Por Miguel Ángel Bastenier
Sobre el papel, nadie mejor que el cardenal Julio Terrazas, de 72 años, para mediar en el conflicto boliviano entre el poder central del presidente Evo Morales y los autonomistas de Santa Cruz. Aunque es cruceño, nació en Vallegrande, y la cultura valluna dice estar a medio camino entre los collas del altiplano aymara en que se apoya el indigenismo y los cambas, de origen amazónico, cuya minoría blanca es la masa crítica de la rebelión contra La Paz. El presbítero, hoy arzobispo de la propia Santa Cruz y en varios periodos presidente de la conferencia episcopal, tiene impecables credenciales democráticas, ilustradas en su oposición a la dictadura del general Banzer en los setenta, y estos años ha sabido evitar el choque frontal con el Gobierno, pese a que la futura Constitución desestablece a la Iglesia católica como religión oficial del país.
Cuando Santa Cruz organizó en junio pasado su referéndum autonómico, en desafío a la legalidad, participó en la consulta y nadie duda que votó autonomía. Un cardenal puede ejercer sus derechos políticos como cualquier ciudadano, pero difícilmente va a ser aceptado luego como instancia imparcial por el otro bando. Y ésa es la actitud de Morales, de catolicismo nominal y precolombino, que le acusa de “trabajar para el imperio”, léase Washington, e insiste en que si la Iglesia quiere mediar, no menos derecho tienen a hacerlo metodistas y evangélicos, cuya feligresía crece como la ira entre la abrumadora mayoría de los ciudadanos indígenas.
Miguel Ángel Bastenier es columnista, experto en política internacional, de EL PAÍS.