Elvíra Mínguez
Cuando alguien lleva a la espalda tantos kilómetros de denuncias y amenazas recorridos, imaginas que tiene que ser una especie de deportista ironman. Sin embargo, Lydia es una mujer ligera, así que, al igual que muchos otros, intenté averiguar dónde se encontraba el centro de toda esa fuerza. Estaba a unos metros de mí, rodeada de personas que la querían y admiraban, y me di cuenta de que a todas nos regalaba lo mismo: una tímida y cálida sonrisa que te hacía sentir a salvo. “Ahí está”, pensé. Así que, aceptando su invitación, me agarré a su sonrisa.
Un niño que ha sufrido abusos sexuales pierde el suelo donde pisa. Está confuso porque no es capaz de distinguir, entre tantos sentimientos contradictorios, lo que es bueno y lo que no lo es; no puede rechazar, porque sus directas referencias dicen que así es el amor; también le dicen que si no lo entiende es porque es pequeño, y el niño cae y se va hundiendo en un pozo espeso, negro y lleno de tristeza… En toda esta incertidumbre, la sonrisa de Lydia es un cabo de auxilio que se tiende frente a él porque es clara y honesta. Estoy convencida de que todas las niñas y niños que buscaron su ayuda se sintieron, de nuevo, firmemente atados a la vida. ¿Y para un adulto? Es la muestra de un sentido del humor inteligente. La capacidad de, ante la adversidad, abrir una válvula de escape que te permita respirar y creer que hay una solución; que la verdad siempre vence. En esta historia en la que Lydia se ha hecho protagonista sin quererlo, también hay malos que sonríen, pero no te puedes equivocar: su sonrisa es estúpida y retorcida, porque su cabeza está llena de mierda.
Me doy la vuelta y bajo, con los demás, a la sala donde se presentará su segundo libro, Memorias de una infamia. Observo que nadie prestamos atención a las escaleras al bajar y pienso en lo sólido que es ese cable de hierro con el que Lydia nos sujeta.
Elvira Mínguez es actriz.