que dicen que se mira el de Galapagar, lo que ya nadie duda es que José Tomás se ha tomado al pie de la letra la revelación belmontina, que sugería a los diestros olvidarse de que tenían cuerpo. El mío se me arruga cada vez, ¡y son tantas!, que las astas sacan lumbre de sus alamares.
Sombrero en mano y en los medios de mi cocina, brindo por él y su infatigable ángel custodio, mientras hago recuento de esas benditas tardes que la alacena de mi corazón guarda, y que jamás arrastrarán las obstinadas mulillas del olvido.
Abraham García es cocinero.