Por Cristina Garmendia
En España tenemos tendencia a hablar de los investigadores españoles en el extranjero, pero, con frecuencia, lo hacemos en tono amargo. Pocas veces nos paramos a analizar la dinámica internacional de la ciencia, la necesaria movilidad de investigadores asociada al flujo de nuevas ideas –pues si hay una profesión que no conoce fronteras es la del científico–. De igual manera, pocas veces consideramos a nuestros científicos en el extranjero con orgullo como embajadores españoles de esa cultura universal que es la ciencia.
Cuando se le pregunta por qué se fue a Alemania, Juan Ignacio Cirac responde que fue allí donde podía desarrollar su trabajo, uno de los más punteros del mundo en el campo de la física atómica y, en particular, de la computación cuántica. Su periplo le ha llevado primero a Estados Unidos, luego a Austria y, finalmente, a Alemania, donde dirige la División Teórica del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica. Si algún día contamos con ordenadores cuánticos será, en gran medida, gracias a sus contribuciones científicas.
Cirac ha recibido múltiples premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica y el Premio Nacional de Investigación Blas Cabrera de ciencias físicas, de los materiales y de la Tierra. Cirac pertenece a ese grupo de investigadores que permiten que España mire de frente a países con una mayor tradición en ciencia y tecnología.
Cristina Garmendia es ministra española de Ciencia e Innovación.