Por John Carlin
Sin balón a la vista, Leo Messi no llama mucho la atención. Pálido y tirando a bajito, con un corte de pelo que le podría haber hecho su mamá, Messi es el anti-Beckham. No es un sex symbol; pero lo que sí es, y mucho, es un fútbol symbol. Dentro del campo es un dios; fuera de él es un pibe más de Rosario, una ciudad industrial a trescientos kilómetros de Buenos Aires.
Al delantero del Barcelona, sus compatriotas argentinos le han dado el apodo de La Pulga. Le podrían haber dado uno un poco más fulgurante, como colibrí, por el nerviosismo eléctrico que emite cuando corre con el balón a los pies. Sea cual sea el animal más indicado para retratarle, Messi es una fuerza de la naturaleza. No hay jugador de su generación que rebose un talento más descomunal.
En el clásico arte del regate no se ha visto nadie, ni en el patio de su colegio ni en el Camp Nou, que ejerza más maestría que él. Hoy, a sus 21 años, da señales de que posee además una inteligencia futbolística superior. Ve el pase de la muerte antes que el rival y lo coloca con precisión láser. Pero lo más valioso de su repertorio es algo que no necesariamente estuvo en evidencia cuando debutó como titular en el Barça en 2004 con 17 años. Messi, hoy se ve, tiene gol. Mucho gol, y en varios casos ya, obras de arte que se admirarán en museos de aquí a 500 años.
En un Barcelona plagado de estrellas se ha vuelto el hombre indispensable. Es uno de esos jugadores que, al más alto nivel, definen el rumbo de un partido; lo gana solo. Eso lo tienen únicamente los muy grandes. Leo Messi está llamado a hacer historia.
John Carlin es periodista de EL PAÍS.